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Armonica del Tri la Melodia Prohibida

6259 palabras

Armonica del Tri la Melodia Prohibida

Estaba en ese bar chido de la Condesa, con las luces tenues y el humo de cigarro flotando como un velo misterioso. La banda subía al escenario, un trío de rockeros bien pesados, con ese sonido crudo que te eriza la piel. Ahí estaba él, el Armonica del Tri, con su armónica plateada entre los labios, soplando notas que vibraban directo en mi pecho. Sudor perlando su frente morena, camisa negra pegada al torso musculoso, y unos ojos negros que escaneaban la multitud como si buscaran a su próxima presa. Neta, desde el primer soplido, sentí un cosquilleo entre las piernas, como si esa armónica estuviera rozando mi clítoris.

Me acomodé en la barra, pidiendo un tequila reposado para calmar el calor que subía por mi cuello. ¿Qué pedo, Karla? ¿Ya te estás imaginando cosas con un músico desconocido? me dije, pero no podía quitarle los ojos de encima. Él se mecía al ritmo, los dedos ágiles sobre la armónica, produciendo gemidos metálicos que se mezclaban con la guitarra rasposa y la batería que retumbaba como un corazón acelerado. El olor a cuero de su chamarra y a hombre trabajado me llegaba en oleadas cuando el viento del ventilador lo traía. Quería ser esa armónica, sentir su aliento caliente, su lengua húmeda.

El set terminó con un aplauso ensordecedor. Bajó del escenario, secándose el sudor con una playera vieja, y se acercó a la barra. Justo a mi lado. Órale, esta es mi chance, pensé, enderezándome para que mis curvas se notaran bajo el vestido ajustado rojo.

—Qué chingón tocaste, wey —le solté con una sonrisa coqueta, mi voz ronca por el humo y la excitación.

Él giró, me miró de arriba abajo, y sonrió con dientes blancos perfectos. —Gracias, morra. Soy el Armonica del Tri, ¿y tú?

—Karla. Y neta, tu armónica me puso la piel chinita.

Rió, un sonido grave que me vibró en el estómago. Pidió dos tequilas y chocamos vasos. Hablamos de la banda, de noches locas en el DF, de cómo la música es como el sexo: hay que sentirla en las entrañas. Su mano rozó la mía al pasar el limón, y fue como electricidad. Olía a tabaco, sudor fresco y algo almizclado que me hacía mojarme sin remedio.

No seas pendeja, invítalo a salir de aquí, me urgí. —Oye, ¿y si seguimos la fiesta en otro lado? Mi depa está cerca.

—Chido, Karla. Vamos.

Salimos al aire fresco de la noche, el bullicio de la Condesa envolviéndonos. Caminamos pegados, su brazo rozando mi cintura, mi mano accidentalmente en su nalga firme. En el taxi, su muslo presionó contra el mío, y sentí su dureza crecer bajo los jeans. Ya valió, esto va a estar cabrón.

En mi depa, luces bajas, incienso de vainilla quemándose. Lo jalé al sofá, besándolo con hambre. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal. Gemí cuando sus manos grandes amasaron mis tetas por encima del vestido, pezones endureciéndose al instante.

—Quítate eso, nena —murmuró, voz ronca.

Me paré, dejando caer el vestido como una cascada roja. Quedé en tanga negra y nada más. Él se quitó la camisa, revelando un pecho tatuado con calaveras y rosas, abdomen marcado por horas de tocar en escenarios. Sacó su armónica del bolsillo, la lamió despacio, mirándome fijo.

—Quiero que sientas mi melodía —dijo, y empezó a soplar notas lentas, hipnóticas, mientras sus dedos bajaban mi tanga.

Me recosté en el sofá, piernas abiertas, el aire fresco besando mi coño húmedo. Él se arrodilló entre mis muslos, armónica vibrando cerca de mi piel. Cada soplido era un roce fantasma, el metal frío tocando mis labios mayores, enviando ondas de placer. ¡Qué chingados, esto es nuevo y delicioso! Su aliento caliente sobre mi clítoris, lengua uniéndose al juego, lamiendo con ritmo bluesero. Gemí alto, arqueando la espalda, el sonido de la armónica mezclándose con mis jadeos.

—Sabes a miel, Karla —gruñó, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

El olor a sexo llenaba la habitación, mi jugo chorreando por sus nudillos. Chupé su armónica cuando me la dio, saboreando mi propio sabor salado mezclado con metal. Lo jalé arriba, desabrochando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando como una bestia.

—Métemela ya, Armonica del Tri —supliqué, guiándola a mi entrada.

Se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gritamos juntos, el placer como un rayo. Empezó a bombear, profundo y firme, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose, salado en mi lengua cuando lo lamí. La armónica en su mano, soplando entre folladas, el sonido amplificando cada sensación.

—Más fuerte, cabrón, hazme tuya
—le grité, uñas clavadas en su espalda.

Aceleró, el sofá crujiendo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, mi clítoris rozando su pubis. El clímax se acercaba como una ola, tensión en mi vientre, piernas temblando.

—Me vengo, Karla... —jadeó, y eso me lanzó al abismo. Exploté alrededor de él, coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando sus muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo dentro.

Colapsamos, jadeando, su peso delicioso sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El olor a semen y sudor impregnaba todo, piel pegajosa y satisfecha.

—Eres increíble, morra —murmuró, acariciando mi cabello.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. Esto fue más que un polvo, fue una sinfonía. La armónica yacía en la mesa, testigo muda de nuestra noche. Sabía que no sería la última; el Armonica del Tri había despertado algo en mí que no se apaga fácil.

Al amanecer, con café humeante y promesas de más tocadas privadas, se fue. Pero su melodía seguía vibrando en mi cuerpo, un eco sensual que me hacía sonreír cada vez que recordaba el sabor de su armónica en mis labios.

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