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La Ardiente Cojida Trio

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La Ardiente Cojida Trio

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba cargada de ese calor pegajoso que se te pega a la piel como una promesa de pecado. Yo, Laura, de veintiocho años, con mi cuerpo bronceado por el sol y un vestido ligero que se adhería a mis curvas como segunda piel, caminaba descalza por la arena tibia. El sonido de las olas rompiendo era un rugido constante, mezclado con la música de cumbia rebajada que salía de las fogatas cercanas. Olía a sal, a coco de los protectores solares y a ese aroma sutil de sudor fresco que enciende las hormonas.

Ahí estaban ellos: Carlos y su carnal Javier, dos weyes guapísimos que conocía de la uni. Carlos, alto, con músculos definidos de tanto surfear, ojos cafés que te desnudan con una mirada, y Javier, más delgado pero con esa sonrisa pícara y manos fuertes de mecánico. Habíamos estado bebiendo chelas frías toda la tarde, riéndonos de pendejadas, pero ahora la vibra había cambiado. Sentía sus ojos sobre mí mientras bailábamos al ritmo de la música, sus cuerpos rozándome accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

Neta, ¿qué carajos estoy pensando? Dos carnales como ellos... pero se siente tan bien este roce, este calor que sube desde mi entrepierna.

Carlos se acercó primero, su aliento cálido en mi oreja. "Laura, estás cañona esta noche, wey", murmuró, su mano en mi cintura apretando justo lo suficiente para que mi corazón latiera como tambor. Javier no se quedó atrás, pegándose por detrás, su dureza presionando contra mis nalgas. El trío de cuerpos moviéndose en sincronía era eléctrico; el aire se llenaba del olor a mar y a su colonia masculina, esa mezcla de madera y especias que me mareaba.

Nos alejamos de la fiesta, caminando hacia la cabaña que rentaban los dos, riendo nerviosos pero excitados. La puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo prohibido pero tan deseado. Adentro, la luz tenue de las velas parpadeaba sobre la cama king size, sábanas blancas arrugadas invitando al desmadre.

Acto uno completo: la tensión inicial ardía como brasa. Me senté en el borde de la cama, piernas cruzadas, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris. Carlos se arrodilló frente a mí, besando mis muslos despacio, su lengua trazando líneas húmedas que olían a sal marina. Javier, a mi lado, desabrochó mi vestido, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. "Pinche Laura, qué rica estás", dijo Javier, chupando un pezón mientras sus dedos jugaban con el otro, enviando descargas de placer directo a mi centro.

Yo gemía bajito, el sonido ahogado por el rumor del mar afuera. Sus manos eran fuego: ásperas, callosas, explorando cada centímetro. Deslicé mi mano por el pecho de Carlos, bajando hasta su short, sintiendo su verga dura como piedra latiendo bajo la tela. "Chínguenme ya, cabrones", susurré, voz ronca de deseo puro mexicano.

La cosa escaló cuando me quitaron el vestido del todo. Desnuda, vulnerable pero empoderada, me recosté. Carlos se quitó la ropa, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum que olía a macho en celo. Javier igual, su pija más larga, curvada perfecto para golpear spots profundos. Me besaron al unísono, lenguas enredándose en mi boca, sabor a chela y menta fresca.

Esto es la cojida trio que siempre soñé, neta. Dos vergas listas para mí, y yo mandando el ritmo.

Empecé chupándolos. Primero a Carlos, metiendo su verga hasta la garganta, sintiendo las venas palpitar contra mi lengua, el sabor salado inundándome la boca. Javier se masturbaba viéndome, su mano subiendo y bajando con un shlick shlick húmedo. Luego cambié, mamando a Javier mientras Carlos lamía mi concha empapada. Su lengua era un torbellino en mi clítoris, chupando, mordisqueando suave, haciendo que mis jugos corrieran por sus labios. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y almizclado que llena el cuarto.

La intensidad subía. Me puse a cuatro patas, culo en alto como ofrenda. Carlos se posicionó atrás, frotando su verga contra mis labios vaginales hinchados, lubricándolos con mis fluidos. "¿Lista para la cogida, mami?" gruñó. Asentí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor inicial se convirtió en placer puro cuando bottomed out, sus huevos peludos golpeando mi clítoris.

Javier frente a mí, verga en mi boca, follándome la garganta mientras Carlos me chingaba con thrusts profundos. El sonido era obsceno: plaf plaf de piel contra piel, mis gemidos ahogados, sus gruñidos roncos. Sudor corría por sus cuerpos, goteando sobre mi espalda, salado al tacto cuando lo lamí.

Cambiaron posiciones. Ahora Javier debajo de mí, yo cabalgándolo reverse cowgirl, su verga golpeando mi G-spot con cada rebote. Carlos se unió, untando lubricante en mi culo –frío al principio, luego cálido–. Empujó lento, abriéndome, el ardor convirtiéndose en éxtasis doble. "¡Ay, wey, qué rico! ¡Cojida trio perfecta!" grité, sintiendo ambas vergas frotándose separadas solo por una delgada pared, pulsando en unisono.

El cuarto apestaba a sexo: semen, sudor, mi concha chorreando. Mis tetas rebotaban, pezones duros rozando el pecho de Javier. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo controlaba el ritmo, apretando mis músculos internos para ordeñarlos. Internalmente, la lucha: ¿Demasiado? No, esto es mío, lo quiero todo.

Sus corazones latiendo contra mí, el calor de sus pieles fusionándose con la mía. Neta, soy la reina de esta cojida trio.

La escalada fue brutal. Javier pellizcaba mi clítoris, Carlos aceleraba en mi culo, sus dedos clavándose en mis nalgas. Sentí el orgasmo construyéndose como ola gigante: vientre contrayéndose, piernas temblando, visión borrosa. "¡Me vengo, cabrones!" aullé. Explosé, chorros de squirt mojando las sábanas, cuerpo convulsionando entre ellos.

Ellos no pararon. Thrusts más duros, gruñendo "¡Pinche concha apretada!". Javier se vino primero, llenándome la concha de leche caliente, espesa, goteando por mis muslos. Carlos siguió, descargando en mi culo con un rugido primal, su semen lubricando cada pulgada.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes sincronizadas con las olas. Sus vergas ablandándose dentro de mí, el calor residual pulsando. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando cuellos, pechos. Olía a nosotros, a satisfacción cruda.

Me quedé entre ellos, cabeza en el pecho de Carlos, mano en la verga floja de Javier. "La mejor cojida trio de mi vida", murmuré, riendo bajito. Ellos asintieron, acariciándome el pelo. No hubo culpas, solo conexión profunda, esa intimidad mexicana de carnales que se entienden sin palabras.

Esta noche cambió todo. No solo fue sexo; fue liberación, poder compartido. Mañana, ¿repetimos? Neta que sí.

El sol empezaba a filtrarse por las cortinas cuando nos despertamos, cuerpos entrelazados, listos para más. Pero esa cojida trio quedaría grabada en mi piel, en mi alma, como el tatuaje invisible del placer supremo.

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