Dont Try Suicide Queen
La noche en Polanco bullía con luces neón y el ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba desde los altavoces del rooftop. Isabella se recargaba en la barandilla, con el viento fresco de la ciudad acariciándole las piernas desnudas bajo su vestido rojo ceñido. El tequila en su mano ardía en la garganta, un fuego que no lograba apagar el vacío que la carcomía por dentro. ¿Por qué siempre termino aquí, fingiendo que soy la reina de la fiesta? pensó, mientras observaba a la gente bailar, cuerpos sudados rozándose sin pudor.
De pronto, una voz grave y juguetona la sacó de su ensimismamiento. "Ey, güey, ¿tú eres la Dont Try Suicide Queen? La que siempre se la rifa en las fiestas locas." Se giró y ahí estaba él: Marco, alto, moreno, con una sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés. Llevaba una camisa negra desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, y un olor a colonia fresca mezclado con sudor masculino que la golpeó como una ola.
Isabella soltó una risa ronca, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
¿De dónde sacó eso? El apodo que mis carnales me pusieron después de esa vez que me aventé del bungee en Acapulco, gritando como loca."¿Y tú quién eres, el rey de las frases de Queen? No mames, qué retro." Respondió ella, acercándose un paso, el calor de su cuerpo invadiendo su espacio.
Él se rio, un sonido profundo que vibró en su pecho. "Marco, para servirte. Y sí, 'Don't try suicide', reina. Pero tú pareces lista para jugártela de nuevo." Sus dedos rozaron su brazo al tomar su vaso, un toque eléctrico que le erizó la piel. Charlaron entre shots de reposado, las palabras fluyendo como el alcohol: de fiestas en la Roma, de escapadas a la playa en Puerto Vallarta, de cómo la vida en la CDMX te obliga a vivir al límite o te traga.
La tensión crecía con cada mirada. Isabella sentía su pulso acelerarse, el aroma de su piel –mezcla de tabaco y deseo– envolviéndola. Este pendejo me prende como nadie en meses, admitió para sí, mientras él le susurraba al oído: "Vamos a mi depa, está aquí cerquita. No seas mala, reina."
El elevador del edificio de lujo los dejó solos, y apenas cerraron las puertas, sus bocas se encontraron en un beso hambriento. Sus lenguas danzaban, saboreando tequila y sal de labios. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando su culo firme bajo la tela delgada. Isabella gimió bajito, el sonido ahogado contra su boca, mientras sus pezones se endurecían rozando su pecho. "Estás cañona, wey. No aguanto más." Murmuró él, mordisqueándole el cuello, enviando chispas de placer directo a su entrepierna.
En el penthouse, con vistas panorámicas de la ciudad iluminada, la llevó al sofá de piel suave. La desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos. Isabella jadeaba, el aire fresco de la AC contrastando con el calor de sus labios.
Esto es lo que necesitaba, no más noches vacías. Este carnal sabe lo que hace.Sus dedos expertas encontraron su clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos que la hicieron arquear la espalda. ¡Qué rico! Su toque es como fuego líquido.
Pero ella no era de las que se deja llevar sola. Lo empujó contra el sofá, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La olió primero –ese aroma almizclado de hombre excitado– antes de lamerla desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Marco gruñó, enredando los dedos en su cabello negro. "Órale, reina, chúpamela como diosa." Ella lo hizo, succionando con hambre, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación, sus bolas pesadas contra su barbilla.
La levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándola a la cama king size con sábanas de satén negro. La tendió boca arriba, abriéndole las piernas. "Mírate, toda mojada para mí. Tu panocha brilla, Don't Try Suicide Queen." Dijo con voz ronca, antes de hundir la cara entre sus muslos. Su lengua la devoró: lamidas largas en los labios mayores, chupando el clítoris con succión perfecta, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en su punto G. Isabella gritó, las caderas buckeando contra su boca, el sabor de su propia excitación flotando en el aire. Olas de placer la sacudían, el olor a sexo impregnando todo. No pares, cabrón, me voy a venir como nunca.
El clímax la golpeó como un rayo, su concha contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de jugo empapando su barbilla. Marco la besó entonces, compartiendo su esencia en un beso sucio y delicioso. "Ahora sí, te voy a clavar hasta el fondo." Se colocó entre sus piernas, frotando la cabeza de su verga contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Isabella clavó las uñas en su espalda, sintiendo cada vena pulsando dentro de ella, el roce perfecto contra sus paredes internas.
Empezaron lento, mirándose a los ojos, suspiros entrecortados. Siento su corazón latiendo contra el mío, como si fuéramos uno, pensó ella, mientras él aceleraba, embistiéndola con fuerza, los huevos golpeando su culo en un ritmo hipnótico. El sonido de piel contra piel, slap-slap, se mezclaba con sus gemidos: "¡Más duro, Marco! ¡Chíngame como animal!" Él obedeció, volteándola a cuatro patas, agarrando sus caderas para penetrarla profundo. El espejo al frente reflejaba la escena: su culo rebotando, senos colgando, su cara de éxtasis puro.
La tensión subía, sus músculos tensos, sudor perlando sus cuerpos. Isabella sentía el orgasmo construyéndose de nuevo, una presión ardiente en el vientre.
Esto es vida, no muerte. Dont try suicide, reina, vive esto.Marco gruñó: "Me vengo, güey... ¡Aguanta!" Pero ella explotó primero, gritando su nombre, la concha ordeñando su verga en espasmos. Él se corrió segundos después, llenándola de semen caliente, chorros potentes que la hicieron temblar.
Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en las sábanas revueltas. El aroma a sexo y sudor llenaba la habitación, su piel pegajosa y tibia. Marco la besó en la frente, suave ahora. "Eres increíble, Dont Try Suicide Queen. Quédate conmigo esta noche." Isabella sonrió, un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Por primera vez en mucho, me siento reina de verdad. Viva, deseada, completa.
Se durmieron así, con la ciudad zumbando abajo, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Mañana sería otro día en la jungla de concreto, pero esta noche, ella había ganado la batalla contra sus demonios internos. Con un polvo épico y un hombre que la hacía sentir invencible.