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El Trio con Cornudo que Enciende la Pasión

7828 palabras

El Trio con Cornudo que Enciende la Pasión

Me llamo Alejandro, y desde que mi carnala Sofía y yo nos casamos hace cinco años, nuestra vida en este depa chido de Polanco ha sido una pinche aventura. Ella, con su piel morena que brilla bajo el sol de la CDMX, curvas que me vuelven loco y unos ojos negros que te tragan entero, siempre ha sido la reina de la casa. Yo, un tipo normalón de treinta y tantos, ingeniero en una empresa de tech, pero en la cama, neta, siempre busco esa chispa extra. Una noche, mientras cenábamos tacos de suadero en la terraza, con el olor a cebolla caramelizada flotando en el aire, Sofía me soltó la bomba.

—Oye, Ale, ¿y si probamos algo nuevo? Un trio con cornudo, tú viendo cómo me cojo a otro wey. ¿Te late?

Mi corazón dio un brinco, la verga se me paró al instante bajo el pantalón. El calor de la noche mexicana nos envolvía, el tráfico lejano de Reforma zumbaba como un fondo erótico. Al principio pensé que era un chiste, pero sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara, y su mano se deslizó por mi muslo, apretando con esa fuerza que me hace gemir. "Neta, Sofi, ¿estás hablando en serio?", le pregunté, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Ella asintió, lamiéndose los labios como si ya saboreara lo que vendría. Esa idea nos rondaba hace meses, susurros en la oscuridad después de follar como animales, pero nunca la habíamos aterrizado.

Los días siguientes fueron de pura tensión deliciosa. Sofía empezó a coquetear con Marco, un cuate del gym, alto, musculoso, con tatuajes que le cubrían los brazos y una sonrisa de cabrón que prometía problemas. Lo invité a unas chelas en casa un viernes, el aire cargado de anticipación. Cuando llegó, con su colonia fuerte mezclándose con el aroma de las papas fritas y el tequila reposado, sentí un cosquilleo en el estómago. Sofía se veía de infarto: falda corta que apenas tapaba su culazo redondo, blusa escotada dejando ver el encaje negro de su brasier. "¡Qué onda, Marco! Pásale, wey", le dije, tratando de sonar relajado mientras mi polla ya latía.

Empezamos con tragos, risas, música de Natanael Cano retumbando bajito. Sofía se sentó entre nosotros en el sofá de piel, su muslo rozando el mío, luego el de él. Sentí el calor de su piel a través de la tela, olía a su perfume de vainilla y algo más, calentura pura. Marco la miró con hambre, y ella le devolvió la mirada, mordiéndose el labio. Mi mente era un torbellino: celos punzantes mezclados con una excitación brutal. ¿De veras voy a dejar que este pendejo le meta mano a mi vieja?, pensé, pero mi verga dura como piedra me delataba.

—Ale, ¿verdad que Marco es bien chulo? —dijo Sofía, su voz ronca, mientras ponía la mano en el paquete de él por encima del jeans.

Tragué saliva, el sabor salado del tequila en la lengua. "Sí, mija, neta que sí", respondí, voz temblorosa. Marco sonrió, confiado, y sin pedir permiso, jaló a Sofía a su regazo. Ella soltó un gemidito que me erizó la piel, sus nalgas frotándose contra la bultaca evidente en sus pantalones. Yo me quedé ahí, viendo, el corazón martilleándome el pecho. El olor a excitación empezó a llenar la sala: su sudor mezclado con el jugo de ella filtrándose.

La cosa escaló rápido. Sofía se volteó y besó a Marco con lengua, un beso húmedo y sonoro que chupaba el aire de mis pulmones. Sus manos le desabotonaron la camisa, revelando pectorales duros y velludos. Yo me toqué por encima del pantalón, sintiendo el calor irradiar.

Esto es un trio con cornudo de los buenos, cabrón, disfrútalo
, me dije, la voz interna ronca de deseo. Sofía me miró de reojo, ojos brillando: "¿Te gusta, mi amor?" Asentí, mudo, mientras ella bajaba la cremallera de Marco y sacaba una verga gruesa, venosa, más grande que la mía. El glande brillaba con precum, olor almizclado invadiendo todo.

Se puso de rodillas entre sus piernas, el piso de madera crujiendo bajo su peso. Lamio la punta despacio, saboreándola como un helado derretido, gimiendo con deleite. "¡Qué rica pinga, Marco!", exclamó, y él gruñó, enredando dedos en su cabello negro. Yo me desabroché, sacando mi verga palpitante, masturbándome lento, el tacto de mi propia piel ardiente. Cada chupada de ella era un latigazo en mis huevos: el sonido chapoteante, saliva goteando, sus labios estirados alrededor del tronco grueso. Sudor perló su frente, corría por su escote, haciendo la piel reluciente.

Marco la levantó como si no pesara nada, la sentó en el sofá y le arrancó la falda. Su panocha depilada chorreaba, labios hinchados y rosados brillando bajo la luz tenue. "Ven, cornudo, mira cómo se la voy a partir", dijo Marco, voz grave, y yo me acerqué, arrodillándome al lado. Olía a marisca fresca, a ella, mi Sofía cachonda. Él frotó la verga contra su clítoris, ella jadeó, uñas clavándose en sus hombros. "¡Métela, wey, ya!", suplicó. Empujó de un golpe, y Sofía gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes. Sus tetas rebotaban con cada estocada, pezones duros como piedras.

Yo lamí su cuello salado, besé sus labios mientras él la follaba duro, el sofá chirriando rítmicamente. Sentía las embestidas a través de su cuerpo tembloroso, su concha tragándose esa pinga enorme con sonidos jugosos. Puta madre, qué caliente, pensé, mi mano volando en mi verga. Sofía giró la cabeza: "Ale, mi cornudito, ¿te excita verme así de puta?" "Sí, reina, me tienes loco", gemí, lamiendo sus tetas sudorosas, sabor salado y dulce.

Nos movimos a la recámara, el colchón king size esperando. Sofía se montó en Marco en vaquera, cabalgándolo como una diosa azteca, caderas girando, culo aplastándose contra sus muslos. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, mezclado con sus alaridos: "¡Más duro, cabrón!". Yo me puse detrás, lamiéndole el ano mientras él la taladraba, lengua saboreando su sudor y jugos que chorreaban. Marco gruñó: "Tu vieja es una máquina, wey". Extendí la mano, toqué donde se unían, sintiendo la verga entrar y salir, resbalosa y caliente.

La tensión crecía como un volcán, mis bolas apretadas, su concha contrayéndose alrededor de él. Sofía se corrió primero, un grito gutural, cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando las sábanas. "¡Me vengo, pinches cabrones!", aulló, uñas rasgando la espalda de Marco. Él la volteó en misionero, piernas de ella sobre sus hombros, bombardeándola profundo. Yo me masturbé furioso, viendo su panocha roja e hinchada devorarlo. "¡Córrete adentro, llénala!", le ordené, voz quebrada. Marco rugió, embistiendo salvaje, y explotó, semen brotando mientras salía, blanco y espeso cubriendo su vientre.

Me subí encima, Sofía aún jadeante, y metí mi verga en su coño rebosante de corrida ajena. Deslizaba como seda caliente, el semen lubricando cada centímetro. "¡Fóllame, cornudo mío!", me rogó, besándome con lengua famélica. La follé con todo, sintiendo el desastre húmedo, olores intensos de sexo impregnando el cuarto. Me vine como nunca, chorros potentes mezclándose con el de Marco, ella gimiendo mi nombre mientras nos corríamos juntos.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El ventilador zumbaba, aire fresco besando nuestra piel ardiente. Sofía acurrucada entre nosotros, mano en mi pecho, la de Marco en su cadera. "Fue chido, ¿verdad, mis amores?", murmuró, voz satisfecha. Asentí, besando su frente, el corazón latiendo sereno ahora. Marco se vistió, nos dio un choque, prometiendo repetir. Cuando se fue, Sofía y yo nos miramos, riendo bajito. Ese trio con cornudo no rompió nada; al contrario, nos unió más, una llama eterna en nuestra cama mexicana.

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