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Houses for Rent Tri Cities WA La Pasión de la Renta

7342 palabras

Houses for Rent Tri Cities WA La Pasión de la Renta

Ana acababa de llegar a Tri-Cities, Washington, con el corazón latiéndole a mil por hora. El aire fresco del Pacífico noroeste le rozaba la piel como una caricia inesperada, mezclado con el olor a pino y río del Columbia que flotaba en la brisa. Había dejado todo atrás en México para un nuevo trabajo en Richland, y ahora necesitaba un lugar donde aterrizar. Abrió su laptop en el motel cutre donde se hospedaba temporalmente, el zumbido del aire acondicionado rompiendo el silencio de la habitación. Tecleó en Google: houses for rent tri cities wa. Cientos de resultados saltaron, pero uno la atrapó de inmediato: una casa moderna en Kennewick, con jardín, piscina y renta accesible. El anuncio prometía "espacio para soñar". Llamó sin pensarlo dos veces.

El dueño se llamaba Marco, un tipo de unos treinta y tantos, con voz grave que vibraba como un ronroneo al teléfono. Qué chido, carnala, pásate hoy mismo, le dijo con acento tex-mex que le erizó la piel. Ana se miró en el espejo: jeans ajustados que marcaban sus curvas, blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus pechos morenos, cabello negro suelto cayendo en ondas salvajes. Se roció perfume de vainilla, dulce y provocador, y salió al sol de la tarde.

La casa era un sueño: paredes blancas relucientes, piso de madera que crujía suavemente bajo sus tacones, y un olor a limpio, a jazmín del jardín que invadía las fosas nasales. Marco la esperaba en la puerta, alto, musculoso, con camisa ajustada que delineaba su pecho ancho y jeans que no disimulaban nada. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus labios carnosos.

¡No mames, este pendejo está buenísimo! ¿Y si le echo un vistazo más de cerca?
pensó Ana, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

—Pásale, mija, te enseño todo —dijo él, su aliento cálido rozándole la oreja al inclinarse para abrirle la puerta. El roce accidental de su mano contra su cintura envió una descarga eléctrica por su espina dorsal. Entraron a la sala, amplia, con sofás de cuero negro que invitaban a hundirse. El sol filtraba por las ventanas, bañando todo en luz dorada. Marco explicaba: cocina de granito, cuartos con vista al río. Pero Ana apenas escuchaba; olía su colonia, madera y hombre, un aroma que le humedecía las bragas.

Subieron las escaleras, sus pasos sincronizados como un baile. En el dormitorio principal, una cama king size dominaba el espacio, sábanas blancas impecables. Marco se acercó a la ventana, su espalda ancha bloqueando la vista. Pinche tentación andante, pensó ella, imaginando sus manos grandes explorándola.

¿Qué te parece? —preguntó él, girándose tan cerca que sus pechos rozaron su torso. El calor de su cuerpo la envolvió, y Ana sintió su pezón endurecerse bajo la blusa.

Está chingona —murmuró ella, voz ronca—. Me la rento ya mismo, pero... ¿vienes con el paquete?

Marco rio, una carcajada profunda que retumbó en su pecho. Sus ojos se oscurecieron de deseo.

¡La neta, este wey me prende como nadie! Quiero sentirlo ya
, se dijo Ana, el pulso acelerado latiéndole en el cuello.

Acto dos: la tensión escaló como una tormenta. Marco la tomó de la mano, tirando de ella hacia la cama. No hubo palabras, solo miradas cargadas de promesas. Se besaron con hambre, labios chocando, lenguas danzando en un torbellino húmedo y salado. Saboreó su boca, a menta y café, mientras sus manos subían por su espalda, desabrochando el sostén con maestría. Ana gimió cuando él liberó sus senos, pesados y firmes, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla arquearse.

¡Qué ricos tetas, nena! —gruñó él, bajando la boca a chuparlos, lengua girando en círculos que la volvían loca. El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos. Ana metió las manos en su pantalón, palpando la verga dura como piedra, gruesa y palpitante. ¡Madre mía, qué vergón tan choncho! pensó, acariciándola con dedos ansiosos, sintiendo las venas latir bajo la piel suave.

Lo empujó al colchón, montándose a horcajadas. Se quitó la blusa, meneando las caderas contra su erección, el roce a través de la tela enviando chispas de placer. Olía a sexo ya, a su excitación almizclada mezclada con el sudor salado de él. Marco le bajó los jeans, exponiendo sus nalgas redondas, y metió la mano entre sus muslos. Estás empapada, carnala, susurró, dedos hundiéndose en su chochita resbaladiza, frotando el clítoris hinchado. Ana cabalgó su mano, caderas ondulando, el slap slap de piel húmeda resonando.

¡No pares, pendejo, me vas a hacer venir ya!

Se desnudaron febriles, cuerpos chocando. Él la volteó boca abajo, besando su nuca, lamiendo el sudor de su espinazo. Sus manos amasaban sus nalgas, separándolas para lamerle el ano, lengua juguetona que la hizo gritar de placer prohibido. Ana se giró, queriendo más. Lo jaló hacia ella, guiando su verga a su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué rico se siente, tan lleno! El olor a sexo intensificó, almizcle y fluidos mezclados.

Follaron con ritmo creciente: él embistiéndola profundo, bolas golpeando su clítoris, ella clavándole las uñas en la espalda, dejando marcas rojas. Gemidos subían de tono, ¡Más duro, cabrón! ¡Sí, así! Sudor perlando sus pieles, resbaloso y caliente. Cambiaron posiciones: ella encima, rebotando, tetas saltando, él chupándolas. Luego de lado, cucharita, su mano en su clítoris frotando furioso mientras la penetraba lento, torturándola.

La intensidad psicológica ardía: Ana recordaba su vida pasada, solitaria, y esto era libertad pura. Marco confesó en susurros: Desde que te vi en la puerta, te quería dentro de mí. Sus ojos conectados, almas enredándose con cuerpos. El clímax se acercaba, pulsos acelerados sincronizados, respiraciones entrecortadas.

Acto tres: la liberación. Ana se corrió primero, un tsunami de placer: chochita contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo empapando las sábanas, grito ahogado en su cuello. ¡Me vengo, Marco, no pares! Él la siguió, gruñendo como animal, verga hinchándose al eyacular chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta desbordar. Colapsaron, cuerpos temblando, piel pegajosa de sudor y semen.

El afterglow fue dulce. Yacían enredados, el sol poniente tiñendo la habitación de naranja. Marco la besó suave, lengua perezosa. Esta casa es tuya, mija, y yo también si quieres, murmuró. Ana sonrió, dedo trazando su pecho, sintiendo su corazón latir calmado contra el suyo. Olía a ellos, a sexo saciado y promesas.

¡Qué chido mudarme aquí! Houses for rent tri cities wa me trajo más que un techo
, pensó, mientras el río susurraba afuera, testigo de su nuevo comienzo.

Se ducharon juntos después, agua caliente cascando sobre pieles sensibles, jabón espumoso en caricias perezosas. Rieron de tonterías, planeando cenas, folladas futuras. Ana firmó el contrato esa misma noche, con beso de tinta y labios. La renta era solo el principio; el deseo, eterno.

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