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La Colangitis Triada de Placer Prohibido

6183 palabras

La Colangitis Triada de Placer Prohibido

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces neón parpadean como promesas calientes y el aire huele a tacos al pastor y jazmín nocturno, conocí a Karla. Yo era Dr. Mateo, un cirujano hepático curtido en los pasillos del Hospital Ángeles, pero esa noche, en un bar de Polanco, no era más que un hombre sediento de algo más que café negro. Ella, con su piel morena brillando bajo las luces tenues, ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido, y un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel, me miró desde la barra.

"¿Qué le pasa, doctor? ¿Le duele algo?" me dijo con esa voz ronca, juguetona, mientras se acercaba, su perfume de vainilla y canela invadiendo mis sentidos. Yo sonreí, sintiendo ya el cosquilleo en la nuca, el pulso acelerándose como si estuviera en quirófano con un timer corriendo.

Esta mujer va a ser mi perdición, pensé, pero qué chingón sería caer así.

Conversamos de todo y nada: del tráfico infernal de Insurgentes, de las fiestas en las azoteas de la Roma, hasta que solté lo de la colangitis triada. "Es esa tríada clásica: fiebre, ictericia y dolor en el cuadrante superior derecho. Te ataca el hígado como un cabrón furioso". Ella se rio, inclinándose tanto que sentí el calor de su aliento en mi oreja. "Suena como algo que necesita tres curas intensivas, ¿no, doctor? Fiebre de pasión, piel dorada de deseo y un dolor que se resuelve con un buen revolcón".

Acto uno: la chispa. Caminamos por las calles empedradas, el bullicio de vendedores ambulantes vendiendo elotes con mayonesa y chile piquín mezclándose con risas lejanas. Su mano rozó la mía, accidental al principio, luego intencional. Entramos a mi departamento en la Condesa, un loft con ventanales enormes que dejaban entrar la brisa tibia. Le serví un tequila reposado, el cristal frío contrastando con el fuego que ya ardía en mi pecho. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, sus piernas cruzadas rozando las mías, el roce enviando chispas eléctricas por mi espina.

"Cuéntame más de esa colangitis triada", murmuró, sus dedos trazando círculos en mi muslo. Le expliqué, voz entrecortada, cómo el cuerpo se inflama, cómo el deseo reprimido puede ser peor que cualquier infección. Ella se mordió el labio inferior, hinchado y rojo, y yo sentí el sabor imaginado: dulce, salado, adictivo.

Acto dos: la escalada. La besé primero, suave, probando sus labios como un tequila añejo, suave pero con un kick que me dejó jadeando. Sus manos subieron por mi camisa, desabotonándola con urgencia, uñas pintadas de rojo arañando mi pecho, dejando rastros de fuego. "Eres un pendejo si no me follas ya", susurró en mi oído, su acento chilango puro, cargado de picardía mexicana. La cargué hasta la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros.

La desvestí lento, saboreando cada centímetro: el vestido cayendo como cascada roja, revelando lencería negra que abrazaba sus tetas firmes, pezones endurecidos como chiles secos. Olía a ella ahora, almizcle femenino mezclado con sudor ligero, embriagador. Mis labios bajaron por su cuello, lamiendo la sal de su piel, mordisqueando el hueco de su clavícula donde latía su pulso como tambor azteca. Ella gemía bajito, "Ay, wey, no pares", arqueando la espalda, sus caderas empujando contra mí.

Esto es mejor que cualquier cirugía perfecta, pensé, su cuerpo respondiendo a cada toque como si yo fuera el antídoto a su propia colangitis triada de anhelos.

Le quité el brasier con dientes, succionando un pezón mientras mi mano bajaba, dedos deslizándose por su vientre plano, encontrando el calor húmedo entre sus piernas. Estaba empapada, su coño resbaloso como miel de maguey, y ella abrió las piernas con un suspiro, invitándome. Metí un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hizo gritar, "¡Chingao, sí ahí!". El sonido de su humedad, chapoteos suaves, llenaba la habitación junto al zumbido del ventilador y el tráfico lejano.

Se volteó encima de mí, cabalgándome como jinete en rodeo, desabrochando mi pantalón con maestría. Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. "Qué rica, doctor", dijo antes de engullirla, su boca caliente, lengua girando como trompo. Gemí fuerte, agarrando su cabello negro azabache, oliendo su shampoo de coco.

La penetré despacio al principio, sintiendo cada pliegue de su interior apretándome, cálido y acogedor. "Más duro, cabrón", exigió, y obedecí, embistiéndola con ritmo creciente, piel contra piel cacheteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus uñas en mi espalda, el dolor placentero mezclándose con el placer puro. Cambiamos posiciones: ella a cuatro patas, yo detrás, viendo su culo redondo rebotar, oliendo el sexo crudo en el aire. Mencioné de nuevo la colangitis triada, jadeando: "Tu fiebre me quema, tu piel dorada me ciega, este dolor se va con tu coño". Ella rio entre gemidos, "¡Cúrame entonces, pendejito!".

La tensión creció, mis bolas apretándose, su coño contrayéndose alrededor de mí. "Me vengo, wey", avisó ella primero, cuerpo temblando, chorro caliente mojando las sábanas. Yo la seguí segundos después, explotando dentro de ella con un rugido gutural, semen caliente llenándola mientras colapsábamos, pegajosos y exhaustos.

Acto tres: el resplandor. Yacimos enredados, el aire fresco secando nuestro sudor, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante calmarse. "Eso fue mi cura personal para la colangitis triada", murmuró, trazando círculos en mi abdomen. Reí suave, besando su frente húmeda. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero aquí, en esta burbuja de sábanas revueltas y aromas de sexo, todo era paz plena.

Mañana volveré al hospital, a pacientes reales con colangitis triada de verdad, pero esta noche, Karla me salvó a mí.

Nos dormimos así, prometiendo más noches de tríadas prohibidas, el futuro oliendo a tequila y promesas calientes.

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