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El Trio Inolvidable con Mi Compadre

6616 palabras

El Trio Inolvidable con Mi Compadre

Era una noche de esas que se arman solas en el rancho de la familia, con el aire cargado del olor a carne asada en la parrilla y el humo dulce del mezcal que flotaba como una promesa. Yo, Juan, estaba recargado en la barda de madera, con una cerveza helada en la mano, viendo cómo mi carnal, el Chava, mi compadre de toda la vida, platicaba animado con mi vieja, la Lupita. Habíamos sido cuates desde morrillos, compartiendo todo: chelas, chavas y hasta broncas en el barrio. Lupita, con su falda floreada ceñida a las caderas y esa blusa escotada que dejaba ver el valle de sus tetas bronceadas, reía con esa carcajada ronca que me ponía la verga dura desde el primer día que la vi.

Órale, güey, ¿por qué no te quedas a dormir? Mañana seguimos la peda, le dije al Chava mientras le daba una palmada en la espalda. Él, con su sonrisa pícara y el pelo revuelto, volteó a verme con ojos brillosos. Neta, compadre, tu jefa está cañona esta noche, murmuró bajito, pero lo suficiente para que Lupita lo oyera y se sonrojara, mordiéndose el labio inferior. El corazón me latió fuerte, no de celos, sino de algo más cabrón: una chispita de excitación que me recorrió la espina dorsal como corriente eléctrica.

Adentro de la casa, con las luces tenues y la cumbia sonando bajito en el estéreo —esa de Los Ángeles Azules que dice "Cómo te voy a olvidar"—, nos sentamos en el sillón grande de cuero. Lupita se acomodó entre los dos, su muslo rozando el mío y el de Chava al mismo tiempo. Sentí el calor de su piel a través de la falda, ese aroma a vainilla y sudor fresco que siempre me volvía loco.

¿Y si armamos algo chido los tres? Un trio con mi compadre, ¿no?
soltó ella de repente, con la voz temblorosa pero juguetona, sus ojos negros clavados en los míos pidiendo permiso. El Chava se quedó tieso, su mano congelada en el muslo de ella, y yo... yo sentí que la sangre me hervía en las venas, la verga palpitando contra el pantalón.

¿Estás en serio, mi amor? le pregunté, mi voz ronca, mientras le acariciaba el cuello con los dedos. Ella asintió, girando la cara para besarme lento, su lengua danzando con la mía, saboreando a tequila y deseo. Chava nos miró, esperando, y cuando Lupita extendió la mano para tocarle el paquete por encima del jeans, él gruñó como animal en celo. Simón, compadre, si tú estás chido, yo ando al tiro, dijo, y en ese momento supe que la noche iba a ser épica.

La cosa escaló despacio, como buena fiesta mexicana. Primero fueron besos robados: yo chupando el lóbulo de la oreja de Lupita mientras Chava le besaba el cuello, sus manos grandes explorando las curvas de sus caderas. Ella gemía bajito, ay, cabrones, no paren, arqueando la espalda contra el sillón. El olor a su excitación empezó a llenar el aire, ese almizcle dulce que me hacía salivar. Le quité la blusa despacio, dejando al aire esas tetas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana. Chava se lanzó a mamar uno, yo el otro, nuestras lenguas chocando a veces sobre su piel salada, succionando con hambre mientras ella nos jalaba el pelo.

Me paré para bajarme el pantalón, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Lupita la miró con ojos hambrientos y se arrodilló entre nosotros, como reina en su trono. Los dos son unos pendejos tan ricos, rio, antes de metérsela a la boca primero a mí, chupando profundo hasta que sentí su garganta apretándome. El sonido era obsceno: slurps húmedos, saliva cayendo por su barbilla. Luego se volteó al Chava, que ya tenía la suya parada como asta de bandera, más larga que la mía pero igual de dura. Lo mamó con ganas, mientras yo le metía los dedos en el calzón, sintiendo su concha chorreando, labios hinchados y resbalosos.

Quiero sentirlos a los dos adentro
, jadeó ella, quitándose la falda y el tanga de un jalón. La llevamos al cuarto, el colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. La puse de rodillas, yo atrás, embistiéndola despacio al principio, mi verga abriéndose paso en su calor apretado, carajo, qué rica estás. Cada empujón hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pubis, el slap-slap resonando como tambores. Chava se puso enfrente, ella lo mamó mientras yo la taladraba, sus gemidos vibrando alrededor de su pito.

El sudor nos empapaba, el cuarto olía a sexo puro: esperma, coño mojado y piel caliente. Cambiamos posiciones, la tensión subiendo como volcán. La puse a horcajadas sobre mí, su concha tragándome entero, montándome con furia, tetas saltando. Chava se acercó por atrás, lubricando su verga con su saliva, y cuando presionó contra su ano, ella gritó de placer. ¡Sí, compadre, métela! lo animé, sintiendo cómo su pito rozaba el mío a través de la delgada pared, un roce prohibido que nos volvía locos. Lupita se retorcía entre nosotros, follada por doble, sus uñas clavándose en mi pecho, me vengo, pinches machos.

La intensidad era brutal. Yo la pellizcaba las nalgas, Chava le jaloneaba el pelo, ella gritando obscenidades: ¡Más duro, güeyes, rómpanme! El Chava gruñía como toro, su culo flexionándose con cada embestida. Sentí mis huevos apretarse, el orgasmo trepando por mis piernas.

Un trio con mi compadre así, neta no lo cambio por nada
, pensé mientras la besaba, su lengua desesperada. Ella se vino primero, convulsionando, chorros calientes empapándonos las bolas. Chava la siguió, sacándola para pintarle la espalda de leche espesa, gruñendo mi nombre como si fuéramos uno solo.

Yo aguanté lo más que pude, volteándola para llenarle la boca, viendo cómo tragaba todo, lamiendo los restos con una sonrisa satisfecha. Nos derrumbamos los tres, un enredo de piernas y brazos sudorosos, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aire estaba pesado, con el eco de nuestros jadeos y el olor persistente del clímax. Lupita se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente. Los amo, mis reyes, susurró, su mano acariciando nuestras vergas flojas.

Chava me miró por encima de su cabeza, guiñándome el ojo. Gracias, compadre, por compartir tan chingón. Yo sonreí, el corazón lleno, sintiendo que este lazo era más fuerte que nunca. Afuera, la noche seguía fresca, las estrellas testigos mudas de nuestro secreto. Dormimos así, pegados, soñando con más noches como esta, donde el deseo nos unía en un trio con mi compadre que cambiaría todo para siempre.

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