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I Will Try To Fix You Traductor

7602 palabras

I Will Try To Fix You Traductor

Estaba sentada en la terraza de un café en Polanco, con el sol de la tarde CDMX calentándome la piel, cuando llegó él. Javier, el traductor que mi jefa me había recomendado para la junta con los gringos. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y un jean que le quedaba como pintado. Olía a una colonia fresca, como a cítricos y madera, que me hizo inhalar profundo sin darme cuenta. Qué chingón está este pendejo, pensé, mientras me ponía de pie para saludarlo.

—Hola, soy Javier. Tú debes ser Ana, ¿verdad? Listo para traducir lo que sea, dijo con una sonrisa que le iluminaba los ojos cafés oscuros, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por quién sabe qué trabajos manuales antes de ser traductor freelance, y al tocarla sentí un cosquilleo que me subió por el brazo. Nos sentamos, y mientras platicábamos de la junta, su voz grave y segura me envolvía como una caricia. Reía con mis chistes tontos, y cada vez que se inclinaba, su aroma me golpeaba de nuevo.

La reunión en el hotel fue un éxito. Yo hablando en español fluido con los ejecutivos, él traduciendo al inglés sin fallar una coma, su presencia a mi lado como un escudo. Al terminar, cuando todos se despidieron con apretones y promesas de negocios, me miró y dijo:

—Lo hicimos bien, ¿no? ¿Café para celebrar, o qué?

Asentí, el corazón latiéndome más rápido de lo normal. Fuimos a un rincón del lobby, con vistas a la Fuente de Diana brillando bajo las luces. Pedí un cappuccino espumoso, él un americano negro. Ahí empezó lo bueno. Entre sorbos, le conté un poco de mi desmadre reciente: mi ex, ese cabrón que me había dejado hecha mierda emocional, con promesas rotas y noches de llanto en la almohada.

¿Por qué le estoy contando esto a un extraño? me pregunté, pero su mirada era tan atenta, tan presente, que las palabras salían solas. Él escuchaba, asintiendo, y de pronto, en un inglés perfecto con acento mexicano sexy, murmuró:

I will try to fix you, traductor.

Lo dijo bajito, como un secreto, mirándome fijo. Sentí un calor subirme por el cuello. ¿Era una canción? ¿Coldplay? ¿O solo palabras para mí? Reí nerviosa, pero él se acercó más, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El roce fue eléctrico, como si su piel hablara directo a la mía.

Ven, vamos a tu hotel. Te invito un mezcal de los buenos para arreglar ese corazoncito roto, propuso, y no pude decir que no. Subimos en el elevador, solos, el aire cargado de tensión. Su mano rozó mi espalda baja al salir, guiándome al pasillo. Mi habitación era amplia, con sábanas blancas crujientes y vista a la ciudad iluminada. Saqué el mezcal que tenía guardado, de un bar en Oaxaca, ahumado y fuerte.

Nos sentamos en la cama, porque ¿por qué no? El primer trago quema la garganta, pero el segundo ya sabe a promesas. Hablamos horas: de sus viajes traduciendo en ferias y congresos, de mis sueños de ascenso en la empresa, de cómo la vida en México te rompe y te arma al mismo tiempo. Su risa era ronca, vibrante, y cada vez que se movía, su muslo presionaba contra el mío. Olía a mezcal mezclado con su colonia, un perfume embriagador que me mareaba más que el alcohol.

Entonces, el momento. Me miró, serio de pronto, y repitió en mi oído, su aliento caliente contra mi piel:

I will try to fix you... traductor.

Sus labios rozaron mi cuello, suaves al principio, probando. Gemí bajito, un sonido que no reconocí como mío. Esto es lo que necesito, pensé, mientras mis manos subían por su pecho, sintiendo los músculos firmes bajo la camisa. Desabotoné lento, botón por botón, revelando piel morena, un pecho con vello suave que olía a hombre puro. Él me quitó la blusa con urgencia contenida, sus dedos trazando mi espalda, enviando chispas por mi espina.

Caímos sobre la cama, besos hambrientos. Su boca sabía a mezcal y deseo, lengua explorando la mía con maestría de quien sabe traducir susurros en placer. Manos por todos lados: las suyas amasando mis senos, pulgares rozando pezones que se endurecían al instante, enviando ondas de calor a mi entrepierna. Yo arañaba su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos, el sudor empezando a perlar su piel. Qué rico se siente esto, carajo.

Me bajó los pantalones, besando mi vientre, mi ombligo, bajando hasta los calzones de encaje negro. Su aliento caliente sobre mi monte de Venus me hizo arquear la cadera. Por favor, no pares. Lamida suave sobre la tela, húmeda ya por mi excitación. Olía a mí, a mujer lista, almizcle dulce que lo volvía loco. Me los quitó de un jalón, y su lengua encontró mi clítoris, chupando suave, luego fuerte, círculos perfectos que me hacían jadear. Mis manos en su pelo, tirando, gemidos altos que rebotaban en las paredes.

Estás tan mojada, mamacita. Te voy a arreglar todita, gruñó contra mi piel, voz ronca de lujuria. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. Bombeaba lento, luego rápido, su boca sin dejar mi botón. Sentía el pulso acelerado en mi coño, el calor subiendo, tensión coiling como un resorte. Voy a venirme, Javier, no pares.

El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, cuerpo temblando, grito ahogado en la almohada. Él no paró, lamiendo hasta que bajé, sensible y jadeante. Lo jalé arriba, besándolo, probándome en su lengua. Le bajé el jean, su verga saltó libre, dura, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma. Él gimió, profundo, animal.

Chúpamela, Ana. Traduce mi placer, pidió, y obedecí. Boca alrededor, lengua girando la cabeza, succionando profundo hasta la garganta. Sabía salado, masculino, embriagador. Él empujaba suave, follándome la boca con cuidado, manos en mi pelo guiando. Gemía mi nombre, Ana, qué chido, voz quebrada.

No aguantó más. Me volteó boca arriba, piernas abiertas, su cuerpo cubriéndome. Frotó su verga contra mi raja húmeda, lubricándonos mutuo. Entra ya, pendejo, supliqué en silencio. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, perfecto. Empezó a moverse, embestidas profundas, pelvis chocando con un plaf plaf húmedo. Sudor goteando de su frente a mi pecho, mezclándose. Besos desordenados, mordidas en hombros, uñas en su culo urgiéndolo más rápido.

El ritmo subió, cama crujiendo, nuestros jadeos sincronizados. Sentía su verga hinchándose dentro, mi coño apretándolo como puño. Me vengo otra vez. Él gruñó:

Córrete conmigo, nena. Te estoy arreglando.

Explosión compartida, él vaciándome profundo, chorros calientes que me llenaban, mi orgasmo ordeñándolo todo. Colapsamos, enredados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. Su peso sobre mí era perfecto, protector.

Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho, escuchando mi pulso calmarse, susurró de nuevo:

I will try to fix you, traductor.

Reí suave, acariciando su pelo revuelto. El aire olía a sexo, a nosotros, a reparación. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, algo se había soldado. No era amor, aún no, pero era chido, era comienzo. Me dormí con su brazo alrededor, sabiendo que mañana pediría más traducciones, más arreglos.

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