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El Trio Ardiente con Mi Esposa y Mi Comadre

6941 palabras

El Trio Ardiente con Mi Esposa y Mi Comadre

Era una noche de esas que se quedan grabadas en la memoria, como un tatuaje en la piel. Vivíamos en un departamento chido en la colonia Roma de la CDMX, con vistas a las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas coquetas. Mi esposa, Lupita, y yo llevábamos casados cinco años, y nuestra vida sexual era como un buen mole: picante, profunda y siempre con un toque de sorpresa. Pero esa noche, todo cambió cuando llegó mi comadre Rosa, la mejor amiga de Lupita desde la prepa, esa morra que siempre andaba con una sonrisa pícara y un cuerpo que hacía voltear cabezas.

Estábamos celebrando el cumpleaños de Lupita con unas chelas frías y un poco de tequila reposado que nos había regalado un carnal del trabajo. Rosa se presentó con un vestido rojo ajustado que le marcaba las curvas como si fuera una segunda piel, el escote dejando ver justo lo suficiente para que mi mente volara. Órale, wey, ¿qué pedo con esta visión? pensé mientras la abrazaba, sintiendo su perfume dulce, una mezcla de vainilla y jazmín que me invadió las fosas nasales. Lupita, con su falda negra corta y blusa escotada, reía a carcajadas, sirviendo shots en vasos de cristal tallado.

La plática fluyó como el tequila: de chismes del barrio, de los pendejos del jefe, hasta que el tema se puso jugoso. Rosa confesó que andaba soltera hace meses y que extrañaba "acción de verdad". Lupita, con esa chispa en los ojos que conozco tan bien, le dijo: "

Pos vente pa'cá, comadre, que mi viejo es un semental. ¿No que querías un trío con mi esposo y yo? ¡Ja! Neta que lo has dicho mil veces.
" Yo casi me atraganto con el trago, pero el calor que me subió por el pecho no era solo del alcohol. Miré a Lupita, y ella me guiñó el ojo, como diciendo esto va en serio, carnal.

La tensión se armó de a poco. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, las luces tenues del departamento pintando sombras suaves en sus rostros. Rosa se recargó en mi hombro, su mano rozando mi muslo accidentalmente –o no tan accidental–. Sentí el calor de su piel a través del pantalón, un roce eléctrico que me puso la verga en alerta. Lupita se acercó por el otro lado, besándome el cuello con labios húmedos, su aliento cálido oliendo a tequila y menta. ¿Esto está pasando de veras? Un trío con mi esposa y mi comadre... pinche sueño húmedo hecho realidad, me dije, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

El beso empezó inocente: Lupita tomó la cara de Rosa y le plantó un morreo suave, lenguas danzando como en una salsa candente. Yo las veía, hipnotizado, el sonido de sus labios chupándose y jadeos suaves llenando el aire. El aroma de sus excitaciones se mezclaba con el perfume, un olor almizclado y dulce que me endureció más. Me uní, besando a Lupita mientras mi mano bajaba por la espalda de Rosa, sintiendo la seda de su vestido y la firmeza de sus nalgas. Ella gimió bajito, "Ay, compadre, qué manos tan sabrosas", y eso fue la chispa.

Nos movimos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La alfombra persa bajo mis pies descalzos era suave, contrastando con la urgencia de nuestros cuerpos. Lupita se quitó la blusa, sus tetas grandes y firmes saltando libres, pezones oscuros ya duros como piedras de obsidiana. Rosa la imitó, su piel morena brillando bajo la luz de la lámpara de lava, un piercing en el ombligo que me llamó como imán. Yo me desvestí rápido, mi verga parada como bandera, venosa y lista para la acción.

En la cama king size con sábanas de algodón egipcio, el escalamiento fue puro fuego lento. Empecé lamiendo el cuello de Lupita, saboreando el salado de su sudor mezclado con su loción de coco. Rosa se unió, chupándome los huevos mientras Lupita me montaba la cara, su coño mojado goteando en mi boca. Sabe a miel caliente, neta, con ese toque ácido que me vuelve loco. Los gemidos de ellas eran sinfonía: Lupita ahogando gritos en la almohada, Rosa gruñendo "¡Más profundo, cabrón!" mientras yo metía dos dedos en su chatita empapada, sintiendo las paredes contraerse como olas.

La tensión psicológica era lo mejor: miradas cargadas de deseo, celos juguetones disueltos en placer compartido. Lupita susurró en mi oído: "

Mi amor, fóllate a mi comadre como me follas a mí, hazla gritar.
" Cambiamos posiciones; puse a Rosa en cuatro, su culo redondo alzado como ofrenda. Entré despacio, centímetro a centímetro, el calor de su interior envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Lupita se masturbaba viéndonos, pellizcándose las tetas, el sonido de su respiración agitada como viento en el desierto. Empujé fuerte, el plaf plaf de piel contra piel resonando, sudor chorreando por mi espalda, oliendo a macho en celo.

Rosa volteó, ojos vidriosos: "¡Sí, así, compadre! Eres un pinche animal". Lupita se acercó, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y el clítoris de Rosa. El olfato se llenó de sexo puro: jugos, sudor, un toque de mi precum salado. Mi mente era un torbellino: Esto es el paraíso, wey. Mi esposa y mi comadre, entregadas, mías. La intensidad subió; las puse a las dos de rodillas, mamándome alternadamente. Sus bocas calientes, lenguas expertas girando, gargantas profundas tragándome hasta la base. El sonido de arcadas suaves y slurps me llevó al borde.

El clímax se armó en cadena. Primero Rosa, temblando mientras yo la penetraba y Lupita le comía el ano, un grito ronco escapando: "¡Me vengo, cabrones!". Su coño se apretó como prensa, ordeñándome. Luego Lupita, frotándose contra mi muslo, chorros calientes mojando las sábanas. Yo no aguanté más; saqué la verga y eyaculé en sus tetas, chorros blancos gruesos pintando su piel, el olor alcalino mezclándose con todo. Caímos exhaustos, cuerpos enredados, pulsos latiendo al unísono.

El afterglow fue puro terciopelo. Acaricié el cabello de Lupita, húmedo de sudor, mientras Rosa se acurrucaba en mi pecho, su respiración calmándose como brisa de mar. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. "

Neta que fue el mejor trío con mi esposa y mi comadre
", murmuré, y ellas rieron bajito, besándome las mejillas. Lupita dijo: "Y no será el último, mi rey. Esto nos unió más, ¿no, comadre?" Rosa asintió, ojos brillantes: "Son la pareja perfecta, pinches calientes."

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, tiñendo todo de dorado. No hubo arrepentimientos, solo una conexión más profunda, como raíces de ahuehuete entrelazadas. Desde esa noche, nuestra vida se volvió más picante, con guiños y promesas de más aventuras. Pinche vida chida, pensé, abrazándolas fuerte, sabiendo que el deseo nunca se apaga en este trío nuestro.

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