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Cancion de Tri Line en la Piel Ardiente

6386 palabras

Cancion de Tri Line en la Piel Ardiente

La noche en el bar de Guadalajara olía a tequila reposado y a sudor fresco de cuerpos bailando. Las luces tenues parpadeaban al ritmo de la banda norteña que tocaba en el escenario improvisado. Alejandra se recargaba en la barra, con una chela fría en la mano, sintiendo el vidrio helado contra su palma sudorosa. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas, y el aire cargado de humo y risas la hacía sentir viva, pinche viva.

De pronto, la guitarra rasgueó unas notas roncas, y el cantante soltó con voz grave: "Cancion de Tri Line". Esa rola la conocía de oídas, una pieza que hablaban los weyes en las fiestas, con letras que hablaban de deseo crudo, de cuerpos enredados bajo la luna. Las palabras se colaban en su mente como caricias prohibidas: tri line de pasión, tri line de fuego en la piel. El ritmo la envolvió, haciendo que su corazón latiera más rápido, que un calorcillo se le subiera por el vientre.

¿Por qué carajos esta canción siempre me pone así? Como si me estuvieran tocando el alma... o algo más abajo.

Entonces lo vio. Alto, moreno, con camisa negra desabotonada que dejaba ver un pecho firme y tatuado. Se llamaba Marco, se presentó con una sonrisa pícara, ojos cafés que brillaban como el mezcal. "Órale, chula, ¿bailamos esa Cancion de Tri Line? Me traes loco desde que entraste." Su voz era un ronroneo, y cuando la tomó de la mano, su piel áspera contra la suya suave le envió chispas por la espalda.

En la pista, el suelo vibraba con los tambores. Él la pegó a su cuerpo, cadera contra cadera, y el olor de su colonia mezclada con macho la mareó. Sus manos en su cintura, bajando un poquito, rozando el borde de su nalga. Ella se dejó llevar, moviéndose al compás, sintiendo la dureza de él presionando contra su muslo. Neta, este wey sabe lo que hace. Cada giro, cada roce, la Cancion de Tri Line susurrando en sus oídos, avivaba el fuego entre sus piernas.

Acto primero: la chispa. Salieron del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra sus pieles calientes. Caminaron por las calles empedradas del centro, riendo como pendejos, compartiendo tragos de una botella que él sacó del bolsillo. "Eres una tentación, Alejandra. Esa rola te puso cachonda, ¿verdad?" Ella lo miró, mordiéndose el labio. "Calla, wey, y bésame de una vez."

Sus labios se encontraron bajo un farol, su lengua invadiendo su boca con sabor a cerveza y deseo. Manos explorando: él apretando sus tetas por encima del vestido, ella arañando su espalda. El beso duró eternidades, hasta que el calor los obligó a buscar refugio. Su depa estaba cerca, un loft chido con vista a la catedral. Entraron tambaleándose, riendo, cerrando la puerta con un portazo.

Acto segundo: la escalada. En el sillón de cuero, él la sentó en su regazo, el vestido subiéndose por sus muslos. "Déjame verte, preciosa." Sus dedos desabrocharon el cierre lento, dejando caer la tela roja al piso. Ella quedó en brasier negro y tanga, piel de gallina por el aire acondicionado y sus miradas hambrientas. Él se quitó la camisa, revelando músculos tensos, vello oscuro bajando hasta la cintura del pantalón.

Pinche verga, qué ganas de sentirlo todo adentro. Pero no tan rápido, güey, hazme sufrir un poquito.

La besó el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus pechos. Chupó un pezón endurecido, mordisqueando suave, mientras su mano se colaba entre sus piernas. Ella jadeó, húmeda ya, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación. "Estás chingón mojada, mi reina." Sus dedos rozaron su clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron arquear la espalda. Ella le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta.

Lo masturbó despacio, sintiendo las venas bajo su palma, el calor irradiando. Él gruñó, un sonido animal que la empapó más. Se pusieron de pie, él la cargó al cuarto, tirándola en la cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio. El colchón se hundió suave bajo sus cuerpos. Se desnudaron del todo, piel contra piel, el roce eléctrico. Él besó su vientre, bajando, inhalando su aroma íntimo. "Qué rica hueles, como a miel y pecado."

Su lengua en su panocha, lamiendo lento, saboreando sus jugos. Ella se retorcía, manos en su pelo, gimiendo "¡Ay, wey, no pares! Así, chúpame el botón." El placer subía en olas, tensión en su bajo vientre, músculos contrayéndose. Él metió dos dedos, curvándolos contra su punto G, bombeando rítmico. El sonido chapoteante, sus jadeos, el crujir de la cama, todo se mezclaba en una sinfonía de lujuria. Ella explotó primero, un orgasmo que la dejó temblando, gritando su nombre, piernas apretando su cabeza.

Pero no pararon. Ella lo volteó, montándose encima, frotando su chocha contra su verga dura como acero. "Ahora yo mando, cabrón." Lo cabalgó despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola. El slap slap de carne contra carne, sudor goteando, pechos rebotando. Él agarró sus caderas, embistiéndola desde abajo, gruñendo "¡Qué apretadita, neta me vas a matar!" Aceleraron, el clímax construyéndose como tormenta.

Acto tercero: la liberación. Cambiaron posiciones, él atrás, doggy style, penetrándola profundo. Sus bolas golpeando su clítoris, manos en sus nalgas, un dedo rozando su ano para más placer. Ella se corrió otra vez, visión borrosa, mundo disolviéndose en éxtasis puro. Él la siguió, sacando la verga para eyacular en su espalda, chorros calientes marcando su piel. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

En el afterglow, él la abrazó, besando su frente. La Cancion de Tri Line seguía sonando en su cabeza, ahora un eco dulce. "Eres increíble, Alejandra. ¿Repetimos con esa rola de fondo?" Ella rio, acurrucándose en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Claro que sí, wey. Pero la próxima, tú cantas."

La mañana entró por las cortinas, luz dorada bañando sus cuerpos entrelazados. No hubo arrepentimientos, solo una promesa tácita de más noches así. La Cancion de Tri Line había sido el puente, pero el fuego era todo suyo.

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