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El Elizabeth Marquez Trio Ardiente

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El Elizabeth Marquez Trio Ardiente

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Alejandro, acababa de entrar al bar La Luna Roja, un lugar chido donde la gente guapa se mezcla con copas de tequila reposado y ritmos de cumbia rebajada. Ahí la vi por primera vez: Elizabeth Marquez, con su cabello negro azabache cayendo en ondas salvajes sobre los hombros, un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo moreno y prieto. Sus ojos cafés, profundos como pozos de chocolate derretido, me clavaron en el sitio cuando nuestras miradas se cruzaron.

¿Quién es esa morra? Neta, parece salida de un sueño húmedo.
Pensé mientras me acercaba a la barra, el olor a jazmín de su perfume invadiendo mis fosas nasales antes de que dijera hola. Ella sonrió, mostrando dientes perfectos, y me tendió la mano. "Soy Elizabeth Marquez, ¿y tú, guapo?" Su voz era ronca, como miel caliente derramándose sobre terciopelo.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Me contó que era diseñadora de modas, que amaba la vida nocturna de la CDMX y que esa noche buscaba aventura. De repente, se acercó su amiga Carla, una chava de piel canela, con labios carnosos y un escote que dejaba poco a la imaginación. ¡Órale, esto se pone interesante! Las dos se miraron con complicidad, y Elizabeth susurró algo al oído de Carla que la hizo reír con picardía. "¿Te late unirte a nosotras esta noche, Alejandro? Queremos armar algo especial... un Elizabeth Marquez trio que no olvidarás."

Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en los oídos como tambores de un fandango. Acepté, claro, ¿quién rechazaría eso? Salimos del bar, el viento fresco de la noche rozando nuestras pieles sudadas. Subimos a un Uber hacia el depa de Elizabeth en Lomas de Chapultepec, un penthouse con vistas al skyline iluminado. El trayecto fue un preludio: manos rozándose en el asiento trasero, risas ahogadas y miradas que prometían fuego.

Al llegar, Elizabeth abrió la puerta con una llave que tintineó como campanas de bodas pecaminosas. El lugar olía a vainilla y sándalo, luces tenues bailando en las paredes blancas. Nos sirvió mezcales en copas heladas, el líquido ahumado quemando la garganta con un beso ardiente. "Salud por el Elizabeth Marquez trio más chingón de la noche", brindó ella, chocando su copa contra las nuestras. Carla se acercó por detrás, sus tetas suaves presionando mi espalda mientras besaba mi cuello, su aliento cálido oliendo a menta y deseo.

Esto no puede ser real. Dos diosas mexicanas queriendo devorarme. Mi verga ya está dura como piedra.
Me senté en el sofá de piel suave, Elizabeth a mi izquierda, Carla a la derecha. Sus manos exploraron mi pecho, desabotonando mi camisa con dedos juguetones. Sentí el roce de sus uñas pintadas de rojo contra mi piel, un cosquilleo que me erizó los vellos. Elizabeth me besó primero, sus labios carnosos saboreando a mezcal y fruta madura, la lengua danzando en mi boca como una serpiente tentadora.

Carla no se quedó atrás. Bajó por mi torso, lamiendo mi ombligo mientras Elizabeth me mordisqueaba el lóbulo de la oreja. ¡Qué rico, wey! El calor de sus bocas, el sudor perlando sus frentes... Desabroché el vestido de Elizabeth, revelando senos firmes, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los chupé con hambre, oyendo sus gemidos roncos: "¡Ay, sí, carnal, así! Muerde más fuerte." Carla se quitó la blusa, sus curvas rebotando libres, y se unió, lamiendo el otro pezón mientras sus manos bajaban a mi pantalón.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Me quitaron el pantalón de un jalón, mi erección saltando libre, palpitante y venosa. Elizabeth la tomó en su mano suave, masturbándome lento, el roce de su palma cálida enviando descargas eléctricas por mi espina. "Mira qué rica verga tienes, Alejandro. Carla, ¿no es chula?" Carla asintió, ojos brillantes de lujuria, y se arrodilló. Su boca caliente la envolvió, chupando con maestría, la saliva goteando mientras su lengua giraba alrededor del glande. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el tráfico lejano de Reforma.

Pero Elizabeth quería más. Se levantó, quitándose el vestido por completo, quedando en tanga negra que apenas cubría su coño depilado. Me empujó al sofá y se sentó a horcajadas, frotando su humedad contra mi polla. Su calor, su olor almizclado a mujer en celo... Neta, voy a explotar. Carla se subió al sofá, abriendo las piernas sobre mi rostro. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su néctar salado y dulce, mientras ella gemía "¡Lame más, pendejo caliente! ¡Qué buena lengua!"

Elizabeth se hundió en mí, su coño apretado tragándome centímetro a centímetro. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas pulsando como un corazón acelerado. Cabalgó lento al principio, sus caderas girando en círculos hipnóticos, tetas rebotando al ritmo. Sudor corría por su vientre plano, goteando en mi pecho. Carla se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su propia humedad, hasta que Elizabeth la jaló para un beso lésbico ardiente, lenguas entrelazadas sobre mi cara.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: yo de rodillas en la alfombra mullida, Elizabeth de espaldas con el culo en pompa, perfecto y redondo. La penetré fuerte, el choque de carne contra carne resonando como palmadas en una fiesta. "¡Dame duro, cabrón! ¡Rompe mi panocha!" gritó ella, empujando hacia atrás. Carla debajo de ella, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mis bolas empapadas. El triple placer era abrumador: el apretón de Elizabeth, la succión de Carla, mis manos amasando nalgas suaves y firmes.

Esto es el paraíso. El Elizabeth Marquez trio en su máxima expresión, cuerpos entrelazados en éxtasis puro.
Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Elizabeth se corrió primero, su coño convulsionando, chorros calientes empapando mis muslos. "¡Me vengo, wey! ¡Ay, Dios!" Carla siguió, frotándose contra la pierna de Elizabeth, gritando en falsete. No aguanté más: embestí profundo y exploté dentro de Elizabeth, semen caliente llenándola mientras rugía como león.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, mezcal y perfume revuelto. Elizabeth me besó la frente, Carla acurrucada en mi otro lado. "Eso fue épico, carnales. El mejor Elizabeth Marquez trio de mi vida." Reímos bajito, pieles pegajosas enfriándose bajo el ventilador zumbante.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando de nuevo en toques juguetones. Secos y envueltos en toallas suaves, compartimos un porro de mota suave –nada heavy, solo para relajar– y hablamos de todo y nada. Elizabeth confesó que siempre soñó con algo así, empoderada en su sexualidad, sin ataduras. Carla, su mejor amiga desde la uni, agregó que la química entre los tres fue mágica, como un ritual prehispánico de placer.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa sobre el Castillo de Chapultepec, nos despedimos con promesas de repetición. Salí del depa con piernas flojas, el sabor de ellas en mi boca, el eco de gemidos en mis oídos. Elizabeth Marquez y su trio... un recuerdo que me arderá en las venas para siempre. Caminé por las calles frescas, sonriendo como pendejo enamorado del placer.

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