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Bronquiolitis Triada Caliente

5496 palabras

Bronquiolitis Triada Caliente

En el corazón de la Ciudad de México, donde el aire vibra con el bullicio de los taxis y el aroma a tacos al pastor flotando en las esquinas, conocí a Karla. Era una noche de esas que empiezan con una chela fría en un bar de la Condesa, luces neón parpadeando sobre mesas pegajosas y risas ahogadas en humo de cigarro. Yo, Marco, un chamaco de treinta tacos que trabaja en una agencia de publicidad, andaba ahí tratando de olvidar el estrés del pinche jale. Ella entró como un huracán, con su falda ajustada que marcaba curvas de infarto y una blusa escotada que dejaba ver el valle perfecto entre sus chichis. Sus ojos, oscuros como el mole poblano, se clavaron en los míos desde la barra.

¿Qué chingados hace una morra así sola por aquí? pensé, mientras mi pulso se aceleraba como si hubiera corrido la maratón. Me acerqué, con esa sonrisa pendeja que siempre me saca de apuros. "Órale, ¿vienes a curar el alma o nomás a verte rica?" le solté, y ella soltó una carcajada que sonó como música de mariachi en fiesta.

"Vengo por las dos, güey. Soy Karla, doctora en pulmones, pero hoy quiero olvidar bronquiolitis y triadas clínicas. ¿Tú?" Su voz era ronca, como si el humo del bar ya la hubiera envuelto. Hablamos de todo y nada: del tráfico cabrón de Insurgentes, de cómo el tequila quema mejor que cualquier remedio, y poco a poco, el roce de su rodilla contra la mía bajo la mesa empezó a encender chispas. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como jazmín en calor. Su piel, cuando accidentalmente toqué su mano, era suave como tamal de elote.

La tensión crecía con cada trago. Sus dedos jugaban con el borde de su vaso, y yo imaginaba esos mismos dedos en mi espalda.

"Esta noche no quiero pensar en pacientes con bronquiolitis triada, Marco. Quiero sentirme viva, ¿me ayudas?"
murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo, enviando escalofríos directos a mi verga que ya se ponía dura como fierro.

Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como pendejos, y terminamos en mi depa en Polanco, no muy lejos. El elevador era un horno, y apenas cerraron las puertas, sus labios chocaron contra los míos. Beso hambriento, lenguas enredándose como serpientes en el Jardín de las Serpientes. Sus manos bajaron por mi pecho, desabotonando mi camisa con urgencia, mientras yo apretaba sus nalgas firmes, sintiendo el calor que emanaba de entre sus piernas.

Entramos al depa, la puerta se cerró con un bang que retumbó en mis oídos. La tiré sobre la cama king size, con sábanas frescas que contrastaban con el fuego de su cuerpo. Me quité la ropa a la chingada, y ella se desvistió despacio, provocándome. Sus tetas perfectas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana, invitándome. Olía a sudor dulce mezclado con su perfume, y el sabor de su cuello cuando lo lamí era salado, adictivo.

Pinche diosa, esta morra me va a matar de placer, pensé mientras bajaba besos por su vientre plano, deteniéndome en su ombligo para juguetear con la lengua. Ella gemía bajito, "Ay, Marco, no pares, cabrón", sus caderas arqueándose hacia mí. Llegué a su coño, ya mojado como río en temporada de lluvias. El olor almizclado me volvió loco, y lo probé: sabor a miel caliente, labios hinchados pidiendo más. Mi lengua danzaba en su clítoris, chupando suave al principio, luego con hambre, mientras sus manos me enterraban en su pelo.

La tensión subía como el volcán Popocatépetl. Ella se corrió primero, gritando "¡Chingao, sí!" con la voz quebrada, su cuerpo temblando, jugos inundando mi boca. Pero no paré; quería más. La volteé boca abajo, admirando su culo redondo, y me puse un condón rápido. Entré despacio, sintiendo cómo su calor me envolvía centímetro a centímetro, apretándome como guante de terciopelo. "¡Más duro, pendejo!" exigió, y obedecí, embistiéndola con ritmo de cumbia brava.

El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y mis gruñidos. Sudor goteaba de mi frente al hueco de su espalda, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus paredes internas se contraían, ordeñándome, y yo sentía el orgasmo construyéndose en mis huevos, una presión deliciosa. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en charrería, tetas rebotando hipnóticas. Agarré sus caderas, guiándola, mientras ella clavaba uñas en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían placenteramente.

En el clímax, nos miramos a los ojos.

"Bronquiolitis triada forgotten, amor. Solo tú y yo"
, susurró ella, y explotamos juntos. Mi leche llenó el condón en chorros calientes, su coño pulsando en oleadas. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco.

Después, en el afterglow, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de la ciudad parpadear como estrellas caídas. Su cabeza en mi hombro, olor a sexo aún flotando en el aire. "Eres un chingón, Marco. Mañana vuelvo al hospital con pacientes de bronquiolitis triada, pero esta noche fue mía." La besé suave, saboreando el remanente de tequila en sus labios.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, prometiendo más noches de pasión en esta jungla urbana. Ella se fue con un beso y un "nos vemos, carnal", dejando mi cama oliendo a ella, mi corazón latiendo fuerte, listo para la próxima aventura.

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