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Mis Fantasías Sexuales de Tríos

7904 palabras

Mis Fantasías Sexuales de Tríos

La brisa salada de Puerto Vallarta entraba por la ventana abierta del bungalow, trayendo consigo el rumor constante de las olas rompiendo en la playa. Tú, Ana, estabas recostada en la hamaca de la terraza, con un bikini rojo que apenas contenía tus curvas, sintiendo cómo el sol caliente besaba tu piel morena. Marco, tu novio desde hace dos años, salía de la cocina con tres chelas heladas en la mano, su torso desnudo brillando con sudor, esos músculos que tanto te volvían loca. Órale, qué chido está este pinche paraíso, pensaste, mientras él te guiñaba un ojo.

—Wey, ¿ya mandaste el mensaje a Diego? —preguntaste, incorporándote un poco, el corazón latiéndote más rápido de lo normal.

Marco sonrió con esa picardía que siempre te derretía. —Neta, ya viene en camino. Dijo que no se lo perdía por nada del mundo.

Ahí estaba, el inicio de todo. Habías platicado mil veces con Marco sobre tus fantasías sexuales de tríos. Al principio eran chistes en la cama, después confesiones susurradas mientras él te penetraba despacio, haciendo que te corrieras imaginando una tercera persona. Pero esta vez era real. Diego, el carnal de Marco, alto, tatuado, con esa barba que raspaba tan rico y ojos que te comían con la mirada cada vez que se veían en fiestas. Todo consensual, todo hablado, todo con reglas claras: placer mutuo, sin celos, solo gozo puro.

El sol se ponía tiñendo el cielo de naranja cuando Diego llegó. Traía una sonrisa de oreja a oreja, shorts ajustados que marcaban su paquete generoso y una camiseta que se quitó de inmediato. —¡Qué onda, cabrones! ¿Listos pa'l desmadre? —dijo, abrazando a Marco y luego a ti, su mano demorándose un segundo extra en tu cintura, enviando chispas por tu espina dorsal.

Se sentaron en la terraza, chelas en mano, mariachi sonando bajito desde el estéreo. La plática fluyó fácil: chismes de la banda, anécdotas de la uni, pero el aire se cargaba de electricidad. Tú sentías sus miradas sobre ti, el calor subiendo por tus muslos. Marco te rozaba la pierna con el pie, Diego te contaba un chiste subido de tono, y tú reías, mordiéndote el labio.

¿De veras va a pasar? Mi cuerpo ya palpita, la concha me late como si ya me estuvieran tocando.

La noche cayó como un manto suave, estrellas brillando sobre el Pacífico. Marco puso música más sensual, cumbia rebajada que invitaba a mover las caderas. —Vamos a bailar, mi reina —te dijo, jalándote al centro de la sala. Tus cuerpos se pegaron, sus manos en tu culo, guiándote al ritmo. Diego se unió, detrás de ti, su pecho duro contra tu espalda, sus labios rozando tu cuello. Olías su colonia mezclada con sal marina, sentías su verga endureciéndose contra tus nalgas.

—¿Está chido? —susurró Diego en tu oído, su aliento caliente haciendo que se te erizaran los vellos.

—Más que chido, pendejo —respondiste juguetona, girándote para besarlo. Fue un beso eléctrico, lenguas danzando, mientras Marco te besaba el hombro, bajando el tirante de tu bikini. Tus pezones se endurecieron al aire libre, ansiosos por sus bocas.

La tensión escalaba como la marea. Marco te desató el bikini, dejando tus tetas al descubierto. Diego gimió bajito, —Qué mamacitas, y se lanzó a mamarlas, chupando un pezón mientras Marco lamía el otro. Sentías sus barbas raspando tu piel sensible, lenguas húmedas girando, succionando con hambre. Tus manos bajaban a sus shorts, palpando vergas duras como piedras, palpitantes bajo la tela. El olor a excitación llenaba el aire, ese almizcle masculino mezclado con tu jugo que ya empapaba tus bragas.

Te llevaron a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Marco te quitó el bottom, exponiendo tu panocha depilada, hinchada y brillante. —Mírala, carnal, toda mojada por nosotros —dijo Marco, abriéndote las piernas. Diego se arrodilló, inhalando profundo. —Huele a paraíso, wey.

Su lengua tocó tu clítoris primero, un lametón largo y lento que te hizo arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! Gemiste, agarrando sus cabellos. Marco se desnudó, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Te la metió en la boca mientras Diego te comía viva, lengua hurgando en tus labios vaginales, chupando tu crema como si fuera miel. El sabor salado de Marco en tu lengua, el sonido chapoteante de Diego lamiendo, tus gemidos ahogados —todo se mezclaba en una sinfonía de placer.

Esto es mejor que cualquier fantasía. Dos vergas para mí, dos lenguas, cuatro manos explorándome. No pares, pinches dioses.

Cambiaron posiciones. Tú encima de Marco, su verga embistiéndote profundo, estirándote deliciosamente. Cada embestida hacía que tus paredes internas se contrajeran, succionándolo. Diego se paró frente a ti, ofreciéndote su pija más larga y delgada, perfecta para tu garganta. La tragaste hasta las bolas, sintiendo cómo latía contra tu paladar, mientras Marco te pellizcaba las nalgas.

—¡Qué rico te sientes, Ana! Tan apretadita —gruñó Marco, sus caderas chocando contra las tuyas con palmadas húmedas.

Diego te follaba la boca con ritmo, saliva goteando por tu barbilla. El sudor perlaba sus cuerpos, gotas cayendo sobre tu piel ardiente. Olías el sexo crudo, sentías el roce áspero de sus pubes contra tu cara y clítoris. La presión crecía en tu vientre, un nudo apretándose, listo para estallar.

—Quiero verte correrla, mi amor —dijo Marco, frotando tu clítoris con el pulgar mientras te taladraba. Diego aceleró, gimiendo —¡Me vengo!— y explotó en tu boca, chorros calientes y espesos que tragaste con avidez, el sabor amargo y salado inundándote.

Eso te empujó al borde. Tu orgasmo llegó como tsunami, olas de placer convulsionando tu cuerpo, gritando su nombre mientras tu concha ordeñaba a Marco. Él resistió, volteándote para ponerte a cuatro patas. Ahora Diego te lamía el culo, lengua juguetona en tu ano, mientras Marco te penetraba de nuevo, más fuerte, más salvaje.

El segundo round fue puro descontrol. Cambiaron: Diego debajo, follándote misionero, sus ojos clavados en los tuyos, besos profundos. Marco por detrás, untando lubricante en tu culo virgen para tríos. —Despacio, carnal —le dijiste, pero tu voz era pura lujuria. Su cabeza entró, estirándote con un ardor placentero que se convirtió en éxtasis. Llena en ambos agujeros, sentías cada vena, cada pulso, sus vergas rozándose separadas por una delgada pared.

El ritmo sincronizado te volvía loca: embestidas alternas, gemidos roncos, pieles chocando con ecos húmedos. El olor a lubricante, semen y sudor impregnaba la habitación. Tus uñas clavadas en la espalda de Diego, mordiendo el hombro de Marco. ¡Más, cabrones, rómpanme!

El clímax colectivo llegó rugiendo. Primero tú, un squirt que mojó las sábanas, gritando hasta quedarte ronca. Diego se vino dentro de tu panocha, caliente y abundante. Marco en tu culo, llenándote hasta rebosar. Colapsaron sobre ti, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, yacían los tres enredados, pieles pegajosas enfriándose al viento nocturno. Marco te besó la frente. —¿Cumplimos esa fantasía, mi vida?

—Neta, superó todo —respondiste, acurrucándote contra ellos, sintiendo sus corazones latiendo al unísono.

Diego rio bajito. —Y hay más noches, ¿no?

Tú sonreíste en la oscuridad, el cuerpo saciado pero el alma anhelando repeticiones. Las fantasías sexuales de tríos ya no eran solo sueños; eran tu nueva realidad, empoderadora, compartida, inolvidable. La brisa traía promesas de más placer, y tú, lista para todo.

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