Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Estás Intentando Seducirme (1) Estás Intentando Seducirme (1)

Estás Intentando Seducirme (1)

7517 palabras

Estás Intentando Seducirme

La noche en la Condesa bullía de vida, con el aroma a tacos al pastor flotando en el aire y el eco de risas y música cumbia retumbando desde los bares. Tú estabas en la barra del Mezcalero, un trago ahumado de mezcal reposado bajando por tu garganta, quemando justo lo suficiente para encenderte. Tus amigas charlaban animadas, pero tus ojos se desviaban una y otra vez hacia él: alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía problemas del mejor tipo. Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y cuando se acercó, olió a colonia fresca mezclada con el humo de la fogata imaginaria de una noche caliente.

"Órale, güey, ¿y ese bombón de dónde salió?", susurró tu amiga al oído, dándote un codazo. Tú reíste, pero sentiste el cosquilleo en la piel, como si su mirada ya te estuviera desnudando. Él se paró a tu lado, pidió un tequila reposado y te miró directo a los ojos.

"¿Permiso? No pude evitar notar esa sonrisa que ilumina más que las luces de neón aquí afuera."

Su voz era grave, con ese acento chilango puro que te erizaba los vellos de la nuca. Respondiste con un guiño, el corazón latiéndote un poco más rápido.

¿Qué pedo, por qué me late así este carnal?
Charlaron de tonterías: el pinche tráfico de la Roma, la última rola de Natalia Lafourcade, pero cada roce accidental de sus dedos contra tu brazo enviaba chispas. El mezcal aflojaba las inhibiciones, y pronto estabas riendo a carcajadas por sus chistes verdes, esos que solo se cuentan entre extraños que se gustan a primera vista.

La tensión crecía como el calor de un comal encendido. Él se inclinó más cerca, su aliento cálido rozando tu oreja. "¿Bailamos?" No esperó respuesta; te tomó de la mano y te llevó a la pista improvisada. La cumbia retumbaba, cuerpos sudados moviéndose al ritmo. Sus caderas contra las tuyas, firmes, guiándote con una seguridad que te hacía mojarte ahí mismo. Sentías el calor de su pecho a través de la tela, el sudor perlándole la frente, oliendo a hombre puro, a deseo crudo.

Esto está cabrón, ¿estoy lista para esto?
Pero sí, lo estabas. Cuando la canción terminó, él te jaló hacia un rincón más oscuro, su mano en tu cintura apretando justo lo necesario.

"Estás intentando seducirme, ¿verdad?" murmuraste, mirándolo con ojos entrecerrados, el pulso acelerado latiéndote en las sienes.

Él sonrió, esa sonrisa lobuna. "¿Yo? Tú eres la que me traes loco con ese vestido que se pega a tus curvas como segunda piel." Sus labios rozaron los tuyos, un beso tentativo al principio, probando, pero pronto se volvió hambriento. Lenguas danzando, sabor a tequila y miel en su boca, tus manos enredándose en su cabello oscuro y revuelto. El mundo se redujo a eso: el ruido sordo de la música, el latido compartido de sus corazones, el roce áspero de su barba incipiente contra tu mejilla suave.

No aguantaron más. "Vámonos de aquí", dijo él, la voz ronca. Asentiste, el deseo ardiendo en tu vientre como chile en nogada. Tomaron un Uber hasta su depa en la Narvarte, un lugar chido con vistas al skyline y muebles minimalistas que olían a limpio y sándalo. Apenas cerraron la puerta, sus bocas se unieron de nuevo, manos explorando con urgencia contenida.

Te quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de tu clavícula, el valle entre tus senos, el ombligo. "Qué chingona eres", gruñó, sus dedos trazando la curva de tu cadera, bajando hasta el encaje de tus calzones. Tú jadeaste, el aire fresco de la habitación contrastando con el fuego en tu piel. Lo empujaste al sofá, desabrochando su camisa con dedos temblorosos, revelando un torso marcado por horas en el gym, pectorales duros bajo tus palmas.

La escalada era imparable. Tus uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas que él gemía de placer. "¿Estás tratando de matarme de placer?" preguntaste entre besos, riendo bajito mientras lo montabas, sintiendo su verga dura presionando contra ti a través de la tela. Él rio, un sonido gutural, y te volteó con facilidad, quedando encima, su peso delicioso aplastándote contra los cojines suaves.

Su olor me envuelve, sudor y macho, me tiene empapada.
Sus manos expertas bajaron tus calzones, dedos hurgando en tu humedad, círculos lentos en tu clítoris que te hacían arquear la espalda. Gemiste alto, "¡No mames, sigue así!", el placer construyéndose en olas, el sonido húmedo de tus jugos mezclándose con vuestras respiraciones agitadas. Él lamió tu cuello, mordisqueando el lóbulo de tu oreja, mientras un dedo entraba en ti, luego dos, curvándose justo en ese punto que te hacía ver estrellas.

Pero querías más. Lo volteaste de nuevo, besando su pecho, bajando por el camino de vellos oscuros hasta su pantalón. Lo desabrochaste, liberando su miembro erecto, grueso y palpitante. Lo tomaste en tu boca, saboreando la sal de su pre-semen, la textura aterciopelada sobre tu lengua. Él gruñó, "Pinche diosa, me vas a hacer acabar ya", sus caderas moviéndose instintivamente. Lo chupaste con ganas, profundo, el sonido de succión llenando la habitación, tus manos masajeando sus bolas pesadas.

No lo dejaste venir todavía. Te subiste encima, guiándolo dentro de ti con un suspiro largo. "Aaah, qué rico", exhalaste, sintiéndolo llenarte por completo, estirándote deliciosamente. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso, tus senos rebotando con el movimiento. Él te tomó las nalgas, apretando, guiando el ritmo que aceleraba. El slap-slap de piel contra piel, el olor almizclado del sexo impregnando el aire, el sabor salado de su piel cuando lo besabas.

La intensidad subió: te volteó a cuatro patas, embistiéndote desde atrás, profundo, sus bolas golpeando tu clítoris con cada thrust. "¡Más duro, pendejo!" gritaste, empoderada, amando cómo te follaba como si fueras suya. Sus manos en tus caderas, tirando de tu cabello con cuidado, el placer acumulándose en tu bajo vientre como una tormenta. Gemidos mezclados, "Estás intentando volverme loco, ¿verdad?" jadeó él, y tú respondiste con un "Sí, y lo estoy logrando".

El clímax llegó como un volcán: tú primero, contrayéndote alrededor de él en espasmos, gritando su nombre inventado en el calor del momento –Alejandro–, olas de éxtasis recorriendo cada nervio, jugos chorreando por tus muslos. Él te siguió segundos después, gruñendo ronco, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el tuyo.

Colapsaron juntos, sudorosos, enredados en el sofá. El afterglow era puro: su pecho subiendo y bajando bajo tu mejilla, el latido calmándose, el aroma a sexo y satisfacción envolviéndolos. Él te acarició el cabello, besándote la frente. "Eres increíble, carnala".

Tú sonreíste, satisfecha, el cuerpo laxo y feliz.

¿Fue solo una noche? ¿O el inicio de algo chido? Por ahora, no importaba. Solo el calor residual, la conexión piel con piel.
Se quedaron así, charlando pendejadas hasta que el sueño los venció, con la promesa implícita de más noches como esa en la ciudad que nunca duerme.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.