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El Fuego de la Bedoyecta Tri Inyectable Genérico

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El Fuego de la Bedoyecta Tri Inyectable Genérico

En el calor de la tarde mexicana, en un departamento luminoso de la colonia Roma, Ana se recostaba en la cama king size, con el aire acondicionado zumbando suave como un susurro. Sus músculos dolían de tanto gym y las noches largas trabajando en su negocio de moda. Estoy hecha un trapo, pensó, mientras se masajeaba las piernas. Su novio, Marco, un enfermero guapo y cachondo que trabajaba en una clínica privada, entró con una sonrisa pícara, sosteniendo una cajita en la mano.

"Nena, traigo la solución pa' tus achaques. Bedoyecta Tri inyectable genérico, directo de la farmacia. Te va a poner las pilas como nueva, vas a ver cómo te revivo." Su voz grave, con ese acento chilango que la volvía loca, le erizó la piel. Ana lo miró de arriba abajo, admirando su camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y el bulto prometedor en sus jeans.

Se incorporó un poco, el sol filtrándose por las cortinas blancas iluminaba su piel morena y suave. "Órale, chulo, pero con cuidado, eh. No quiero que me dejes moretones." Marco se rio, sacando la jeringa con destreza profesional. El líquido ámbar brillaba bajo la luz, prometiendo energía pura. Limpió su nalga con alcohol, el olor fresco y punzante invadiendo el aire, mezclado con su perfume masculino de sándalo.

Ana sintió el pinchazo leve, como un beso agudo, y luego el calor extendiéndose por su vena, bajando a su vientre.

Pinche calorcito que se siente rico, como si me estuviera encendiendo por dentro
, pensó, mordiéndose el labio. Marco descartó la jeringa y se acostó a su lado, acariciando su muslo con dedos firmes. "Ya está, mi reina. En media hora vas a estar brincando como venadita."

La tensión inicial era esa chispa juguetona entre ellos, el deseo latente que siempre bullía. Ana lo jaló por la nuca, besándolo con hambre, sus lenguas danzando en un tango húmedo y salado. El sabor de su boca, a menta y café, la hacía salivar. Pero el efecto de la Bedoyecta Tri empezó a golpear: su corazón latió más rápido, la sangre corrió caliente por sus venas, y un hormigueo eléctrico le subió desde los pies hasta los pezones, que se endurecieron contra la blusa de encaje.

Marco notó el cambio. "¡Ves, mami! Ya te está pegando. ¿Sientes esa fuerza?" Sus manos expertas subieron por su espalda, desabrochando el bra, liberando sus tetas firmes y redondas. Ana jadeó, el roce de sus palmas ásperas enviando ondas de placer. Se quitó la blusa con urgencia, quedando en tanguita negra que apenas cubría su coñito depilado. El aire fresco besó su piel sudada, oliendo a vainilla de su loción.

En el medio del clímax creciente, la intensidad escaló. Ana lo empujó sobre el colchón, montándose a horcajadas. "Ahora te voy a mostrar lo que es energía pura, pendejo." Reía con picardía, mientras le bajaba los jeans, liberando su verga gruesa y venosa, ya dura como fierro, palpitando con el pulso acelerado. La olió, ese aroma almizclado de hombre excitado que la embriagaba, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum.

Marco gruñó, sus manos amasando sus nalgas, separándolas para rozar su ano con un dedo juguetón. Este wey sabe cómo volverme loca, pensó ella, mientras lo chupaba con ganas, la boca llena, la saliva resbalando. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos. La Bedoyecta la tenía en llamas; sentía cada nervio vivo, sensible al roce de las sábanas de algodón egipcio contra su piel.

Se levantó, quitándose la tanga con un movimiento sensual, revelando su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos. Marco la miró embobado. "Estás chingona, Ana. Ven pa'cá." Ella se posicionó sobre él, frotando su clítoris contra la cabeza de su pija, lubricándola con sus mieles. El roce era tortura deliciosa, chispas de placer subiendo por su espina. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola hasta el fondo.

Cabalgó con ritmo creciente, sus caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos. Marco la sujetaba por la cintura, embistiéndola desde abajo, sus huevos golpeando su culo. "¡Así, nena! ¡Más duro!" Ella clavó las uñas en su pecho, dejando marcas rojas, el dolor placentero avivando su fuego. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, y ese toque metálico de la inyección aún en su sangre.

La tensión psicológica se entretejía: Ana recordaba sus primeras veces con Marco, cómo él la había curado de una depre con mimos y ahora con esto.

Este cabrón no solo me folla, me cuida el alma
. Él, por su lado, luchaba por no venirse pronto, queriendo prolongar su éxtasis. Cambiaron posiciones; la puso a cuatro patas, el espejo del clóset reflejando su figura: ella arqueada, tetas colgando, él detrás como toro, penetrándola profundo.

Sus embestidas eran potentes, el colchón crujiendo, sus jadeos sincronizados. Ana metió mano entre las piernas, frotando su clítoris hinchado, ondas de placer acumulándose como tormenta. "¡Me vengo, Marco! ¡No pares, pendejito!" Él aceleró, gruñendo "¡Yo también, mi amor!" El orgasmo la sacudió como rayo, su coño contrayéndose en espasmos, ordeñando su verga. Él se corrió dentro, chorros calientes inundándola, el calor extendiéndose como la inyección misma.

Colapsaron en un enredo sudoroso, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con olor a corrida y pasión. Marco la besó el cuello, suave ahora, sus dedos trazando círculos en su espalda. "Te dije que la Bedoyecta Tri inyectable genérico era mágica." Ana sonrió, exhausta pero plena, el afterglow envolviéndola como sábana tibia.

En la quietud, reflexionaron. Ella apoyó la cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse. Esto es lo que necesitaba: no solo vitaminas, sino su amor cabrón. Él la apretó más. "Siempre pa'ti, mi vida. Mañana repetimos, ¿va?" Rieron bajito, el sol poniéndose tiñendo la habitación de naranja, prometiendo más noches de fuego inyectado.

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