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Triada Prohibida de la Tetralogía Fallot

6002 palabras

Triada Prohibida de la Tetralogía Fallot

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón bailan con el aroma a tacos al pastor y el eco de mariachis lejanos, conocí a Karla. Yo era Ricardo, un cirujano cardiovascular de treinta y cinco años, con manos que habían salvado cientos de corazones, pero el mío latía desbocado esa noche en el bar de Polanco. Ella, con su sonrisa pícara y ojos que prometían pecados, me miró desde la barra. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, y su piel morena brillaba bajo las luces tenues.

"Órale, doctor, ¿vienes a curar corazones rotos o a romperlos?", me dijo con esa voz ronca, cargada de ese acento chilango que me erizaba la piel. Nos pusimos a platicar, y entre tequilas reposados, salió el tema. Karla confesó que desde chava había vivido con la tetralogía de Fallot, esa condición que le había marcado la vida, pero que ahora, adulta y fuerte, la convertía en una guerrera sensual. "Mi corazón es un cabrón rebelde, pero late por lo que quiere", murmuró, rozando mi mano con la suya, cálida y suave como el terciopelo.

La tensión creció como el calor de un atardecer en Xochimilco. Sus dedos trazaban círculos en mi palma, enviando chispas por mi espina dorsal. Olía a vainilla y jazmín, un perfume que se mezclaba con el sudor ligero de la noche. La llevé a mi penthouse en Reforma, donde las vistas panorámicas de la ciudad se extendían como un manto de estrellas artificiales. En el elevador, su cuerpo se pegó al mío, sus senos presionando contra mi pecho, y sentí su aliento caliente en mi cuello.

¿Y si su corazón no aguanta? No, Ricardo, ella es fuego puro, consiente todo esto. Quiere sentir viva, sin miedos.

Entramos al departamento, y el aire se cargó de electricidad. La besé con hambre, saboreando sus labios carnosos, dulces como tamarindo. Sus manos expertas desabotonaron mi camisa, arañando suavemente mi piel, mientras yo bajaba la cremallera de su vestido. Cayó al suelo como una cascada roja, revelando lencería negra que enmarcaba sus caderas anchas y pechos firmes. "Te quiero todo, Ricardito", jadeó, su voz un ronroneo que me ponía la verga dura como piedra.

La llevé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestro peso. Mis labios recorrieron su cuello, bajando por su clavícula, hasta capturar un pezón rosado. Lo chupé con delicadeza al principio, luego con más fuerza, oyendo sus gemidos ahogados que resonaban en la habitación. ¡Ay, cabrón, qué rico! pensó mi mente, mientras su mano se colaba en mis pantalones, apretando mi miembro pulsante. Era gruesa, venosa, lista para ella.

Pero Karla tenía un secreto juguetón. "No estoy sola, mi amor. Mi mejor amiga, Lupe, nos espera. Es mi triada, la que comparte todo conmigo desde la uni. Juntas sobrevivimos chequeos médicos interminables por mi tetralogía de Fallot, y ahora compartimos placeres". La puerta se abrió, y entró Lupe, una morocha de piernas largas y culo redondo, vestida solo con tanga. Sus ojos brillaban de deseo mutuo.

El trío comenzó lento, con besos compartidos. Yo en el centro, sus lenguas danzando en mi boca, sabores mezclados de tequila y saliva dulce. Karla se montó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios, húmedo y salado, con olor almizclado que me volvía loco. Lamí su clítoris hinchado, succionando mientras Lupe me mamaba la verga, su boca caliente envolviéndome hasta la garganta. ¡Puta madre, qué chingón! Los sonidos eran obscenos: chupeteos, jadeos, el slap de piel contra piel.

La escalada fue brutal. Karla cabalgaba mi lengua, sus jugos empapándome la barba, mientras Lupe se frotaba contra mi muslo, su humedad dejando rastros pegajosos. Intercambiaron posiciones; ahora Lupe encima, su ano apretado rozando mi nariz mientras yo devoraba su raja rosada. Karla, celosa, se unió lamiendo mis bolas, su aliento caliente en mi perineo. Sentía sus pulsos acelerados, pero sus risas juguetonas confirmaban el consentimiento puro.

Esto es vida, después de años de doctores y pastillas por la triada de síntomas de mi tetralogía. Ahora, mi corazón late por ellas, por este éxtasis.

Cambié a Karla a cuatro patas, penetrándola despacio. Su coño era un horno apretado, paredes aterciopeladas ordeñándome. Empujé profundo, oyendo el chapoteo de nuestros fluides, oliendo el sexo crudo. Lupe debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi eje y en el clítoris de Karla. "¡Más fuerte, pendejo guapo!", gritó Karla, arqueando la espalda, sudor perlando su piel canela. Aceleré, mis caderas chocando contra sus nalgas firmes, el sonido rítmico como tambores aztecas.

Lupe se posicionó para mí después, su culo en pompa invitándome. La embestí vaginal primero, luego, con lubricante y su sí entusiasta, anal. Era virgen ahí, apretada como puño, pero se abrió con gemidos de placer. "¡Sí, rómpeme, doctor!" Karla besaba a Lupe, pellizcando pezones, mientras yo alternaba entre ellas, mi verga brillando de sus cremas.

La tensión creció hasta el pico. Sudor goteaba, mezclándose con esencias florales de sus perfumes y el almizcle animal del sexo. Corazones latiendo al unísono –el mío fuerte, el de Karla valiente pese a su historia médica–. Las puse a las dos de rodillas, mamándome alternadamente, gargantas profundas que me llevaban al borde. "¡Me vengo!", rugí, eyaculando chorros calientes en sus caras sonrientes, lenguas extendidas para saborear.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas. Besos suaves post-orgasmo, risas compartidas. "Gracias por cuidar mi tetralogía de Fallot con tanto cariño", susurró Karla, acurrucada. Lupe añadió: "Chingón, ¿repetimos?". El amanecer pintaba la ciudad de oro, y supe que esta triada era eterna.

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