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Vibrando con la Harley Davidson Tri Glide

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Vibrando con la Harley Davidson Tri Glide

El sol de Mazatlán pegaba recio esa mañana, pero neta que no me importaba. Ahí estaba yo, parada frente a mi Harley Davidson Tri Glide, esa chulada de tres ruedas que me hacía sentir como reina del asfalto. El chrome brillaba como espejo, y el olor a cuero nuevo y gasolina me ponía ya de malas con el deseo. La había comprado hace unos meses, después de ahorrar como pendeja, y cada vez que la encendía, sentía un cosquilleo entre las piernas que no era solo por las vibraciones del motor.

Órale, hoy va a ser épico, pensé mientras ajustaba mi chamarra de piel negra, ajustadita para resaltar mis curvas. Llevaba jeans ceñidos, botas altas y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente. Mi carnal, Alex, iba a llegar en un rato. Ese güey me volvía loca con su mirada de lobo y esas manos callosas de mecánico. Nos conocimos en un rally de motos el año pasado, y desde entonces, cada salida era pretexto pa’ echarnos un revolcón inolvidable.

Oí el rugido de su camioneta acercándose. Saltó del asiento con esa sonrisa pícara, moreno, musculoso, con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta. “Mamacita, ¿lista pa’ volar?”, me dijo, jalándome pa’ él y dándome un beso que sabía a café y tabaco. Sus labios duros contra los míos, la barba raspándome la piel, y ya sentía el calor subiendo por mi vientre.

“Sube, carnal. Hoy te llevo yo”, le contesté, guiñándole el ojo. Él se rio, se montó atrás, y sus brazos me rodearon la cintura. Puse la llave, giré el encendido, y el motor cobró vida con un ronroneo grave que me erizó la piel. El asiento vibraba bajo mis nalgas, directo al clítoris, como si la moto supiera lo que me gustaba. Arrancamos por la carretera costera, el viento azotándome el pelo suelto, el mar azul brillando a un lado.

La Harley Davidson Tri Glide devoraba el camino con estabilidad chida, las tres ruedas haciendo que cada curva fuera un masaje. Alex apretaba más sus manos contra mi panza, bajando despacito hasta el borde de mis jeans. “Neta que esta máquina te queda perfecta, como si estuviera hecha pa’ ti”, murmuró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello. Yo aceleré un poquito, sintiendo cómo las vibraciones subían de intensidad, haciendo que mi panocha se humedeciera ya.

¿Por qué chingados esta moto me prende tanto? Es como si el motor estuviera chingándome desde adentro, lento y profundo.

Íbamos platicando pendejadas, riéndonos del tráfico y de los jotos en sus coches de lujo. Pero el roce de su pecho contra mi espalda, el sudor empezando a perlar su piel y mezclándose con mi perfume de vainilla, todo eso iba armando la tensión. Su mano se coló por debajo de mi blusa, rozando mi teta izquierda, el pezón endureciéndose al instante bajo su pulgar. “Para, cabrón, o no llegamos ni a la playa”, le dije entre risas, pero acelerando más pa’ que las vibraciones me volvieran loca.

Después de media hora, vi un mirador chido, apartado, con palmeras y vista al Pacífico. Frené la Harley suave, el motor apagándose con un suspiro. Bajamos, pero Alex no me soltó. Me giró contra él, besándome con hambre, lengua metiéndose profunda, saboreando mi boca como si fuera miel. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas fuerte sobre los jeans. “Te ves tan rica montada en esa bestia. Me tienes duro desde que arrancamos”, gruñó, presionando su verga tiesa contra mi monte de Venus.

Yo gemí bajito, el sol calentándonos la piel, el olor a sal del mar mezclándose con nuestro sudor. Le quité la camiseta de un jalón, lamiendo su pecho salado, mordiendo un pezón mientras él me desabrochaba la blusa. Mis tetas saltaron libres, pesadas y sensibles, y él las chupó con ganas, succionando hasta que arqueé la espalda. “¡Ay, wey! Sí, así”, jadeé, metiendo la mano en sus pantalones. Su verga estaba palpitando, gruesa, venosa, la cabeza ya mojada de precum. La pajeé despacio, sintiendo cada vena bajo mis dedos, mientras él metía la mano en mi entrepierna, frotando mi clítoris por encima de la tela.

Nos fuimos al suelo, sobre una manta que saqué del maletero de la Tri Glide. El pasto era suave, tibio, y el viento traía risas lejanas de turistas, pero estábamos solos en nuestro mundo. Me quitó los jeans, besando mis muslos internos, lamiendo hasta llegar a mi panocha empapada. “Estás chorreando, nena. Por la moto, ¿verdad?”, dijo con voz ronca, metiendo la lengua adentro. Saboreé su cabello entre mis dedos, el placer subiendo como ola, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Olía a sexo, a mar, a nosotros.

No aguanto más. Quiero sentirlo todo, pensé, jalándolo arriba. Le bajé los pantalones, su verga saltando libre, dura como hierro. Me puse a cuatro patas, mirando la Harley reluciente a unos metros, y le dije: “Chíngame fuerte, como si fueras la moto”. Él rio, pero obedeció, colocándose atrás. La cabeza de su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce delicioso contra mis paredes.

Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido era obsceno: carne contra carne, mis gemidos altos, su respiración jadeante. “¡Más rápido, pendejo!”, le pedí, y él aceleró, agarrándome las caderas, clavándome los dedos. Sudábamos como locos, el sol quemándonos la espalda, el olor a sexo impregnando el aire. Alcé la vista a la Tri Glide, recordando sus vibraciones, y eso me llevó al borde.

Me volteó boca arriba, piernas abiertas, y se hundió de nuevo, profundo. Nuestros ojos se clavaron: el suyo lleno de fuego, el mío suplicando. Besándonos descontrolados, lenguas enredadas, mientras él me taladraba. Sentía su pulso en la verga, latiendo dentro de mí, mis tetas rebotando con cada golpe. “Me vengo, carnal... ¡ahora!”, grité, el orgasmo explotando como trueno, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando.

Él no paró, gruñendo, hasta que se tensó todo, su verga hinchándose, y soltó chorros calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeando, su peso cómodo sobre mi cuerpo. El viento nos secaba el sudor, el mar rugía bajito como aplauso.

Después, recostados mirando el horizonte, fumamos un cigarro compartido. “Esa Harley es lo máximo, pero tú montada en ella... eso es lo que me mata”, murmuró Alex, acariciándome el pelo. Yo sonreí, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, una calidez que me hacía sentir viva, conectada.

La vida en la carretera, con mi Tri Glide y mi carnal, es puro fuego. ¿Quién necesita más?

Nos vestimos tranquilos, besos suaves, y volvimos a la moto. Al encenderla de nuevo, las vibraciones me recordaron todo, prometiendo más aventuras. Aceleramos de vuelta, el sol bajando, pero el calor entre nosotros ardiendo eterno.

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