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Wyclef Jean We Trying to Stay Alive en el Fuego de la Piel

7347 palabras

Wyclef Jean We Trying to Stay Alive en el Fuego de la Piel

La noche en la azotea de aquel departamento en la Condesa estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo debajo como un corazón acelerado. Las luces de neón de los antros cercanos parpadeaban, mezclándose con el humo de los cigarros y el aroma dulce de los tequilas reposados. Ana se recargaba en la barandilla, sintiendo la brisa tibia rozarle las piernas desnudas bajo su falda corta negra. Llevaba un top ajustado que dejaba ver el contorno de sus pechos firmes, y su cabello suelto caía en ondas salvajes sobre los hombros. Había venido con unas amigas, pero ya se sentía sola en medio de la multitud, buscando algo que la sacara de la rutina de su chamba en la agencia de publicidad.

Entonces lo vio. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando un poco de vello oscuro y músculos que se marcaban con cada movimiento. Se movía al ritmo de la música que retumbaba desde los bocinas: un viejo hit de Wyclef Jean, esa rola que dice "we trying to stay alive". El bajo vibraba en el pecho de Ana, haciendo que su piel se erizara. Él la miró directo a los ojos, como si supiera que ella estaba pensando en lo mismo: sobrevivir a la noche con algo que valiera la pena.

¿Y si me acerco? ¿Y si dejo que esta química nos queme a los dos?

Ana se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Javier se aproximó con dos chelas en la mano, ofreciéndole una con un guiño. "Órale, preciosa, ¿bailas o qué? Esta rola de Wyclef Jean nos está llamando". Su voz era grave, con ese acento chilango que la hacía derretirse. Ella tomó la cerveza, sus dedos rozando los de él, un toque eléctrico que subió por su brazo como corriente.

Empezaron a bailar pegaditos, sus caderas chocando al ritmo. El sudor ya perlaba la frente de Javier, y Ana inhalaba su olor: colonia fresca mezclada con hombre puro, ese aroma que te hace querer enterrar la cara en su cuello. "We trying to stay alive", canturreó él en su oído, su aliento caliente contra su piel. Ella rio, presionando su culo contra su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro al instante. Chingón, pensó ella, este pendejo sabe lo que hace.

La tensión creció con cada giro. Las manos de Javier bajaron por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas, apretando suave pero firme. Ana giró la cara, sus labios a centímetros de los suyos. "Si seguimos así, no sobrevivimos a la noche", murmuró ella, juguetona. Él sonrió: "Pues eso es lo chido, nena. Wyclef Jean nos lo dijo: we trying to stay alive". La besó entonces, un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a cerveza y deseo crudo. Sus pechos se aplastaron contra el torso de él, los pezones endureciéndose bajo la tela delgada.

La fiesta se desvaneció. Terminaron en su coche, un Tsuru viejo pero limpio, estacionado en una calle oscura. Javier encendió el estéreo, y ahí estaba otra vez la rola de Wyclef Jean, el bajo retumbando como un latido compartido. Ana se subió a horcajadas sobre él en el asiento del copiloto, la falda subiéndose hasta la cintura, revelando sus tangas de encaje rojo. "Te quiero aquí mismo", jadeó ella, manos en su nuca, tirando de su cabello.

Él asintió, ojos oscuros brillando de lujuria. "Consiente todo, mi reina. Tú mandas". Sus palabras la empoderaron, haciendo que el calor entre sus muslos se volviera insoportable. Ana desabrochó su chamarra, bajando la cremallera de sus jeans con urgencia. La verga de Javier saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La tocó despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero duro, el calor que emanaba. Él gimió, manos en sus caderas, guiándola pero sin forzar.

Su carne en mi palma... tan viva, tan lista para mí. Quiero devorarlo entero.

Se inclinó, lamiendo la punta, saboreando el precum salado que brotaba. Javier gruñó, "¡Carajo, qué rica boca!". Ella chupó más profundo, la lengua girando alrededor del glande, el olor almizclado de su excitación llenándole las fosas nasales. El coche se mecía con sus movimientos, el vidrio empañándose por sus respiraciones agitadas. Pero querían más espacio, más piel.

Terminaron en su depa, un lugar modesto pero acogedor en la Roma, con posters de rock y una cama king size esperándolos. La rola de Wyclef Jean seguía sonando de fondo, ahora en loop en su teléfono. Desnudos ya, Ana lo empujó sobre el colchón, montándolo como una diosa. Su panocha mojada rozó la verga de él, untándola de sus jugos calientes y viscosos. "Entra en mí, Javier. Hagamos que valga la pena stay alive".

Él la penetró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana jadeó, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas, el placer punzante subiendo por su espina. Se movieron en sincronía, caderas chocando con palmadas húmedas, sudor goteando entre sus cuerpos. El tacto de su pecho contra sus tetas era fuego puro, pezones frotándose, enviando chispas a su clítoris.

La intensidad subió. Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. "¡Sí, así, pendejito! Más duro", gritó ella, arqueando la espalda. Él obedeció, una mano en su cadera, la otra bajando a masajear su clítoris hinchado. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y el eco de "we trying to stay alive" de la canción. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola en su vientre, pulsos acelerados en su cuello.

No puedo más... este hombre me está matando de placer. Sobrevivamos juntos.

Cambiaron posiciones, ella encima otra vez, cabalgándolo salvaje. Sus uñas marcaron su pecho, dejando surcos rojos que él adoraba. Javier se sentó, succionando sus tetas, mordisqueando los pezones con dientes suaves. El sabor de su piel salada lo volvía loco. Ana rebotaba, su panocha apretándolo como un puño caliente, jugos chorreando por sus bolas.

El clímax llegó como un terremoto. Ana se tensó primero, gritando "¡Me vengo, chingado!", su coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban la verga de él. Javier la siguió, gruñendo profundo, llenándola de semen caliente que se desbordaba, untando sus muslos. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. El aroma de sexo impregnaba el aire: sudor, semen, esencia femenina dulce.

Se quedaron así, enredados en las sábanas revueltas, la música apagándose suave. Javier la besó en la frente, suave ahora. "Sobrevivimos, nena. Gracias a Wyclef Jean y a ti". Ana sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. Esto fue más que una noche. Fue vida pura.

La luz del amanecer se colaba por las cortinas, tiñendo sus pieles de dorado. Se levantaron lento, compartiendo un café negro en la cocina, riendo de la locura de la noche. No hubo promesas, solo la certeza de que, si la rola volvía a sonar, se buscarían para stay alive de nuevo. Ana se vistió, sintiendo el leve dolor placentero entre las piernas, un recordatorio vivo. Bajó a la calle, el sol calentándole la cara, el corazón lleno. La ciudad seguía su ritmo, pero ella se sentía invencible.

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