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El Soñador de El Tri en Mi Cuerpo

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El Soñador de El Tri en Mi Cuerpo

La noche en el Palacio de los Deportes estaba que ardía. El Tri tronaba en el escenario con A Dónde Vamos, y el público rugía como fieras. Yo, parada en la zona general, sudaba la gota gorda, el aire cargado de humo de cigarro, cerveza derramada y ese olor a cuero viejo de las chamarras rockeras. Mi corazón latía al ritmo de la batería de Chepo, y mis pechos se apretaban contra la blusa mojada, pegada a la piel por el calor humano. Llevaba meses esperando este concierto, soñando con esa energía cruda que solo Alex Lora y su banda despiertan en una.

Ahí lo vi, entre la multitud. Un tipo alto, moreno, con el pelo largo revuelto y una playera raída de El Tri que le marcaba los músculos del pecho. Cantaba a todo pulmón, ojos cerrados, perdido en la música. Parecía sacado de un sueño, el soñador de El Tri, como si en su cabeza tocara la guitarra con ellos. Nuestras miradas se cruzaron cuando sonó Triste Canción, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el destino me guiñara el ojo. Me acerqué bailando, rozando su brazo sin querer –o queriendo– y él sonrió, esa sonrisa pícara de rockero callejero.

¡Qué chido verte aquí, morra! —gritó por encima del ruido, su voz ronca como gravel mezclado con tequila.

Le contesté con una risa, el sudor perlando mi cuello, bajando hasta el valle entre mis senos. Hablamos a gritos entre canciones, él se presentó como Raúl, pero dijo que todos lo llamaban El Soñador porque desde morrillo fantaseaba con subirse al escenario de El Tri. Yo me llamaba Ana, una oficinista de día que de noche se soltaba el pelo con rock mexicano. La química fluyó como el mezcal: roces casuales, miradas que quemaban, su mano en mi cintura cuando la gente nos empujaba. Al final del concierto, con Abuso de Autoridad retumbando, me jaló hacia la salida.

¿Vamos por unas chelas? Hay un antro cerca que pone puro Tri, propuso, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a cerveza y hombre.

Asentí, el pulso acelerado. Caminamos por las calles del DF iluminadas por neones, el eco de la música aún en los oídos. En el antro, oscuro y lleno de humo, pedimos coronitas heladas que nos refrescaban la garganta seca. Nos sentamos en una esquina, piernas tocándose, y la plática se volvió íntima. Me contó de sus sueños locos de ser músico, cómo El Tri le había salvado la vida en momentos cabrones. Yo le hablé de mi rutina agobiante, de cómo necesitaba esa adrenalina para sentirme viva. Su rodilla rozaba la mía, subiendo despacio, y sentí mi panocha humedecerse, un calor traicionero entre las piernas.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este wey me acaba de conocer y ya me traigo entre ojos. Pero se siente tan bien, tan real después de tanta pinche rutina.

La tensión creció con cada trago. Su mano llegó a mi muslo, apretando suave, y yo no la quité. Al contrario, me incliné y lo besé. Sus labios eran firmes, ásperos por la barba incipiente, sabían a sal y limón. La lengua se enredó con la mía, explorando, mientras sus dedos subían por mi falda, rozando el encaje de mis calzones. Gemí bajito contra su boca, el ruido del antro ahogando mi jadeo. Estás rica, Ana, güey, murmuró, su voz vibrando en mi piel.

Salimos tambaleándonos, riendo como pendejos, directo a su depa en la Narvarte. El taxi olía a perfume barato y asientos de vinilo caliente. En el camino, no paramos de tocarnos: yo le manoseaba la verga dura por encima del jeans, sintiendo su grosor palpitar; él metía dedos bajo mi blusa, pellizcando mis pezones erectos hasta que me arqueé contra el asiento. Llegamos y subimos las escaleras a tropezones, besándonos contra la pared, el corazón tronando como batería de rock.

Adentro, su cuarto era un desmadre chido: posters de El Tri por todos lados, una guitarra eléctrica en la esquina, ropa tirada oliendo a sudor y colonia barata. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche que entraba por la ventana. Sus ojos se clavaron en ellas, hambrientos, y bajó la boca, chupando un pezón mientras masajeaba el otro. ¡Ay, cabrón! Sentí descargas eléctricas hasta el clítoris, mis caderas moviéndose solas contra su pierna. Olía a su piel salada, a deseo puro, y yo lamí su cuello, mordisqueando suave.

Quítate todo, el soñador de El Tri quiere verte desnuda, le ordené juguetona, usando su apodo para provocarlo.

Se desvistió rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue de una lámpara. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo. Me arrodillé sin pensarlo, tomándola en la mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía mi nombre, enredando los dedos en mi pelo. —Así, morrita, trágatela toda. La chupé profundo, garganta relajada, el sonido húmedo llenando el cuarto mezclado con su respiración agitada.

Me levantó como pluma, tirándome a la cama deshecha que crujió bajo mi peso. Sus manos expertas me despojaron de la falda y calzones, exponiendo mi coño depilado, ya chorreando. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, el aliento caliente anticipando el placer. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité, arqueándome. Lamía despacio al principio, círculos suaves, luego succionaba fuerte, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. El olor de mi excitación flotaba pesado, almizclado, y yo me retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el sudor pegándonos.

Esto es lo que necesitaba, un pinche huracán de placer que me haga olvidar todo. Raúl, el soñador, me está volviendo loca.

La intensidad subió cuando me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga rozar mi entrada, resbalosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rica sensación, cabrón! Tan llena, tan estirada. Empezó a bombear, lento primero, cada embestida sacando sonidos obscenos de mi panocha. Agarró mis caderas, acelerando, piel contra piel cacheteando, sus bolas golpeando mi clítoris. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, gritando groserías: ¡Dame verga, soñador, rómpeme!

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando furiosa, sintiendo su polla tocar lo más hondo. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a mi pecho. El clímax se acercaba como un solo de guitarra épico: mis paredes se contrajeron, oleadas de placer explotando desde el vientre, gritando su nombre mientras temblaba. Él gruñó profundo, hinchándose dentro, corriéndose caliente, llenándome de chorros espesos que desbordaban.

Caímos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa y tibia. Olía a sexo satisfecho, a nosotros. Besó mi hombro, murmurando qué chingón estuvo, Ana. Yo sonreí en la oscuridad, el eco de El Tri aún en mi cabeza.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso lento, prometiendo más sueños rockeros. Salí a la calle con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos. El soñador de El Tri había despertado algo en mí que no se apagaría fácil. La vida, güey, a veces toca su propia rola perfecta.

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