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Y Si Hacemos Un Trío Ardiente

6324 palabras

Y Si Hacemos Un Trío Ardiente

La noche en nuestro depa de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se cuela por las ventanas abiertas, trayendo el olor a tacos de la calle y el eco lejano de unos mariachis borrachos. Yo, Ana, me recargaba en el hombro de Marco, mi carnal de tres años, mientras veíamos una peli gringa de esas con tríos locos que prenden la imaginación. Su mano jugaba perezosa con el borde de mi blusa, rozando mi piel sudada, y yo sentía cómo mi cuerpo respondía con un cosquilleo que bajaba hasta mis muslos.

¿Por qué no soltarnos un rato? pensé, mientras el corazón me latía fuerte. Marco siempre había sido el aventurero, el que proponía ir a la playa en Tulum o probar un shot de mezcal en el bar de la esquina. Esa noche, con el tequila ya haciendo de las suyas en nuestras venas, volteó a verme con esa sonrisa pícara que me deshace.

—Neta, Ana, ¿y si hacemos un trío? —dijo de repente, su voz ronca rozándome el oído como un beso—. Imagínate, con Luis, ese wey que siempre nos mira con ojos de querer comerte.

Me quedé helada un segundo, pero el calor entre mis piernas me traicionó. Luis era nuestro compa de la uni, alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por su playera y una risa que vibraba en el pecho. Lo habíamos visto en fiestas, bailando pegadito, y siempre había esa chispa. Consiento total, me dije, porque con Marco todo era juego limpio, puro placer mutuo.

Le mandamos un WhatsApp rápido: "Ven al depa, traete chelas y tu buena onda". No tardó ni veinte minutos en llegar, con su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco, cargando una six de Indio fría que nos refrescó la garganta ardiente.

Nos sentamos en el sillón grande, las luces bajas del foco de colores pintando sombras juguetones en las paredes. El aire se llenó de risas y anécdotas de la prepa, pero debajo bullía la tensión. Marco me jaló a su regazo, sus dedos hundiéndose en mis caderas mientras Luis nos observaba, bebiendo despacio, sus ojos oscuros clavados en el movimiento de mi falda subiéndose un poco.

¿Qué pedo, carnales? ¿Ya andan en sus cosas? —preguntó Luis, con esa voz grave que me erizaba la piel.

Marco rio bajito, su aliento caliente en mi cuello. —Pues sí, wey. Le estaba diciendo a Ana y si hacemos un trío, pa' que la noche se ponga chingona.

Sentí el pulso acelerado de Marco contra mi espalda, y el de Luis latiendo visible en su pantalón ajustado. Me mordí el labio, el sabor salado de mi propia excitación en la boca.

Esto es real, nena. Déjate llevar, siente cada roce.
Extendí la mano hacia Luis, rozando su muslo firme, y él no dudó: se acercó, su boca capturando la mía en un beso hambriento, lengua explorando con sabor a cerveza y deseo puro.

Las manos de Marco bajaron por mi blusa, desabrochándola lento, exponiendo mis tetas al aire fresco. Luis gimió contra mis labios al verlas, y sus dedos ásperos las amasaron, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. El sonido de sus respiraciones pesadas llenaba el cuarto, mezclado con el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de Reforma. Mi piel ardía donde me tocaban, un contraste delicioso con el sudor que nos unía.

Me puse de pie, tambaleante por el tequila y la lujuria, quitándome la falda con un movimiento que los dejó boquiabiertos. —Vengan, pendejos, no se queden mirando —les dije, mi voz ronca, empoderada. Ellos se desvistieron rápido, vergas duras saltando libres: la de Marco gruesa y venosa, la de Luis larga y curvada, palpitando al ritmo de sus corazones.

Nos movimos al colchón king que crujía bajo nuestro peso, el olor a sábanas limpias y sexo inminente envolviéndonos. Marco me besó el cuello mientras Luis lamía mi ombligo, bajando hasta mi chucha ya empapada. Su lengua era fuego, chupando mi clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda, gimiendo alto, el sabor de mi propia humedad en su boca cuando me besó después.

Esto es demasiado bueno, no pares, pensaba, mientras montaba a Marco, su verga llenándome centímetro a centímetro, estirándome con ese dolor placentero que me hace ver estrellas. Luis se arrodilló frente a mí, ofreciendo su miembro a mi boca. Lo chupé ansiosa, saboreando la sal de su prepucio, la textura suave sobre lo duro, mientras Marco embestía desde abajo, sus manos apretando mi culo.

El ritmo se aceleró: sonidos húmedos de piel contra piel, gemidos roncos —¡Ay, cabrón! de Marco, ¡Qué rica! de Luis— y mis propios alaridos ahogados. Sudor goteaba por sus pechos, yo lo lamía, salado y masculino. Cambiamos posiciones, yo de perrito con Luis atrás, su verga golpeando profundo, bolas chocando contra mi clítoris, mientras chupaba a Marco, sus dedos enredados en mi pelo guiándome.

La tensión crecía como una ola en Puerto Vallarta, mi cuerpo temblando, músculos apretados. Empodero total, dirigía el show: Más rápido, wey, Afúndala toda. Sentía sus pulsos acelerados contra mí, olores a almizcle y semen próximo mezclándose con mi perfume floral ya marchito.

El clímax llegó en cadena: Luis gruñó primero, llenándome con chorros calientes que desbordaban, goteando por mis muslos. Eso me empujó al borde, mi chucha contrayéndose en espasmos que ordeñaban su verga, gritando su nombre. Marco explotó en mi boca segundos después, sabor amargo y espeso bajando por mi garganta mientras tragaba todo, ondas de placer recorriéndome.

Nos derrumbamos en un enredo de extremidades sudorosas, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros tres fundidos. Marco me acarició el pelo, besándome la frente. —Te amo, reina, murmuró. Luis, aún recuperando el aliento, sonrió perezoso: Chido nivel dios, carnales.

Me acurruqué entre ellos, piel contra piel tibia, el corazón latiendo en sintonía.

No hay arrepentimientos, solo ganas de más noches así, libres y calientes.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habíamos creado nuestro propio paraíso. El sueño nos venció lento, con promesas susurradas de repetir, porque y si hacemos un trío había sido el inicio de algo épico.

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