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El Irresistible Trío de Rubias

7241 palabras

El Irresistible Trío de Rubias

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el chile habanero que me acababa de echar en la boca. El aire salado del mar se mezclaba con el olor a coco de los tragos y el sudor dulce de la gente bailando en la arena. Yo, un wey de treinta tacos que andaba de vacaciones solo, no podía quitar los ojos de ellas. Tres rubias despampanantes, con el pelo largo y ondulado brillando bajo las luces de neón de la fiesta playera. Ana, la más alta, con curvas que parecían talladas por los dioses; Bea, la pecosa con labios carnosos que invitaban a pecar; y Carla, la chiquita pero con un culo que no mentía. Un trío de rubias de infarto, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar en los shorts.

Estaban bailando pegaditas, moviendo las caderas al ritmo de un reggaetón que retumbaba en los parlantes. Sus bikinis diminutos dejaban poco a la imaginación: piel bronceada por el sol mexicano, tetas firmes rebotando con cada paso, y risas que sonaban como música para mis oídos. Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad.

"Órale, güey, ¿vienes a bailar o nomás a mirar?"
me soltó Ana, con esa voz ronca que me erizó la piel. Sus ojos verdes me escanearon de arriba abajo, y sentí el calor subiendo por mi cuello.

En un rato ya estábamos los cuatro en el círculo, sudando juntos. Bea me rozó el brazo con sus dedos suaves, oliendo a vainilla y sal marina. Carla se pegó por detrás, su aliento cálido en mi oreja:

"Eres lindo, carnal. ¿Quieres venir con nosotras a la suite? Estamos solas y con ganas de fiesta."
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. ¿Esto es en serio? Un trío de rubias queriendo a este pendejo, me dije, pero el deseo ya me tenía atrapado. Asentí, y nos fuimos caminando por la playa, sus manos entrelazadas con la mía, el sonido de las olas rompiendo como un presagio de lo que vendría.

La suite en el hotel era un paraíso: terraza con vista al mar Caribe, cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Entramos riendo, quitándonos la arena de los pies. Ana puso música suave, un playlist de baladas rancheras con toques electrónicos que ponía el ambiente romántico y cachondo. Siento sus miradas devorándome, pensé, mientras me quitaba la playera y dejaba ver mi torso trabajado en el gym de la CDMX.

Bea fue la primera en acercarse, sus tetas rozando mi pecho desnudo.

"Te ves riquísimo, wey."
Sus labios se pegaron a los míos, suaves como mango maduro, con sabor a piña colada. La besé profundo, mi lengua explorando su boca húmeda, mientras sus manos bajaban por mi espalda, arañándome leve con las uñas pintadas de rojo. Carla se unió por el lado, besando mi cuello, su lengua trazando círculos calientes que me hicieron gemir bajito. Olía a coco y a algo más primitivo, el aroma de su excitación empezando a filtrarse en el aire.

Ana observaba con una sonrisa pícara, tocándose los pezones endurecidos bajo el bikini.

"No seas menso, quítanos esto."
Obedecí como un perrito ansioso. Desaté el nudo de Bea, y sus tetas perfectas saltaron libres, rosadas y firmes. Las chupé una por una, sintiendo su peso en mi boca, el sabor salado de su piel mezclado con sudor. Ella jadeaba,
"¡Ay, cabrón, qué rico!"
, arqueando la espalda. Carla se desnudó sola, revelando un pubis depilado con un piercing que brillaba. Me arrodillé y lamí su coño ya mojado, dulce como tamarindo fresco, su clítoris hinchado pulsando contra mi lengua. Sus gemidos eran música, agudos y desesperados.

El calor subía, el cuarto se llenaba del olor a sexo: almizcle femenino, mi sudor masculino, el leve perfume de sus cremas. Mi verga estaba dura como piedra, latiendo contra los boxers. Ana me jaló del pelo y me puso de pie.

"Ahora nos toca a nosotras."
Las tres se arrodillaron frente a mí, un trío de rubias mirándome con ojos hambrientos. Bea la sacó primero, lamiendo la cabeza con la lengua plana, saboreando el pre-semen salado. Carla chupaba las bolas, succionando suave, mientras Ana la tragaba entera hasta la garganta, gimiendo vibraciones que me volvieron loco. Esto es el cielo, neta, pensé, mis caderas moviéndose solas, follando sus bocas calientes y húmedas.

Pero querían más. Me tumbaron en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Ana se montó en mi cara, su coño chorreando encima de mi boca. Lo devoré, metiendo la lengua profundo, sintiendo sus paredes contraerse, su jugo espeso corriendo por mi barbilla.

"¡Come me bien, pendejo!"
gritaba, moliendo contra mí. Bea se empaló en mi verga, lenta al principio, su interior apretado y caliente envolviéndome como guante de terciopelo. Siento cada vena pulsando dentro de ella, el slap slap de su culo contra mis muslos resonando. Carla se masturbaba al lado, metiéndose dos dedos, sus pechos rebotando, hasta que se unió besando a Bea, sus lenguas enredadas sobre mi pecho.

La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, follando a Carla por detrás mientras ella lamía a Ana. Su culo redondo se abría para mí, resbaloso de saliva y jugos. Entré despacio, sintiendo el calor apretado, sus paredes masajeándome.

"¡Más duro, wey, rómpeme!"
pedía, empujando contra mí. Bea debajo, chupando mis bolas y el clítoris de Carla, un enredo de cuerpos sudados, gemidos y pieles chocando. El olor era intenso: sexo puro, sudor, el leve rastro de arena marina. Mis manos amasaban tetas, pellizcaban pezones, mientras mi mente gritaba no pares, esto es eterno.

El clímax se acercaba. Ana se corrió primero, temblando sobre la boca de Carla, gritando

"¡Me vengo, chingao!"
, su squirt mojando las sábanas. Bea aceleró, su coño apretándome como puño, ordeñándome. Carla se retorcía, múltiples orgasmos sacudiéndola. No aguanté más: saqué la verga y las tres abrieron la boca, lenguas fuera. Eyaculé chorros calientes sobre sus caras, tetas, mezclándose con su sudor y jugos. Exploto como volcán Popocatépetl, el placer cegador, pulsos interminables.

Caímos exhaustos en la cama, un montón de carne temblorosa y sonriente. El aire acondicionado zumbaba suave, enfriando nuestras pieles enrojecidas. Ana me besó la frente,

"Eres un animal, carnal. El mejor trío de rubias que has tenido, ¿verdad?"
Reí, oliendo a ellas en mi piel. Bea se acurrucó en mi brazo, su pelo rubio tickleándome la nariz con olor a shampoo de playa. Carla trazaba círculos en mi pecho,
"Vuelve mañana, ¿eh? No hemos terminado."

Me quedé ahí, escuchando sus respiraciones calmándose, el mar susurrando afuera. Esto no fue un sueño, fue México en su máxima expresión: pasión sin frenos, cuerpos libres, placer compartido. El sol empezaría a salir pronto, tiñendo el cielo de rosa, pero por ahora, en los brazos de ese trío de rubias, todo era perfecto. Neta, la vida sabe a gloria cuando menos te lo esperas.

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