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Trio con Mi Esposa Caseros

6772 palabras

Trio con Mi Esposa Caseros

Era una noche calurosa en nuestra casita de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Juan, estaba recargado en el sofá con una chela fría en la mano, viendo cómo mi esposa, Lupita, se movía por la cocina con ese shortcito que le marcaba todo el culazo redondo. Neta, Lupita es una chulada: piel morena, tetas firmes que se menean con cada paso, y unos labios carnosos que me vuelven loco. Llevábamos diez años casados, pero la chispa seguía ahí, más viva que nunca.

De repente, sonó el timbre. Era Carlos, mi carnal de toda la vida, el wey con el que he compartido todo desde la prepa. Alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que hace que las morras se mojen. Traía unas birrias para compartir, como siempre. "¡Qué onda, pinches cabrones! ¿Ya listos pa'l desmadre?", gritó mientras entraba, dándonos un abrazo fuerte. Lupita lo miró de reojo, con esa sonrisita que conozco bien: la de cuando algo le prende el fuego por dentro.

Nos sentamos a platicar, las chelas volando y la risa retumbando en la sala. Hablamos de todo, hasta que salió el tema de las fantasías. Yo siempre le he dicho a Lupita que me calienta verla con otro wey, pero nunca lo habíamos hecho.

¿Y si hoy le damos vuelo a la idea? Un trio con mi esposa caseros, aquí mismo, sin complicaciones. Neta, se me para nomás de pensarlo.
Carlos, con los ojos brillantes, soltó: "Órale, Lupita, ¿tú qué dices? Juan siempre me dice que eres la mejor cogedora del barrio". Ella se sonrojó, pero no se achicó. "Pos si es en confianza, ¿por qué no? Pero nomás si me tratan como reina, ¿eh, pendejos?".

El aire se cargó de golpe. Lupita se paró, se quitó la blusa despacito, dejando ver sus chichis perfectas bajo el bra negro de encaje. El olor de su perfume mezclado con su sudor natural me golpeó como un chorro caliente. Carlos y yo nos miramos, la verga ya endureciéndose en los pantalones. Ella se acercó a mí primero, sentándose en mis piernas, rozándome con su panocha caliente a través de la tela. "Te quiero mucho, amor", me susurró al oído, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. Le comí la boca, lengua contra lengua, saboreando su saliva dulce mientras Carlos nos veía, masturbándose por encima del pantalón.

La llevamos al cuarto, el colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. Las luces tenues de la lámpara pintaban sombras en su piel sudorosa. Lupita se arrodilló entre nosotros, desabrochándonos los cinturones con manos temblorosas de anticipación. Chin, qué vista: mi esposa, la mera mera, con dos vergas duras frente a su cara. Sacó la mía primero, grande y venosa, y se la metió a la boca hasta la garganta, chupando con ese ruido jugoso que me hace gemir. "¡Qué rico, Lupita! Así, mámamela toda", le dije, agarrándole el pelo suave.

Carlos no se quedó atrás. Ella giró la cabeza y le mamó la suya, más gruesa, lamiendo las bolas peludas mientras yo le metía los dedos en la panocha empapada. Estaba re chingona de mojada, el jugo chorreando por sus muslos morenos, oliendo a sexo puro, ese aroma almizclado que inunda el cuarto. "¡Ay, wey, tu esposa es una diosa!", gruñó Carlos, sus caderas empujando contra su boca. Lupita gemía alrededor de su verga, vibraciones que nos volvían locos a los dos.

La tensión crecía como un volcán. La acostamos boca arriba, yo besándole las tetas, mordisqueando los pezones duros como piedras, saboreando el salado de su piel. Carlos le separó las piernas, admirando su panocha rosada y abierta. "Mírala, Juan, toda lista pa' nosotros". Le metió la lengua, lamiendo despacio, chupando el clítoris hinchado. Lupita arqueó la espalda, gritando: "¡Sí, Carlos, así! ¡No pares, cabrón!". Yo la besaba, tragándome sus jadeos, mientras le pellizcaba las nalgas firmes.

Esto es lo que soñaba: ver a mi Lupita entregarse, gozando como nunca. Su cara de placer, los ojos entrecerrados, el sudor perlando su frente... Me siento el rey del mundo.

La volteamos a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo sus rodillas. Yo me puse atrás primero, embistiéndola de un jalón. Su panocha me apretó como guante caliente, resbalosa y ardiente. "¡Chíngame duro, amor!", rogó ella, empujando contra mí. El plaf plaf de mis huevos contra su clítoris llenaba el cuarto, mezclado con sus alaridos. Carlos se arrodilló enfrente, metiéndole la verga en la boca para que no gritara tanto. La veía tragar, babeando por las comisuras, mientras yo la taladraba sin piedad.

Cambiamos turnos. Carlos la cogió ahora, sus manos grandes amasándole el culo mientras la penetraba profundo. "¡Qué apretadita, Lupita! Neta, eres una pinche máquina". Ella se retorcía, el placer pintado en su rostro, el olor de nuestras mezclas subiendo como niebla. Yo le ofrecí mis bolas para que las lamiera, y ella lo hizo con gusto, su lengua áspera enviando chispas por mi espina.

La intensidad subía. La pusimos en el centro, yo debajo de ella, follándola en reversa cowgirl. Sus nalgas rebotaban contra mi pubis, el sudor chorreando por su espalda hasta mezclarse con mis bolas. Carlos se acercó por delante, frotando su verga contra su clítoris mientras ella montaba la mía. "¡Ahora los dos!", suplicó Lupita, los ojos vidriosos de lujuria. Probamos el doble: Carlos se lubricó con su propio saliva y me la metió por el culo despacito. Ella chilló de placer, el cuerpo temblando entre nosotros dos. Sentí su calor a través de la delgada pared, su panocha contrayéndose alrededor de mi verga mientras Carlos la abría por atrás.

"¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!", gritó Lupita, su orgasmo explotando como fuego. Nos apretó tan fuerte que no aguantamos. Carlos gruñó primero, llenándole el culo de leche caliente, el exceso chorreando por sus muslos. Yo seguí, descargando chorros espesos dentro de su panocha, el placer cegándome, pulsos interminables. Ella se derrumbó sobre mí, jadeando, el corazón latiéndole como tambor contra mi pecho.

Nos quedamos así un rato, enredados en sábanas húmedas, el aire pesado con olor a semen, sudor y satisfacción. Carlos se levantó por agua, dándonos besos en la frente. "Pinches locos, esto fue épico". Lupita me miró, con una sonrisa perezosa: "Gracias, mi amor. Fue el mejor trio con mi esposa caseros que pude imaginar".

Nada cambió entre nosotros, solo se hizo más fuerte. Ese wey es mi carnal, y mi Lupita, mi reina eterna. Mañana, quién sabe, pero hoy, puro gozo.

Nos dormimos abrazados, el ventilador zumbando suave, con el eco de gemidos en el aire y el sabor de la noche en la piel.

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