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Ajedrez Tridimensional de Placeres

7303 palabras

Ajedrez Tridimensional de Placeres

Tú estás sentada en la terraza de un departamento chido en la Condesa, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones lejanos. El aire huele a jazmín de los maceteros y a un toque de tequila reposado que Marco acaba de servir en vasos de cristal. Tus piernas cruzadas bajo la mesa de madera oscura, sientes el roce suave de tu falda de algodón contra la piel, y el calor de la noche mexicana que se pega como una promesa. Frente a ti, el tablero de ajedrez tridimensional, una torre de tres niveles reluciente bajo la luz ámbar de las velas, con piezas de mármol negro y blanco que parecen talladas para pecar.

Marco, tu carnal desde hace dos años, te guiña el ojo con esa sonrisa pícara que te hace cosquillas en el estómago. Alto, moreno, con esa barba recortada que raspaba divino contra tus muslos la última vez. A su lado, Luis, el cuate de la uni que siempre ha estado ahí, con ojos verdes que te recorren como si ya supiera todos tus secretos. ¿Por qué neta invité a Luis esta noche? piensas, mientras mueves tu peón del nivel inferior, el clic del mármol contra la base resonando como un susurro inicial de deseo. El juego es complicado, capas sobre capas, movimientos que afectan tres planos a la vez. Como la vida, como el sexo cuando se pone intenso.

—Órale, reina, ¿vas a mover o nomás a mirarnos? —te provoca Marco, su voz grave vibrando en el aire cargado de humedad. Luis ríe bajito, un sonido ronco que te eriza la nuca. Bebes un sorbo de tequila, el líquido quema dulce en tu lengua, avellana y canela, despertando sabores dormidos en tu boca. El deseo ya late, un pulso bajo en tu vientre, porque sabes que este ajedrez tridimensional no es solo un juego de estrategia. Es el preludio.

La primera hora pasa en tensión deliciosa. Cada movimiento es un desafío: tú avanzas tu caballo en el nivel medio, bloqueando a Luis; él contraataca con su alfil desde arriba, su rodilla rozando la tuya bajo la mesa por "accidente". Sientes el calor de su piel a través del denim, un toque eléctrico que sube por tu muslo. Marco pierde una torre y maldice en voz baja, pendejo, pero su mirada en ti es pura hambre. El sudor perla en tu escote, el olor salado mezclándose con tu perfume de vainilla, y el viento nocturno trae ecos de salsa de un bar cercano, ritmos que te hacen mover las caderas en la silla.

Esto es como un baile en tres dimensiones, pienso. Mente, cuerpo, almas enredándose. ¿Cuánto más aguantamos antes de saltar?

Acto dos del juego, y propones la apuesta: por cada pieza perdida, un beso. Consensual, claro, con esa chispa en los ojos de ambos que grita . Luis pierde primero su reina del nivel superior. Te levantas, el corazón tronando como tambores aztecas, y te acercas a él. Tus labios rozan los suyos, suaves al principio, luego profundos, lengua explorando con sabor a tequila y menta. Sus manos en tu cintura, firmes pero tiernas, te aprietan lo justo para que sientas su erección contra tu vientre. Marco observa, su respiración pesada, palmeándose el paquete disimuladamente.

El tablero se desmorona en caos erótico. Tú capturas la torre de Marco en el plano bajo; él te jala a su regazo, boca devorando tu cuello, dientes mordisqueando la piel sensible mientras sus dedos se cuelan bajo tu blusa, pellizcando pezones que se endurecen como balas. ¡Qué chingón se siente esto! gimes internamente, el roce áspero de su barba enviando ondas de placer hasta tu clítoris hinchado. Luis no se queda atrás: mueve mal su rey y pierde turno, así que tú lo besas de nuevo, esta vez sentada entre los dos, manos de ambos explorando tus curvas. Sientes sus pollas duras presionando tus muslos, el calor palpitante, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el tuyo, ese jugo dulce que ya moja tus panties de encaje.

La mesa vibra con los movimientos, piezas cayendo con clics irregulares como latidos acelerados. Desnudan tu blusa despacio, lenguas lamiendo tus tetas, succionando pezones con chupetones que duelen rico. Tus manos bajan, desabrochando cinturones, liberando vergas gruesas y venosas: la de Marco recta y larga, la de Luis curvada, perfecta para golpear ese punto. Las acaricias, piel sedosa sobre acero, venas latiendo bajo tus palmas, pre-semen salado en tu lengua cuando las pruebas, chupando turnos, gargantas profundas que los hacen gemir cabrón, qué rico.

El ajedrez tridimensional olvidado en el suelo, el juego ahora es carne contra carne. Te llevan adentro, a la cama king size con sábanas de satén fresco contra tu piel ardiente. Marco te come el coño primero, lengua experta girando en tu clítoris, dedos curvados follándote mientras Luis te besa, sus bolas pesadas en tu mano. Saboreas tu propia esencia en su boca, agria y dulce, olores intensos de sexo llenando la habitación: sudor, fluidos, testosterona. Tus caderas se arquean, no pares, wey, gritando en silencio mientras el orgasmo primerizo te sacude, paredes vaginales contrayéndose, squirtando jugo en la cara de Marco.

Escalada brutal: te ponen a cuatro patas, Marco embiste tu panocha desde atrás, polla estirándote deliciosamente, bolas chocando contra tu clítoris con palmadas húmedas. Luis en tu boca, follándote la garganta suave, manos enredadas en tu pelo. Intercambian, Luis en tu coño ahora, curvatura golpeando G-spot sin piedad, Marco en tu culo después de lubricante abundante y dedos preparándote. Doble penetración en tres dimensiones, piensas extasiada, llena en ambos hoyos, estirada al límite pero en éxtasis puro. Gemidos roncos, pieles chocando con sonidos obscenos, sudores mezclándose en ríos salados que lames de sus pechos.

La tensión crece como tormenta: rotan posiciones, tú cabalgando a Luis mientras chupas a Marco, luego viceversa, orgasmos múltiples rompiéndote en olas. Sientes cada vena, cada pulso, olores embriagadores de semen próximo, sabores de pollas y coños en tu boca.

Esto es el jaque mate perfecto, neta a toda madre.
Gritas sueltos, ¡métenla más duro, pendejos!, riendo entre jadeos, empoderada en el centro de su adoración.

Clímax final: los tres enredados, tú entre ellos, Marco en tu panocha, Luis en tu culo, moviéndose sincronizados como maestros del tablero. El roce de sus cuerpos contra el tuyo, pezones frotando espaldas, manos por todas partes. El orgasmo los golpea juntos: chorros calientes llenándote, semen goteando por muslos temblorosos, tu propio clímax explotando en estrellas, visión borrosa, cuerpo convulsionando en éxtasis infinito. Gritos ahogados, ¡ay, cabrón!, risas exhaustas.

Afterglow suave: recostados en sábanas empapadas, olores persistentes de sexo y amor. Te acarician perezosos, besos tiernos en frente y hombros. El tequila olvidado sabe a victoria en tus labios. El ajedrez tridimensional nos cambió el juego para siempre, piensas, sonriendo en la penumbra, con el corazón pleno y el cuerpo saciado. Mañana, quizás otra partida. Por ahora, duermes entre sus brazos, el pulso de la ciudad arrullándote como un amante más.

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