Ritmo Salvaje del Baterista de El Tri
El Palacio de los Deportes retumbaba con el poder de El Tri esa noche en la CDMX. La multitud gritaba como loca, el aire cargado de humo de cigarro y sudor fresco, ese olor a fiesta que te eriza la piel. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, estaba en primera fila, pegada a la reja, con mi blusa negra ajustada y jeans que me marcaban el culo perfecto. Neta, no soy groupie de nadie, pero El Tri siempre me ha puesto la piel chinita con sus rolas rebeldes.
Y ahí estaba él, el baterista de El Tri, Sergio, aporreando los tambores como si quisiera romper el mundo. Sus brazos tatuados brillaban bajo las luces estroboscópicas, el sudor le chorreaba por el pecho desnudo, delineando cada músculo. Cada golpe de baquetas era un trueno que me vibraba hasta el clítoris, haciendo que mis chichis se endurecieran bajo la tela.
¿Por qué carajos me moja tanto ver a un vato tocar la batería así? Es como si estuviera follando el escenario, pensé mientras lo devoraba con la mirada. Nuestros ojos se cruzaron durante su solo: él sonrió picoso, yo le guiñé, y el pinche corazón se me aceleró como motor de Harley.
Al final del concierto, cuando la banda se despidió con "Abuso de Autoridad", Sergio me señaló directo con la baqueta. El carnal de al lado, que resultó ser su roadie, me jaló por la reja y me metió al backstage. Chin! Ahí estaba, secándose el torso con una toalla, oliendo a hombre puro: mezcla de colonia barata, cigarro y ese aroma almizclado que te hace babear.
—Órale, morra, ¿vienes a pedirme autógrafo o qué? —dijo con esa voz ronca de fumador empedernido, pero con ojos que me desnudaban en segundos.
—Neta, carnal, tu solo me dejó mojadita. ¿Me das clases privadas? —le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Reímos, y de ahí fluyó la chela fría en vasos de plástico. Hablamos de rolas, de la vida loca en el rock, de cómo la batería le vibra el alma. Su mano rozó mi muslo "sin querer", y sentí el calor subir por mi entrepierna. Ya valió, esta noche me lo cojo, me juré internamente.
Salimos del venue en su camioneta pick-up tuneada, rumbo a su depa en Polanco, nada de tugurios, un lugar chido con vista al skyline. En el camino, su mano en mi rodilla subía despacito, y yo le acariciaba el paquete por encima del jeans. —Pendejito, vas a ver cómo te hago gritar más que en el escenario —le susurré al oído, oliendo su cuello salado.
Al llegar, la puerta apenas se cerró y nos devoramos. Sus labios gruesos me chuparon la boca con hambre, lengua invadiendo como un riff salvaje. Lo empujé contra la pared, le arranqué la playera, lamiendo sus pezones duros mientras mis uñas le rasguñaban la espalda. Él me alzó como pluma, piernas en su cintura, y me estrelló contra el sofá de piel. ¡Ay, cabrón! Sentí su verga tiesa presionando mi panocha a través de la ropa, palpitando como un tambor de guerra.
—Desnúdate, pinche diosa —gruñó, quitándome el brasier con dientes. Mis tetas saltaron libres, y él las mamó con furia, succionando los pezones hasta que gemí como loca. El cuarto olía a sexo inminente, a nuestra piel caliente mezclándose. Le bajé el zipper, saqué esa verga gruesa, venosa, ya goteando precum.
Neta, es enorme, como baqueta XXL. Me la voy a tragar entera.
Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando ese gusto salado y masculino. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo: —¡Chíngame la boca, morra! —Y lo hice, chupando con hambre, garganta profunda mientras mis manos le masajeaban los huevos pesados. Sus gemidos roncos eran música, como coros de El Tri en esteroides.
Me levantó, me quitó el jeans y las calacas de un jalón. Mi coño depiladito brillaba mojado, y él se hincó para olerlo, inhalar mi aroma dulce y cachondo. —Hueles a miel caliente, Ana —murmuró antes de enterrar la lengua. ¡Joder! Lamía mi clítoris en círculos rápidos, metiendo dos dedos gruesos que me follaban adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Mis caderas bailaban solas, jugos chorreando por sus barbas. Grité su nombre, Sergio, el baterista de El Tri, mientras el orgasmo me sacudía como terremoto, piernas temblando, vista nublada.
Pero no paró. Me volteó boca abajo en el sofá, culo en pompa, y sentí su verga rozando mi raja. —Dime que la quieres, pinche nena —exigió, palmeándome la nalga suave.
—¡Métemela ya, pendejo! Fóllame como tocas la batería —rogué, arqueando la espalda. Entró despacio al principio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. ¡Qué rico! Lleno hasta el fondo, su pubis chocando mis nalgas con palmadas húmedas. Empezó a bombear, lento y profundo, cada embestida un redoble que me hacía jadear. El sudor nos unía, piel resbalosa, olor a sexo puro impregnando el aire.
Aceleró, agarrándome las caderas con fuerza, sus huevos golpeando mi clítoris. —¡Eres tan apretada, carajo! —gruñía, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas rebotando, uñas en su pecho. Lo montaba duro, sintiendo su verga pulsar adentro, rozando mi G-spot. Sus manos amasaban mi culo, un dedo metiéndose por mi ano para más placer.
Este vato sabe cogerme como nadie, neta que el ritmo del baterista de El Tri es letal.
Lo volteé a misionero, piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Nuestros ojos se clavaron: sudor goteando de su frente a mi boca, yo lamiéndolo salado. Besos sucios, lenguas batallando mientras él me taladraba sin piedad. —¡Me vengo, Sergio! —chillé, paredes vaginales apretándolo como puño.
—¡Yo también, morra! ¿Adentro? —preguntó jadeante, siempre respetuoso.
—¡Sí, lléname, cabrón! —Y explotó, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando encima del mío. Gemimos juntos, orgasmos sincronizados como el mejor solo de batería.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mis tetas, respirando pesado. Acaricié su pelo revuelto, sintiendo el corazón latiéndole contra mi piel. —Neta, Ana, eres fuego puro. Mañana hay soundcheck, ¿vienes? —murmuró somnoliento.
—Chido, pero solo si prometes otro ritmo privado —le contesté, besando su frente. En la penumbra, con la ciudad brillando afuera, pensé en lo chingón que fue todo: de fan en el mosh pit a su cama, puro deseo mutuo. No era amor, pero esa noche, el baterista de El Tri tocó mi cuerpo como sinfonía inolvidable. Y yo, lista para el encore.