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Trio con Esposa Borracha Pasión Desenfrenada

6549 palabras

Trio con Esposa Borracha Pasión Desenfrenada

La fiesta en nuestra casa estaba en su punto máximo esa noche de sábado. El aire olía a tacos al pastor recién hechos, mezclado con el aroma fuerte del tequila reposado que corríamos como agua. Mi esposa, Ana, la reina de la noche, reía a carcajadas con ese vestido rojo ceñido que le marcaba cada curva de su cuerpo prieto. Llevábamos casados cinco años, pero verla así, peda como quinceañera, me ponía la verga dura de solo imaginarla.

Yo, Paco, el carnal de siempre, observaba desde la cocina mientras servía otra ronda. Carlos, mi compa de la uni, estaba a su lado, contándole chistes pendejos que la hacían doblarse de la risa. Ana tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes por el alcohol, y cada vez que se inclinaba, su escote dejaba ver el borde de sus chichis perfectas. Neta, la veía tan viva, tan cachonda en su ebriedad, que algo se removía en mí. ¿Y si...?

¿Será que esta noche pasa algo chingón? Ana siempre ha sido abierta, pero un trio con esposa borracha como ella... carajo, solo de pensarlo me late el corazón a mil.

La música de banda sonaba fuerte, con trompetas que retumbaban en el pecho. La gente bailaba en el patio, pero poco a poco se fueron yendo. Quedamos solo nosotros tres, sentados en el sofá de la sala, con botellas vacías rodando por el piso. Ana se recargó en mi hombro, su aliento cálido con sabor a limón y sal rozando mi cuello.

—Paco, mi amor, estoy bien agustada —me dijo, su mano subiendo por mi muslo sin disimulo—. Carlos es un wey chido, ¿verdad? Nos ha hecho reír toda la noche.

Carlos sonrió, algo nervioso, pero sus ojos la devoraban. Yo sentí un cosquilleo en la entrepierna. El ambiente se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Ella se giró hacia él, juguetona, y le plantó un beso en la mejilla que duró un segundo de más.

Órale, Ana, no me hagas esto —rió Carlos, pero su voz salió ronca.

Mi pulso se aceleró. La miré fijo. —¿Quieres que se quede un rato más, mi reina?

Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, ese gesto que me volvía loco. —Sí, pendejo. ¿Por qué no? Estamos solos, pedos y contentos.

Acto uno cerrado. La tensión inicial era palpable, como el calor que subía por mi espina dorsal.

Nos movimos al cuarto sin decir mucho. Ana caminaba tambaleante pero decidida, su culo meneándose con cada paso. Encendí la luz tenue del buró, que pintaba todo de dorado suave. Olía a su perfume de vainilla mezclado con sudor fresco. Se quitó los zapatos y se tiró en la cama king size, invitándonos con los ojos.

—Vengan, cabrones. No muerden —dijo riendo, abriendo los brazos.

Me acerqué primero, besándola profundo. Su boca sabía a tequila dulce, su lengua danzando con la mía, húmeda y ansiosa. Carlos se quedó parado un segundo, pero yo le guiñé el ojo. Es consensual, compa. Todo chido. Se acercó, sentándose al otro lado. Ana giró la cabeza y lo besó a él, un gemido suave escapando de su garganta.

Ver a mi esposa borracha besando a mi amigo... joder, era como fuego líquido en mis venas. Su piel ardía bajo mis manos, suave como seda.

Le bajé el vestido por los hombros, exponiendo sus chichis firmes, pezones duros como piedritas. Los lamí despacio, sintiendo su sabor salado, mientras Carlos le masajeaba las piernas. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido vibrando en el cuarto silencioso salvo por nuestras respiraciones agitadas.

Qué rico, Paco... Carlos, tócame ahí —susurró, guiando su mano entre sus muslos.

El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación. Le quité la tanga empapada, revelando su panocha rosada y brillante. Carlos se desabrochó el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa. Ana la miró con hambre, lamiéndose los labios.

La escalada era gradual. Primero, yo la penetré lento, sintiendo sus paredes calientes apretándome, resbalosas de jugos. Ella jadeaba, "más duro, mi amor", mientras chupaba a Carlos, su boca envolviéndolo con slurps húmedos que me volvían loco. El colchón crujía rítmicamente, sudor perlando nuestras pieles. Tocábamos todo: mis dedos en su clítoris hinchado, Carlos pellizcando sus pezones, ella arañándonos la espalda.

Cambié posiciones. Ana encima de mí, cabalgándome con furia, sus caderas girando como en un baile de reggaetón. Carlos se puso detrás, untando lubricante —siempre preparados— y la entró por el culo despacio. Ella gritó de placer, "¡Sí, carajo! Los dos, fóllanme fuerte". El cuarto apestaba a sexo crudo, a semen y deseo. Sus gemidos se mezclaban con los míos, pulsos latiendo al unísono.

En mi mente, todo giraba: su calor doble, el slap slap de carne contra carne, el olor embriagador. Trio con esposa borracha, pero ella mandaba, empoderada en su ebriedad feliz.

La intensidad subía como volcán. Ana temblaba, sus uñas clavadas en mi pecho, orgasmos en cadena sacudiéndola. "Me vengo, me vengo", chillaba, su coño contrayéndose alrededor de mi verga. Carlos gruñó primero, llenándola por atrás con chorros calientes que sentía resbalar. Yo exploté segundos después, bombeando profundo, el placer cegador como flash.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. Ana en el medio, besándonos alternadamente, su piel pegajosa y tibia contra la mía.

Chingón, ¿verdad? —dijo ella, voz ronca, ojos soñolientos pero satisfechos—. Los amo, pendejos.

Carlos se vistió riendo, prometiendo discreción. —Gracias, compadres. Neta inolvidable.

Lo despedimos en la puerta, Ana envuelta en mi bata, aún oliendo a nosotros. De vuelta en la cama, la abracé fuerte. El cuarto guardaba ecos de la locura: sábanas revueltas, aroma persistente de pasión.

Esta noche cambió todo un poco. Mi esposa borracha nos llevó a un paraíso consensual. No arrepentimientos, solo ganas de más.

Se durmió en mis brazos, su pecho subiendo y bajando tranquilo. Yo sonreí en la oscuridad, el corazón lleno. Mañana, con café y huevos rancheros, hablaríamos. Pero por ahora, el afterglow era perfecto, un calorcito que me invadía el alma.

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