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Poses Para Tríos Inolvidables

7156 palabras

Poses Para Tríos Inolvidables

La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la Zona Rosa filtrándose por las ventanas del rooftop bar. Luces neón parpadeaban contra el cielo estrellado de la Ciudad de México, y el aire olía a mezcal ahumado mezclado con el perfume dulce de las flores tropicales en macetas gigantes. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta, con mi vestido negro ajustado que abrazaba mis curvas como un amante posesivo. Me sentía chida, poderosa, lista para lo que la noche trajera.

Ahí los vi: Marco y Sofía, una pareja de treintones guapísimos, bailando pegaditos al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. Él, alto, con barba recortada y ojos cafés que prometían travesuras; ella, morena de pelo largo ondulado, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Nuestras miradas se cruzaron cuando pedí un tequila reposado en la barra. Neta, qué onda con ellos, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre mis piernas.

¿Bailamos, mamacita?
—me dijo Marco, con esa sonrisa pícara que gritaba voy a comerte entera. Sofía se acercó, su mano rozando mi brazo, suave como terciopelo. El toque fue eléctrico, y olí su esencia: vainilla y algo más salvaje, como jazmín en calor.

Acepté, y pronto los tres nos movíamos en un triángulo sudoroso. Sus cuerpos contra el mío, el calor de sus pieles traspasando la tela. Sofía susurró al oído:

Nos caes re bien, Ana. ¿Quieres venir a nuestra casa? Vivimos cerquita, en una penthouse con jacuzzi.
Mi pulso se aceleró. ¿Un trío? ¿En serio? Neta que sí quiero. Asentí, el deseo ya ardiendo como chile en la sangre.

Acto uno: La invitación

En el Uber, las manos no paraban quietas. Marco acariciaba mi muslo por debajo del vestido, sus dedos ásperos contrastando con la suavidad de mi piel depilada. Sofía besaba mi cuello, su aliento caliente oliendo a margarita con sal. Yo gemía bajito, el tráfico de Insurgentes pasando borroso por la ventana. Esto va a estar de locos, carnales, pensé, mientras mi chichi se endurecía contra el encaje del brasier.

Llegamos al edificio en Lomas, subimos en ascensor privado. La puerta se abrió a un loft minimalista: luces tenues, velas aromáticas a coco quemándose, y una cama king size que parecía gritar ven a profanarme. Nos quitamos la ropa en un frenesí. Marco era puro músculo, su verga ya tiesa, gruesa como mi muñeca, venosa y palpitante. Sofía tenía tetas perfectas, pezones oscuros erguidos, y un coño depilado que brillaba húmedo bajo la luz.

Nos besamos los tres, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado. Saboreé el tequila en la boca de Marco, el dulzor de Sofía. Sus manos exploraban: él amasaba mis nalgas, ella pellizcaba mis pezones. Esto es el paraíso, wey.

Acto dos: La escalada

Caímos en la cama, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Empezamos despacio, construyendo la tensión como un buen pozolero arma su caldo. Sofía se arrodilló entre mis piernas, su lengua lamiendo mi clítoris con maestría. ¡Ay, cabrón! El placer era un rayo: chispas subiendo por mi espina, olor a mi propia excitación empapando el aire, almizclado y dulce.

Marco se posicionó detrás de ella, penetrándola doggy style mientras ella me comía. Vi su verga entrar y salir, brillante de jugos, el sonido chapoteante como lluvia en el empedrado.

¿Les late probar poses para tríos?
—propuso Sofía, jadeante, levantando la vista con ojos vidriosos—.
Vi unas en internet que nos van a volar la cabeza.

Nos reímos, excitados. Primero, la clásica: yo de rodillas chupando a Marco mientras Sofía lo montaba reverse cowgirl. Su culo perfecto rebotando, piel morena contra su abdomen. Tomé su verga en mi boca, salada y caliente, venas pulsando contra mi lengua. Él gruñía:

¡Qué rico, pinche diosa!
Sofía gemía alto, sus tetas saltando, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación.

Cambiámos a la pose del triángulo: yo acostada, Sofía sentada en mi cara, su coño jugoso ahogándome en néctar. Marco me follaba misionero, profundo, su pubis rozando mi clítoris con cada embestida. Olía a sudor masculino, a sexo crudo. Su peso sobre mí, delicioso, me hace sentir llena, poseída. Lamí a Sofía, saboreando su clítoris hinchado, mientras ella se retorcía, clavándome las uñas en los muslos.

La tensión crecía. Sudor perlando nuestras pieles, resbaloso y salado al lamerlo. Corazones latiendo al unísono, como tambores aztecas en fiebre. Quiero más, no pares, cabrones. Probamos la pose del puente: Marco acostado, yo cabalgándolo cowgirl, Sofía de pie sobre su cara para que él la lamiera. Mis caderas giraban, su verga tocando mi G-spot, ondas de placer irradiando. Sofía se masturbaba mirándonos, sus dedos chapoteando en su humedad.

El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. Cambiamos a la más intensa: el doble stack. Sofía debajo, yo encima en 69 con ella, Marco alternando entre nuestros coños. Primero me penetraba a mí, sacándome gemidos ahogados contra la vulva de Sofía; luego a ella, su grito vibrando en mi clítoris. El olor era embriagador: mezcla de polvos, jugos, semen preeyaculatorio. Tacto: su verga resbaladiza entrando y saliendo, mi lengua en Sofía, sus dedos en mi culo.

¡Ya mero, ya mero! Mi cuerpo temblaba, músculos contrayéndose. Sofía gritó primero, su orgasmo empapándome la cara, jugos calientes como tequila derramado. Marco aceleró, su respiración ronca:

¡Me vengo, putas ricas!
Eyaculó dentro de mí, chorros calientes llenándome, desbordando. Yo exploté, un tsunami de placer cegador, visión blanca, cuerpo convulsionando, gusto a ella y a mí en la boca.

Acto tres: El afterglow

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Marco nos besó a las dos, tierno ahora.

Neta, las poses para tríos fueron épicas
, dijo Sofía, riendo bajito, su mano trazando círculos en mi vientre.

Yacimos ahí, pieles pegajosas enfriándose, el jacuzzi burbujeando afuera invitándonos. Hablamos de tonterías: tacos al pastor perfectos, el tráfico infernal de la CDMX, sueños locos. Esto no fue solo sexo, fue conexión, carnales, reflexioné, sintiendo un calor nuevo en el pecho. No arrepentimientos, solo gratitud por la noche que nos unió.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, nos despedimos con besos largos. Salí al balcón, el viento fresco secando mi piel, saboreando el eco del placer. ¿Repetimos? Claro que sí, weyes. La ciudad despertaba abajo, ajena a nuestro secreto ardiente. Yo me sentía renacida, lista para más aventuras en este pinche mundo loco.

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