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Trío Ardiente con Mi Novia y Mi Suegra

6043 palabras

Trío Ardiente con Mi Novia y Mi Suegra

Todo empezó en una tarde calurosa de verano en nuestra casita en las afueras de la Ciudad de México. Yo, Alex, llevaba dos años con Ana, mi novia, esa morra preciosa con curvas que te hacen babear y una sonrisa que ilumina todo. Vivíamos juntos en un departamentito chiquito pero acogedor, con vista al cerro. Ese día, su mamá, Carmen, vino de visita desde Guadalajara. La suegra era una chava de unos cuarenta y tantos, pero neta que se veía como de treinta: tetas firmes, culo redondo y una piel morena que olía a vainilla y jazmín. Siempre había habido una química rara entre nosotros, miraditas pícaras cuando Ana no veía, roces "accidentales" en la cocina.

Estábamos en la sala, con el ventilador zumbando como loco contra el bochorno. Ana traía un shortcito ajustado que le marcaba la panocha y una blusita sin brasier, sus pezones duros asomando. Carmen, con un vestido floreado que se le pegaba al sudor, se recargaba en el sofá, cruzando las piernas de forma que subía la tela un poquito. Yo servía chelas frías, sintiendo cómo mi verga se ponía tiesa con solo verlas platicar.

¿Qué pedo con esto? Mi novia y mi suegra aquí, las dos tan ricas, y yo en medio. Neta que un trío con mi novia y mi suegra no sonaría tan cabrón...

Ana se rio de un chiste de su mamá y se acercó a mí, dándome un beso juguetón en la boca. Su lengua rozó la mía, sabe a fresa de su chicle. Carmen nos miró con ojos brillantes, mordiéndose el labio. "¡Ay, hijitos, qué lindos se ven! Yo que ustedes no me aguantaba", soltó con voz ronca, guiñándome un ojo. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta. Sentí el pulso acelerado, el sudor bajándome por la espalda.

La plática derivó a temas más calientes. Ana confesó que siempre había fantaseado con algo atrevido, y Carmen, con una sonrisa pícara, admitió que en su juventud había experimentado con tríos. "¿Y si lo hacemos real, mamita?", propuso Ana, tomándome la mano y mirándome fijo. Mi corazón latía como tambor. Carmen se acercó, su perfume invadiéndome, y puso su mano en mi muslo. "Si mi yerno está de acuerdo, yo sí quiero". Todo consensual, todo con ganas mutuas. Asentí, la verga ya dura como piedra.

Nos movimos a la recámara, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Ana me besó primero, sus labios suaves y húmedos, mientras Carmen nos veía, quitándose el vestido lento, revelando lencería negra que contrastaba con su piel canela. El cuarto olía a excitación, a piel caliente y deseo. Toqué las tetas de Ana, grandes y pesadas, pellizcando los pezones rosados que se endurecían al instante. Ella gimió bajito, un sonido que me erizaba la piel.

Carmen se unió, arrodillándose entre mis piernas. "Deja que tu suegra te mime, chulo", murmuró, bajándome el pantalón. Su boca caliente envolvió mi verga, chupando con maestría, la lengua girando alrededor del glande. Sabía salado a mi sudor, y gemí fuerte, agarrando su cabello negro azabache. Ana se desnudó, su coñito depilado brillando de humedad, y se sentó en mi cara. La probé, dulce y salada, lamiendo sus labios hinchados mientras ella se mecía, jadeando.

Esto es el paraíso, wey. Mi novia montándome la cara y mi suegra mamándome la verga como profesional. Un trío con mi novia y mi suegra, neta que es lo más chingón que me ha pasado.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: Ana se puso a cuatro patas, el culo en pompa, invitándome. La penetré despacio, sintiendo su calor apretado, resbaloso de jugos. Cada embestida hacía que su carne temblara, sonidos chapoteantes llenando el aire. Carmen se acostó debajo de ella, lamiéndole el clítoris mientras yo la cogía. Ana gritaba "¡Sí, papi, así! ¡Cógete a tu novia con tu suegra ayudando!", su voz entrecortada por el placer. Yo sudaba, el olor a sexo empapando las sábanas, mis bolas chocando contra Carmen's lengua.

El conflicto interno me azotaba: ¿estaba bien esto? Pero sus gemidos, sus cuerpos entregados, borraban cualquier duda. Carmen se levantó, empujándome suave para que saliera de Ana. "Ahora a mí, yerno", dijo, abriendo las piernas. Su panocha madura, con labios gruesos y velluda justo como me gusta, goteaba. La embestí, más profunda, su interior experimentado apretándome como guante. Ana nos besaba a los dos, metiendo lengua, sus manos en mis huevos masajeando.

La tensión crecía, cuerpos resbalosos de sudor, piel contra piel en un enredo de extremidades. Escuchaba sus respiraciones agitadas, olía el almizcle de sus arremangadas, sentía pulsos acelerados en cuellos y muñecas. Ana se corrió primero, convulsionando sobre la boca de su mamá, gritando "¡Me vengo, cabrones!". Su coño chorreó, mojándonos a todos. Yo no aguanté más, sacando la verga y eyaculando chorros calientes sobre sus tetas unidas, blancas gotas contrastando con su piel morena.

Carmen se vino después, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis brazos mientras su coño se contraía alrededor de mis dedos que la follaba. "¡Ay, Dios, qué rico!", aulló, el cuarto temblando con su orgasmo. Nos quedamos jadeando, un montón de carne satisfecha, el aire pesado con el olor a semen y jugos.

En el afterglow, nos acurrucamos. Ana me besó la frente, "Te amo, mi amor. Esto fue increíble". Carmen acarició mi pecho, su mano tibia. "Gracias por hacernos felices, hijito. Esto queda entre nosotros". Reflexioné en silencio, el corazón lleno. No era solo sexo; era conexión, confianza rota en placer compartido. Afuera, la noche caía sobre la ciudad, luces parpadeando como estrellas, pero aquí dentro, habíamos creado nuestro propio universo.

Desde esa tarde, las visitas de mi suegra se volvieron más frecuentes, con promesas de más noches ardientes. Un trío con mi novia y mi suegra había cambiado todo, para bien. Neta, la vida es chida cuando te atreves.

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