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Estoy Esperando Mi Camión El Tri

7107 palabras

Estoy Esperando Mi Camión El Tri

El sol del mediodía en la carretera federal me tenía sudando como si estuviera en un sauna. Estoy esperando mi camión El Tri, ese viejo rugiente que me ha sacado de tantos apuros en mis viajes de Tijuana a Monterrey. Se descompuso anoche, el motor tosió como un borracho y aquí estoy, parada en el taller de Don Chucho, un changarro limpio y ordenado a un lado de la autopista, con el olor a aceite quemado y llantas calientes flotando en el aire. Llevo una falda vaquera corta que se pega a mis muslos por el sudor, una blusa ajustada que deja ver el encaje de mi brasier negro, y unas botas que crujen contra el pavimento caliente.

Desde que llegué, no dejo de sentir las miradas del mecánico principal, un wey que debe tener unos treinta y tantos, moreno como el café de olla, con brazos tatuados que se flexionan cada vez que aprieta una tuerca. Se llama Raúl, me dijo cuando le entregué las llaves. Tiene esa sonrisa pícara, de esas que te hacen cosquillas en el estómago, y unos ojos negros que te recorren el cuerpo sin disimulo. Órale, carnal, qué chula estás hoy, pensé, sintiendo un calor que no era solo del sol subiendo por mis piernas.

Me acerco al toldo donde él trabaja, el ruido de las herramientas metálicas chocando y el zumbido de un radio tocando cumbia rebajada llenan el aire. Huele a gasolina y a algo más, como a hombre trabajado, sudor limpio mezclado con jabón de tocador. "¿Ya qué onda con mi camión, Raúl? Estoy esperando mi camión El Tri desde las seis de la mañana, wey", le digo con voz juguetona, apoyándome en el capó caliente que quema mis palmas.

Él se endereza, se limpia el sudor de la frente con un trapo sucio, y me mira de arriba abajo. "Tranquila, mamacita, ya casi. El carburador estaba bien pendejo, pero le estoy dando amor. ¿Quieres que te muestre?" Su voz es grave, ronca, como el ronroneo de un motor bien afinado. Siento un pulso acelerado en mi pecho, mis pezones se endurecen contra la tela de la blusa. Neta, este vato me prende, pienso, imaginando esas manos ásperas en mi piel.

Me invita a pasar al taller, "para que no te achicharre aquí afuera". Adentro, el aire es más fresco, con ventiladores zumbando y posters de carros tuneados en las paredes. Me ofrece un refresco bien frío de la hielera, el vidrio empañado gotea agua helada en mis dedos. Nos sentamos en un banco viejo, nuestras rodillas se rozan, y el roce envía chispas por mi espina. Hablamos pendejadas: de la carretera, de lo chido que es manejar de noche con la luna alumbrando, de cómo el desierto huele a tierra mojada después de la lluvia. Sus risas son contagiosas, profundas, vibran en mi pecho.

De pronto, su mano grande cubre la mía sobre el banco. "Sabes, desde que te vi bajarte del camión, no he podido dejar de pensar en lo rica que estás", murmura, su aliento cálido oliendo a chicle de menta. Mi corazón late como tamborazo zacatecano. ¿Y si le sigo la corriente? Nadie se va a enterar. "Tú tampoco estás tan mal, carnal. Esos brazos... neta, dan ganas de probarlos", respondo, mordiéndome el labio, sintiendo la humedad crecer entre mis piernas.

Raúl no pierde tiempo. Me jala hacia él, sus labios carnosos chocan con los míos en un beso hambriento, su lengua invade mi boca con sabor a refresco y deseo puro. Gimo contra su boca, mis manos exploran su pecho duro bajo la playera manchada de grasa. El beso se profundiza, sus dientes mordisquean mi labio inferior, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Huele a él, a macho sudado, a feromonas que me marean. Sus manos bajan por mi espalda, aprietan mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna, y yo arqueo la cadera contra su entrepierna, sintiendo su verga ya dura como fierro presionando mi vientre.

Esto es lo que necesitaba, un polvo rápido y chingón para quitar el estrés de la carretera, pienso mientras él me levanta la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios bajan a mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando hasta dejar marcas rojas. "Qué chichotas tan ricas, mamacita", gruñe, tomando un pezón en su boca caliente, succionando con fuerza que me hace jadear. El sonido de su chupeteo húmedo llena el taller, mezclado con mi respiración agitada y el lejano claxon de un tráiler.

Lo empujo contra el banco, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga salta libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La agarro, sintiendo el calor pulsante en mi palma, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis fosas nasales. "Métetela en la boca, preciosa", pide con voz ronca, y yo obedezco, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él gime, sus caderas se mueven, follándome la boca con ritmo lento. El sabor es adictivo, masculino, me hace mojarme más, mis calzones empapados pegados a mi panocha hinchada.

No aguanto más. Me paro, me quito la falda y los calzones de un jalón, quedando desnuda de la cintura para abajo. Raúl me voltea, me pone de rodillas en el banco, su lengua encuentra mi clítoris de inmediato. "Estás chorreando, puta caliente", dice entre lamidas, su nariz rozando mis labios vaginales. Grito de placer, el sonido de su succión chupando mi jugo resuena obsceno. Sus dedos entran en mí, dos, luego tres, curvándose contra mi punto G, mientras su lengua gira sin piedad. Huelo mi propio aroma dulce y salado, siento mis jugos correr por mis muslos.

"Cógeme ya, wey, no mames", suplico, empujando mi culo contra su cara. Él se pone de pie, su verga roza mi entrada húmeda, y empuja de un solo golpe. ¡Chingado, qué grande! Llenándome por completo, estirándome deliciosamente. Empieza a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de carne contra carne, sus bolas golpeando mi clítoris. El sudor nos une, resbaloso, el taller huele a sexo crudo. Agarro sus muslos, mis uñas se clavan, él acelera, gruñendo en mi oído: "Te voy a llenar de leche, mamacita".

La tensión sube como una tormenta, mis paredes lo aprietan, mi orgasmo explota en oleadas, gritando su nombre mientras tiemblo. Él sigue, duro, implacable, hasta que se corre dentro de mí con un rugido animal, su semen caliente inundándome. Nos quedamos pegados, jadeando, su pecho contra mi espalda, besos suaves en mi nuca.

Minutos después, nos vestimos entre risas pendejas. "Tu camión ya está listo, reina. Estoy esperando mi camión El Tri, pero ahora con el tanque lleno de otra cosa", bromeo, guiñándole el ojo. Raúl me da un beso largo antes de entregarme las llaves. "Vuelve cuando quieras, aquí te espero con los brazos abiertos".

Subo a mi El Tri, el motor ruge suave, perfecto. Mientras acelero por la carretera, el viento entra por la ventana, secando mi piel aún sensible. Siento su semen escurrir entre mis piernas, un recordatorio caliente de ese polvo inolvidable. Neta, la vida en la carretera es chida cuando hay sorpresas así. Sonrío, pisando el acelerador, lista para la próxima aventura.

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