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Mi Primer Trío con Mi Esposa (1)

7491 palabras

Mi Primer Trío con Mi Esposa

Era una noche calurosa en nuestro departamento de Polanco, con el aire cargado del aroma a jazmín que Ana siempre ponía en el balcón. Mi esposa, esa morena de curvas que me volvía loco desde el día uno, estaba recostada en el sofá con un vestido ligero que se le pegaba al cuerpo por el sudor. Yo, sentado a su lado con una cerveza fría en la mano, no podía dejar de mirarla. Habíamos estado casados cinco años, y aunque la neta es que nuestra vida sexual era chingona, últimamente hablábamos de algo más... prohibido.

¿Y si probamos un trío? me había dicho ella una vez, entre risas y besos, mientras sus dedos jugaban con mi verga por encima del pantalón. Al principio pensé que era puro desmadre de borrachos, pero la idea se me quedó clavada como espina. Esa noche, con el tequila corriendo por nuestras venas, el tema salió de nuevo.

—Wey, ¿te imaginas? —dijo Ana, girándose hacia mí con ojos brillantes—. Mi primer trío con mi esposo... no, mi primer trío contigo, pero con alguien más. ¿Qué dices?

Mi corazón dio un brinco. El sonido de su voz ronca, mezclada con el zumbido del ventilador, me puso la piel chinita. La besé, saboreando el salado de su lengua y el dulce del margarita en su aliento.

Esto va en serio
, pensé, mientras mi mano bajaba por su muslo suave, oliendo su perfume mezclado con ese aroma natural de mujer que me enloquecía.

Al día siguiente, Ana me sorprendió con una propuesta concreta. Carla, su amiga de la uni, esa güera tetona con labios carnosos y un culo que no paraba de menear. La había visto en fotos, siempre en bikinis diminutos en Acapulco. —Es discreta, carnal —me dijo Ana por WhatsApp—. Y neta, le he platicado de nuestras fantasías. Está intrigada.

La tensión creció esa semana. Cada noche, mientras Ana me chupaba la verga con esa boca experta, yo imaginaba a Carla uniéndose, sus tetas rozando mi pecho. El olor a su coño mojado, el sabor de sus jugos... Mierda, esto me está matando.

El viernes llegó. Carla tocó la puerta a las nueve, con un vestido rojo que gritaba follarme. Su perfume invadió la sala, algo floral y picante, como chile en nogada. Nos saludamos con abrazos que duraron de más, sus tetas aplastándose contra mí, firmes y calientes. Ana sirvió tragos, y pronto el aire se llenó de risas y miradas cargadas.

—Entonces, ¿es en serio lo del trío? —preguntó Carla, lamiéndose los labios mientras se sentaba entre nosotros en el sofá. Su voz era grave, como un ronroneo.

Ana me miró, y yo asentí, con la verga ya dura como piedra. —Sí, güey. Mi primer trío con mi esposa, y contigo —dije, sintiendo el pulso acelerado en las sienes.

La cosa escaló despacio, como buena tensión. Primero besos. Ana besó a Carla, sus lenguas danzando visibles, un sonido húmedo y chuposo que me hizo gemir. Yo las veía, oliendo su excitación creciente, ese olor almizclado que empapa el aire. Luego, Carla se giró hacia mí, su boca caliente envolviendo la mía, mientras Ana me bajaba el pantalón.

Qué chingón, pensé, tocando las nalgas de Carla, redondas y elásticas bajo el vestido. Ana sacó mi verga, palpitante, y empezó a mamármela con esa succión profunda que solo ella sabe. Carla jadeó al ver, y se unió, lamiendo mis huevos con lengua juguetona. El contraste de sus bocas —la de Ana experta y posesiva, la de Carla curiosa y ansiosa— era una puta sinfonía de sensaciones. Sentía sus salivas mezclándose, el calor de sus alientos en mi piel, el roce de sus cabellos en mis muslos.

Nos mudamos a la recámara, con la luz tenue de las velas que Ana había encendido, proyectando sombras danzantes en las paredes. El colchón king size crujió bajo nuestro peso. Desnudamos a Carla primero: sus tetas saltaron libres, pezones rosados y duros como piedras. Ana las lamió, succionando con sonidos obscenos, mientras yo besaba el cuello de Carla, inhalando su sudor fresco.

Esto es real, pendejo. Mi primer trío con mi esposa, y está de locos
.

La pusimos en el centro. Yo me recosté, y Ana montó mi cara, su coño chorreando sobre mi boca. Sabía a miel salada, jugosa, con ese sabor único que me volvía adicto. Lamí su clítoris hinchado, sintiendo sus caderas grindear contra mi nariz, ahogándome en su aroma. Carla, mientras, se sentó en mi verga, despacio, centímetro a centímetro. Su concha era apretada, caliente como lava, envolviéndome con un glup húmedo. Gimió alto, un sonido gutural que vibró en el cuarto.

—¡Ay, cabrón! Qué verga tan rica —dijo Carla, cabalgándome con ritmo, sus tetas rebotando hipnóticas. Ana se inclinó para besarla, sus lenguas chocando sobre mí, mientras yo metía dedos en el culo de Ana, sintiendo su esfínter contraerse.

El sudor nos empapaba a todos. El cuarto olía a sexo puro: esperma, coños mojados, pieles calientes. Cambiamos posiciones. Ahora Carla lamía el coño de Ana mientras yo la cogía por atrás, mi pelvis chocando contra sus nalgas con plaf plaf, rojo marcándose en su piel clara. Ana gritaba, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en las sábanas. Siento su lengua en mí, y tu verga en ella... es perfecto, pensé, oyendo sus jadeos sincronizados.

La intensidad subió. Ana se corrió primero, un chorro caliente en la boca de Carla, temblando como hoja. —¡Sí, pinche puta, no pares! —gritó, su voz quebrada. Yo saqué la verga de Carla y la metí en Ana, embistiéndola duro, mientras Carla me lamía los huevos desde abajo. El roce de su lengua en mi perineo, el apretón de la concha de Ana... estaba al borde.

Pero aguanté. Queríamos el gran finale juntos. Nos pusimos en plan misionero doble: Ana y Carla lado a lado, piernas abiertas. Las cogí alternando, primero Ana con embestidas profundas que la hacían llorar de placer, luego Carla, cuya concha chasqueaba al entrar. Sus manos se entrelazaban, besándose con furia. El colchón estaba empapado, el aire espeso con gemidos y el olor acre del orgasmo acercándose.

—Córrete adentro, amor —suplicó Ana, mirándome con ojos vidriosos—. Mi primer trío con mi esposo... hazlo inolvidable.

No pude más. Me hundí en Carla, sintiendo su interior convulsionar, y exploté. Chorros calientes llenándola, mientras ella se corría conmigo, gritando ¡chinga!. Saqué y terminé en Ana, pintando su vientre y tetas con lo que quedaba. Ella se frotó, lamiendo un dedo, y las dos se besaron, compartiendo mi leche en un beso sucio y delicioso.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, pulsos latiendo al unísono. El silencio roto solo por respiraciones pesadas y risas cansadas. Carla se acurrucó contra mí, su piel pegajosa contra la mía, mientras Ana acariciaba mi pecho.

—Fue chido, ¿verdad? —murmuró Ana, besándome la frente.

—Más que chido, mi amor. Mi primer trío con mi esposa... y ojalá no el último —respondí, inhalando el perfume mezclado con sexo que nos envolvía.

Carla se fue al amanecer, prometiendo discreción y más noches. Nosotros nos quedamos en la cama, exhaustos pero conectados como nunca. Esa experiencia no solo fue carnal; profundizó algo en nosotros. Ana dormía a mi lado, su respiración suave, y yo sonreí en la penumbra.

Quién diría que un trío nos uniría más
. El sol entraba por las cortinas, prometiendo días nuevos, calientes y sin límites.

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