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El Trio Ardiente de Dos Mujeres y un Hombre

6721 palabras

El Trio Ardiente de Dos Mujeres y un Hombre

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que parecía besado por los dioses. Yo, Alejandro, acababa de llegar a esa casa frente al mar, invitado por Sofia, mi amiga de la uni que ahora era una bomba de mujer con curvas que volvían loco a cualquiera. Ella me había mandado un mensaje la semana pasada: "Ven wey, trae tu traje de baño y déjate llevar". No pregunté más. Al bajar del taxi, vi a Sofia en la terraza, con un bikini rojo que apenas contenía sus pechos generosos, el sudor brillando en su piel morena como aceite perfumado.

¡Ale, cabrón! —gritó ella, corriendo a abrazarme. Su cuerpo se pegó al mío, suave y cálido, oliendo a coco y sal marina. Detrás de ella, otra chava salió de la casa: Carla, su mejor amiga, con el pelo negro largo hasta la cintura, un tanga diminuto y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Era flaca pero con nalgas firmes, tetas pequeñas y puntiagudas que pedían ser tocadas.

Nos sentamos en la alberca infinita, con cervezas frías sudando en las manos. El agua chapoteaba suave contra los bordes, y el sonido de las olas lejanas se mezclaba con risas. Sofia me contaba de su último viaje a Tulum, rozando su pierna contra la mía bajo el agua. Carla, sentada al otro lado, me guiñaba el ojo cada rato.

¿Qué chingados está pasando aquí? Dos mamacitas como estas, solas conmigo en una casa de ensueño. Neta, esto huele a algo más que chelas y sol.

La tensión crecía con cada trago. Sofia se inclinó para servirme más tequila, sus pechos casi escapando del bikini, y sentí mi verga endurecerse bajo el short. Carla notó y soltó una carcajada ronca.

Ya se armó la fiesta, ¿no, Ale? —dijo, pasando su mano por mi muslo. Su toque era eléctrico, uñas pintadas de rojo arañando leve mi piel.

El atardecer pintó el cielo de naranjas y rosas, y entramos a la casa. La sala olía a incienso de vainilla y a sus perfumes mezclados. Pusimos música, un reggaetón suave que hacía vibrar el piso. Bailamos los tres, cuerpos pegándose en un roce accidental que no lo era. Sofia me tomó de la cintura, sus caderas moviéndose contra mi paquete, mientras Carla se apretaba por detrás, sus tetas contra mi espalda.

Esto es un trío de dos mujeres y un hombre perfecto, wey —susurró Sofia al oído, su aliento caliente con sabor a tequila—. ¿Listo para jugar?

Mi corazón latía como tambor en desfile. La llevé a los labios, besándola con hambre. Su boca era dulce, lengua juguetona explorando la mía. Carla no se quedó atrás; se unió, besándome el cuello, mordisqueando la oreja. Sus manos bajaron a mi short, liberando mi verga dura como piedra. La tocaron las dos a la vez, Sofia acariciando el tronco con dedos suaves, Carla lamiendo la punta con una lengua experta que me hizo gemir.

Nos movimos al cuarto principal, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La luz tenue de las velas parpadeaba en sus cuerpos desnudos ahora. Sofia se quitó el bikini, revelando pezones oscuros erectos, su concha depilada brillando de humedad. Carla era un contraste: tetas firmes, un piercing en el ombligo y un tatuaje de flor en la cadera. Se arrodillaron frente a mí, mirándome con ojos lujuriosos.

El aire estaba cargado de su aroma: mezcla de sudor, excitación y ese olor almizclado de mujer cachonda. Sofia tomó mi verga en su boca, chupando profundo, garganta apretada enviando ondas de placer por mi espina. Carla lamía mis huevos, succionando suave, mientras sus dedos jugaban con mi culo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

Mierda, esto es el paraíso. Dos lenguas, cuatro manos, todo para mí. No aguanto más.

Las tumbé en la cama, besando a Sofia mientras mis dedos exploraban su coño empapado. Estaba caliente, resbaloso, clítoris hinchado bajo mi pulgar. Ella arqueó la espalda, gimiendo mi nombre. Carla se montó en su cara, y Sofia la lamió con ganas, lengüetazos sonoros que me volvían loco. Yo metí dos dedos en Carla, sintiendo sus paredes contraerse, jugos chorreando por mi mano.

¡Sí, cabrón, así! —gritó Carla, cabalgando la lengua de su amiga.

Cambié posiciones. Sofia se puso a cuatro patas, nalgas redondas invitándome. Empujé mi verga dentro de ella, lenta al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome. Era apretada, húmeda, perfecta. Carla se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de Sofia. Los gemidos se volvieron un coro: ahhh, ohhh, fuchi cabrón, más duro.

El sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a conchas abiertas y verga palpitante. Cambié a Carla, que me rogaba con ojos vidriosos. La penetré de lado, una pierna sobre mi hombro, mientras Sofia besaba sus tetas, mordiendo pezones. Carla se corrió primero, cuerpo temblando, concha ordeñándome la verga en espasmos.

La intensidad subía. Las puse una al lado de la otra, bocarriba, piernas abiertas. Me alternaba entre sus coños, empujando fuerte, bolas golpeando culos. Sofia se tocaba el clítoris, Carla me arañaba la espalda dejando marcas rojas. El placer era una ola creciendo, mi verga hinchada al límite.

¡Córrete con nosotras, Ale! —jadeó Sofia.

Ellas se corrieron juntas, gritando, cuerpos convulsionando. No pude más. Me saqué, eyaculando chorros calientes sobre sus tetas y barrigas, semen blanco contrastando con su piel bronceada. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, corazones galopando.

Después, en la calma, nos duchamos juntos bajo agua tibia que lavaba el sudor y los jugos. Sofia me enjabonó la verga, riendo bajito. Carla me besó lento, con ternura. Secos, nos acostamos en la cama, yo en medio, una mano en cada teta.

Esto no fue solo sexo. Fue conexión, fuego compartido. Dos mujeres increíbles, un hombre afortunado. ¿Repetimos mañana?

La noche entró por las ventanas abiertas, brisa marina enfriando nuestras pieles. Hablamos de todo y nada: sueños, viajes, lo chido de la vida. Sofia apoyó la cabeza en mi pecho, Carla en mi hombro. El sueño llegó suave, con el eco de sus suspiros.

Al amanecer, el sol nos despertó con promesas de más. Ese fin de semana en Puerto Vallarta se grabó en mi alma como el trío ardiente de dos mujeres y un hombre que cambió todo. Neta, la vida sabe a gloria cuando te dejas llevar.

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