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Mi Mes Patrio Trío

7091 palabras

Mi Mes Patrio Trío

El aire de septiembre en la Ciudad de México estaba cargado de ese olor a elotes asados y fireworks lejanos. Era la noche del Grito, y la fiesta en la casa de mi carnala Patricia rebosaba de gente vestida con tricolores, risas y tequila reposado que picaba en la garganta como un beso ardiente. Yo, Laura, de treinta y dos años, con mi falda verde esmeralda y blusa blanca que se pegaba un poquito a mis curvas por el calor, sentía esa cosquilla en el estómago que no era solo del trago. Hacía meses que no me soltaba así, desde que terminé con ese pendejo de ex que no sabía ni dónde tocar.

Ahí estaban ellos: Marco y Diego, dos weyes guapísimos que conocía de la chamba en la agencia de publicidad. Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te deshace las rodillas, y Diego, más compacto, con ojos cafés que te comían vivo y un tatuaje de águila en el brazo que gritaba México lindo. Habíamos coqueteado antes en juntas, pero esta noche, con el mariachi tocando Cielito Lindo de fondo, el ambiente se sentía distinto. Cargado. Como si el mes patrio nos invitara a algo más que banderas y gritos.

"Órale, Laura, ¿ya gritaste o qué?", me dijo Marco acercándose con dos shots en la mano, su aliento rozándome la oreja, oliendo a limón y hombre sudado.

Le guiñé el ojo, sintiendo el pulso acelerarse. "Aún no, pero si me das uno de esos, capaz y suelto el grito más chido de la noche". Diego se unió, su mano rozando mi cintura "accidentalmente", y juro que un escalofrío me recorrió la espina, bajando hasta ese calor húmedo entre mis piernas. Hablamos pendejadas sobre el trabajo, pero sus miradas decían otra cosa. Sus cuerpos cerca, el roce de sus brazos contra los míos, el sabor salado del tequila en mis labios cuando brindamos. La tensión crecía como el fuego de los castillos pirotécnicos afuera.

La fiesta avanzaba, la gente bailaba, pero nosotros tres nos fuimos aislando en la terraza. El viento nocturno traía olor a jazmín del jardín y humo de barbacoa. Marco me jaló para bailar, su cadera pegada a la mía, dura y prometedora. Diego nos rodeaba, sus dedos trazando mi espalda baja. Neta, esto va pa'l trío del mes patrio, pensé, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Acto dos: la escalada

Nos escabullimos a la habitación de huéspedes, riendo bajito como chavos traviesos. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. La luz tenue de una lámpara pintaba sus caras de sombras sexys, y el colchón king size nos esperaba como altar pagano. Marco me besó primero, sus labios gruesos saboreando a tequila y menta, lengua explorando mi boca con hambre contenida. Diego desde atrás, besando mi cuello, mordisqueando suave, sus manos subiendo por mis muslos, levantando la falda hasta sentir mi piel erizada.

"¿Estás segura, nena?", murmuró Diego, su voz ronca vibrando contra mi piel. Asentí, jadeando ya, porque sí, carajo, lo estaba. Todo consensual, todo puro deseo mutuo. Mis manos temblaban quitándoles las camisas, revelando pechos firmos, abdominales marcados por gym y ese olor masculino a sudor fresco mezclado con colonia barata pero excitante. Toqué la verga de Marco por encima del pantalón, dura como piedra, palpitando bajo mi palma. Diego gimió cuando le bajé el cierre, liberando su miembro grueso, venoso, que olía a excitación pura.

Me tumbaron en la cama con cuidado, reverencia casi. Marco lamió mis pezones a través de la blusa, el roce húmedo haciendo que arqueara la espalda, gimiendo bajito. "Qué chulas tetas, Laura", gruñó, quitándome la ropa hasta dejarme en tanga empapada. Diego se hincó entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su aliento caliente sobre mi concha.

Pinche paraíso, wey, mira cómo brilla, pensó en voz alta, y su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, círculos lentos que me hicieron retorcer.

El cuarto se llenó de sonidos: mis jadeos ahogados para no alertar a la fiesta, el chupeteo húmedo de Diego, los gruñidos de Marco masturbándose viéndonos. Intercambié posiciones, chupando la verga de Marco mientras Diego me penetraba con dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, haciendo que chorros de placer me sacudieran. Sabía salado a él, grueso en mi garganta, y el olor de sus sexos me volvía loca. Sudábamos juntos, pieles resbalosas pegándose, el colchón crujiendo rítmicamente.

Marco me volteó a cuatro patas, su verga empujando lento en mi entrada, estirándome delicioso. "¡Ay, cabrón, qué rica estás!", exclamó, embistiendo profundo mientras Diego se ponía frente a mí, follándome la boca. El doble ritmo me llevaba al borde: el slap-slap de carne contra carne, el sabor de Diego en mi lengua, las bolas de Marco golpeando mi clítoris. Sudor goteaba, mezclándose con mis jugos, el aire espeso de sexo y gemidos. Me corrí primero, un orgasmo que me dejó temblando, gritando contra la verga en mi boca, olas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos.

Ellos no pararon. Cambiamos: Diego debajo de mí, yo cabalgándolo, sintiendo cada vena de su polla rozando mis paredes internas, mientras Marco me tomaba por atrás, lubricado con mi propia humedad, entrando en mi culo con cuidado, poquito a poquito. Doble penetración en el mes patrio, qué chingón. Llenos, estirados, el roce de sus vergas separadas por una delgada pared me hacía delirar. Sus manos por todos lados: pellizcando pezones, azotando nalgas suave, besos enredados. Olía a semen próximo, a concha abierta, a nosotros tres fundidos.

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como el Grito final: Marco se corrió primero, caliente dentro de mí, su semen chorreando mientras gemía "¡Laura, pinche diosa!". Diego lo siguió, llenándome la concha con chorros espesos, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Yo exploté de nuevo, aplastándolos con contracciones, lágrimas de placer en los ojos, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores compartidos.

Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba las sábanas, mezclado con el perfume de sus pieles. Marco me besó la frente, Diego acarició mi cabello. "Eso fue el mejor mes pa trío, ¿no?", bromeó Marco, y reímos todos, exhaustos y felices.

Nos limpiamos con toallitas húmedas que Diego sacó de quién sabe dónde, vistiéndonos entre besos perezosos. Afuera, los cohetes seguían estallando, celebrando la independencia. Nosotros habíamos encontrado la nuestra, en esa noche de septiembre inolvidable. Bajamos a la fiesta como si nada, pero con miradas cómplices, promesas mudas de más noches así. Neta, el mes patrio nunca había sido tan cabrón.

Desde entonces, cada septiembre revivo esos sabores, esos toques, ese calor que nos unió. Un trío que no fue solo carne, sino conexión profunda, empoderadora. Y si el destino quiere, repetiremos. Porque en México, las fiestas se celebran a lo grande.

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