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Tríos Ardientes en el Restaurante

7415 palabras

Tríos Ardientes en el Restaurante

Tú entras al restaurante esa noche con el estómago revuelto de anticipación. El lugar se llama La Noche Mexicana, un spot chido en Polanco, con luces tenues que bailan sobre las mesas de madera oscura y el aroma a mole poblano y tequila reposado flotando en el aire. La música de mariachi fusión suena bajito, un violín sensual que te eriza la piel. Eres un wey de treinta y tantos, soltero, con un trabajo decente en marketing, y has oído rumores sobre tríos en el restaurante este, pero nunca te lo creíste del todo. Hasta que ves a Ana.

Ana es la mesera que te atiende esa noche. Morena, con curvas que desafían la blusa ajustada del uniforme, ojos cafés que te clavan como dagas y una sonrisa pícara que dice ven por más.

¿Qué carajos, esta chava me va a matar de un infarto?, piensas mientras ella se acerca, su perfume a vainilla y jazmín invadiendo tu espacio.
"Buenas noches, guapo. ¿Qué se te antoja hoy?", te dice con esa voz ronca, inclinándose lo justo para que veas el escote generoso. Pedís un taco de arrachera y un mezcal, pero tus ojos no se despegan de sus caderas cuando se aleja contoneándose.

No pasa ni media hora cuando regresa con tu plato, pero no viene sola. Detrás trae a Carla, su amiga, dice, otra mesera del turno. Carla es rubia teñida, flaca pero con un culazo que hace que el vestido negro se pegue como segunda piel, y tetas firmes que rebotan al caminar. Las dos se sientan frente a ti sin pedir permiso, riendo como si fueran compas de toda la vida. "Órale, wey, neta que traes buena vibra", suelta Ana, rozando tu rodilla con la suya bajo la mesa. Carla asiente, lamiéndose los labios rojos mientras te mira de arriba abajo. El calor sube por tu cuello; sientes el pulso acelerado, el mezcal quemando en la garganta como fuego líquido.

La plática fluye fácil, con slang mexicano puro. Hablan de la vida en la CDMX, de cómo el estrés del jale las pone cachondas, y de pronto Ana suelta: "Sabes, aquí en el restaurante hemos armado unas fiestas privadas... tríos que dejan a uno temblando". Carla ríe, su mano aterriza en tu muslo, apretando suave.

Pinche madre, esto no es un sueño, ¿verdad? Su piel es suave como seda, cálida, y huele a sudor dulce mezclado con el cilantro del plato.
Tú tragas saliva, tu verga ya medio parada bajo los jeans, latiendo al ritmo de sus risas. Les contas un chiste pendejo sobre un cuate tuyo, y ellas se mueren de risa, inclinándose para darte besos en la mejilla que duran demasiado.

El restaurante empieza a vaciarse. Son las once, el último cliente se va, y el gerente, un cuate de ellas, les guiña el ojo al pasar. "Cierren cuando quieran, chavas", dice. Ana te toma de la mano, Carla de la otra. "Ven con nosotras, papacito. Vamos a cerrar... pero primero, un ratito de diversión". Te llevan al fondo, a una sala privada que huele a incienso y velas de cera derretida. La puerta se cierra con clic, y el mundo exterior desaparece. Solo quedan ellas, tú, y el deseo crudo colgando en el aire como humo.

Ahí empieza lo bueno. Ana te empuja contra la pared tapizada, su boca choca con la tuya en un beso hambriento, lengua invasora que sabe a tequila y menta. Sus manos recorren tu pecho, desabotonando la camisa con urgencia, uñas raspando tu piel erizada. Carla se pega por detrás, sus tetas aplastándose contra tu espalda, mordisqueando tu oreja mientras sus dedos bajan a tu cinturón. Qué rico, murmuras contra los labios de Ana. El sonido de cremalleras bajando llena la habitación, mezclado con sus jadeos suaves y el latido de tu corazón retumbando en los oídos.

Estas morras me van a volver loco, siento sus cuerpos calientes pegados al mío, piel contra piel, sudada y resbalosa.
Ana se arrodilla primero, liberando tu verga dura como piedra. "Mira qué chula, Carla", dice lamiendo la punta con la lengua plana, un gemido vibrando contra tu carne. El placer es eléctrico, sube por tu columna como chispas. Carla se quita el vestido, quedando en tanga negra, y se une, chupando tus bolas mientras Ana te mama profundo, garganta apretada y húmeda. Tú agarras su cabello negro, oliendo su shampoo de coco, empujando suave porque todo es puro acuerdo, puro fuego mutuo.

Las tensiones suben. Las pones de pie, las besas alternando, manos explorando. Tocas la panocha de Ana, mojada y hinchada, clítoris duro bajo tus dedos. Ella gime "¡Ay, wey, no pares!", arqueando la espalda. Carla te guía la mano a su chochito lampiño, resbaloso de jugos, y tú las metes dedos, sintiendo contracciones internas, olores almizclados de excitación mezclados con el perfume del restaurante. Se besan entre ellas, lenguas enredadas, tetas rozándose, y tú las miras, verga palpitando de envidia y lujuria.

Escalada total: las tumbas en la mesa grande, cubiertos cayendo al piso con estruendo metálico. Ana se abre de piernas, invitándote. "Cógeme primero, papi". Te hundes en ella, caliente y apretada, paredes vaginales succionando tu verga. El slap-slap de carne contra carne resuena, sus jugos chorreando por tus bolas. Carla se sube a la mesa, sentándose en la cara de Ana, quien lame su concha con slurps ruidosos. Tú embistes fuerte, sintiendo temblores en Ana, sus muslos temblando alrededor de tus caderas.

Neta, esto es el paraíso, su calor me envuelve, el sabor salado en el aire, gemidos como música prohibida.

Cambian posiciones fluidas, como si hubieran ensayado. Carla cabalga tu verga ahora, rebotando con tetas saltando, uñas clavadas en tu pecho dejando marcas rojas. "¡Más duro, cabrón!", grita, sudor goteando por su cuello. Ana te besa, metiendo lengua mientras frota su clítoris contra tu pierna, dejando rastro húmedo. El orgasmo de Carla llega primero, un grito ahogado, concha contrayéndose como puño alrededor de ti, jugos empapando tus huevos. Tú aguantas, al borde, pulso en las sienes.

Las pones a cuatro, lado a lado, culos empinados como ofrenda. Las coges alternando, verga saliendo brillante de una para entrar en la otra. Manoseas sus nalgas, azotes suaves que enrojece la piel, olores intensos de sexo crudo. "¡Tríos en el restaurante como este son lo máximo!", jadea Ana entre moans. Carla asiente, empujando contra ti. El clímax te golpea como ola: sacas, eyaculando chorros calientes sobre sus espaldas arqueadas, semen blanco goteando por curvas. Ellas se corren otra vez, dedos en clítoris, cuerpos convulsionando en éxtasis compartido.

El afterglow es puro terciopelo. Se tumban los tres en el piso alfombrado, cuerpos enredados, respiraciones agitadas calmándose. Ana acaricia tu pecho, Carla tu cabello, besos suaves como plumas. El aroma a sexo persiste, mezclado con el lejano olor a comida fría.

Pinche noche inolvidable, estas chavas me han marcado pa siempre.
"Vuelve cuando quieras, guapo", susurra Ana. "Los tríos en el restaurante son nuestra especialidad". Te vistes lento, piernas flojas, con sonrisas y promesas de repetición.

Salís al amanecer, la ciudad despertando con bocinas lejanas. Tú caminas con una sonrisa boba, el cuerpo zumbando de placer residual, sabiendo que el restaurante ya no es solo un lugar de comida... es templo de placeres ardientes.

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