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Pasión Rockera con Carlos Valerio El Tri

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Pasión Rockera con Carlos Valerio El Tri

El estadio retumbaba con los acordes salvajes de El Tri esa noche en el Palacio de los Deportes. El sudor me corría por la espalda mientras saltaba al ritmo de "Triste canción de amor", mi canción favorita. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que trabajaba en una agencia de publicidad en la Condesa, había sacado boleto para la primera fila solo por ver de cerca a los ídolos de mi adolescencia. Pero lo que no esperaba era toparme con Carlos Valerio El Tri, el guitarrista nuevo que se había unido a la banda y que tenía a todo el público babeando.

Sus dedos volaban sobre las cuerdas de la guitarra eléctrica, el amplificador zumbaba como un corazón acelerado. Llevaba una playera negra ajustada que marcaba sus pectorales duros, el cabello negro revuelto cayéndole sobre la frente sudada. Olía a cerveza, humo de cigarro y algo más, un aroma masculino que me llegaba hasta el fondo del alma.

¿Qué pedo, Ana? ¿Por qué te late tanto este vato?
me dije mientras lo veía lamerse los labios resecos después de un solo impresionante. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo eterno; él guiñó el ojo y yo sentí un cosquilleo entre las piernas, como si su mirada me hubiera desnudado ahí mismo frente a miles.

El concierto terminó en un clímax de aplausos y gritos. Salí empapada, el corazón latiéndome a mil, pensando en irme a la casa a masturbarme imaginándolo. Pero entonces, en la salida de artistas, un carnal de la producción me jaló del brazo. "Órale, güey, Carlos Valerio quiere platicar contigo. Te vio desde el escenario". No lo creí, pero ahí estaba él, recargado en la pared del pasillo oscuro, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que prometía problemas chidos.

Acto de introducción al deseo. Nos sentamos en un bar improvisado backstage, rodeados de roadies y groupies, pero él solo tenía ojos para mí. "Neta, chava, tienes una vibra que me prendió desde el escenario", me dijo Carlos Valerio, su voz ronca por los gritos de la noche. Hablamos de música, de cómo El Tri había cambiado mi vida con sus letras crudas sobre el amor y la calle. Su mano rozó la mía al pasarme la cerveza, y sentí la calidez áspera de su piel, callos de tanto rasguear.

Este pendejo me va a volver loca
, pensé, mientras el olor de su colonia mezclada con sudor me invadía las fosas nasales.

La plática fluyó como tequila añejo. Me contó anécdotas de giras, de noches locas en Guadalajara y Monterrey, pero sus ojos bajaban a mis chichis cada rato, y yo no era tonta: crucé las piernas para que notara mi falda corta. "Ven, vamos a un lugar más tranquilo", me propuso, y yo asentí, el pulso acelerado, la concha ya húmeda de anticipación. Salimos en su camioneta negra, el motor rugiendo por Insurgentes, la ciudad nocturna pasando como un borrón de neones y tacos al pastor.

Llegamos a su depa en Polanco, un lugar chido con posters de El Tri y guitarras por todos lados. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. "Te quiero desde que te vi brincando", murmuró, sus labios rozando mi oreja. Yo gemí bajito, mis manos explorando su espalda musculosa bajo la playera. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando cerveza y sal de sudor. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, y yo arqueé la espalda, sintiendo sus dedos ásperos cerca de mi tanga empapada.

Escalada de la tensión. En el sofá de cuero, me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel expuesta. El aire olía a incienso y a nuestro arousal creciente. "Qué rica estás, Ana", gruñó, chupando mis pezones duros como piedras. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante.

¡Madre santa, qué pedazo de carne!
La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso latiendo contra mi palma. Él jadeaba, sus caderas moviéndose instintivamente. Nos frotamos mutuamente, yo montada en sus piernas, mi concha resbalando sobre su tronco, lubricada por mis jugos. "Despacio, carnal, no quiero acabar ya", le pedí, y él rio, esa risa grave que me erizaba la piel.

La habitación se llenó de nuestros gemidos, el sonido húmedo de piel contra piel. Me lamió el cuello, mordisqueando suave, mientras sus dedos encontraban mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hacían ver estrellas. Yo le mamé la verga, saboreando su precum salado, la lengua bailando en la cabeza sensible. Él se retorcía, agarrándome el pelo con ternura. "Eres una diosa, güey", susurró. El deseo crecía como una ola, mis pechos rebotando mientras lo montaba de rodillas, pero nos detuvimos, prolongando la agonía deliciosa. Hablamos sucios, mexicanismos volando: "Métemela ya, pendejo, pero hazme rogar". Él obedeció, juguetón, negándome el clímax hasta que supliqué.

Nos movimos al cuarto, la cama king size nos esperando. Me tumbó boca arriba, abriendo mis piernas con reverencia. Su lengua exploró mi panocha, lamiendo pliegues jugosos, chupando mi botón con maestría. Olía a sexo puro, a mujer excitada, y él lo devoraba como si fuera su última cena. Grité su nombre, "¡Carlos Valerio!", mis uñas clavándose en sus hombros. Él subió, posicionando su verga en mi entrada, mirándome a los ojos. "¿Estás lista, mi reina?" Asentí, empoderada, guiándolo dentro de mí.

El clímax y el afterglow. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Nos movimos en sincronía, él embistiendo profundo, yo clavando talones en su culo firme. El sudor nos unía, resbaloso, el slap-slap de cuerpos chocando como batería de rock. Sus bolas golpeaban mi perineo, mi clítoris rozando su pubis.

Esto es el paraíso, neta
, pensé en medio del éxtasis. Aceleramos, sus gruñidos roncos mezclándose con mis chillidos agudos. "Me vengo, Ana, ¡ahí te voy!", rugió, y yo exploté primero, mi concha contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes bañando mis paredes, nuestro orgasmo compartido como un solo de guitarra eterno.

Quedamos jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besé su frente sudada, oliendo su cabello. "Gracias por esta noche, Carlos Valerio El Tri", le dije, riendo bajito. Él levantó la vista, ojos brillantes. "Esto no acaba aquí, chava. Mañana hay soundcheck, ¿vienes?" Asentí, sintiendo una conexión más allá del sexo, algo profundo como las letras de la banda.

Nos quedamos dormidos así, cuerpos calientes entrelazados, el eco del concierto aún vibrando en el aire. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, supe que había encontrado no solo una noche de pasión rockera, sino un fuego que podía durar. Me fui con las piernas temblorosas, el sabor de él en la boca, lista para más aventuras con mi guitarrista favorito.

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