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Cada Cuanto Se Inyecta La Bedoyecta Tri En Nuestra Pasión Prohibida

7036 palabras

Cada Cuanto Se Inyecta La Bedoyecta Tri En Nuestra Pasión Prohibida

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en tu departamento de la Roma, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a café recién molido y a las flores del mercado que habías comprado esa mañana. Tú, Ana, una chava de treinta y tantos, con curvas que volvían locos a los weyes del gym, te sentías hecha un trapo. El trabajo en la agencia de publicidad te había chingado la energía; las ojeras te delataban y hasta el sexo con tu carnal, Javier, se había vuelto rutina. ¿Qué pedo con esto? pensabas mientras te mirabas en el espejo del baño, tocando tu piel seca y oliendo el leve aroma a sudor del día.

Javier llegó esa noche con una sonrisa pícara, su camiseta ajustada marcando los músculos que tanto te gustaban. Traía una bolsita de farmacia en la mano. "Órale, mi reina, traigo la solución pa' tus males", dijo con ese acento chilango que te erizaba la piel. Se dejó caer en el sofá de piel sintética, que crujió bajo su peso, y te jaló a su regazo. Sus manos grandes, callosas de tanto gym, te masajearon los hombros, enviando chispas de calor por tu espalda. Olías su colonia barata mezclada con el sudor fresco de su carrera desde el metro.

Neta, este pendejo siempre sabe cómo hacerme sentir viva. Pero ¿qué traes ahí?

"Es Bedoyecta Tri, amor. La neta, investigué: cada cuanto se inyecta la Bedoyecta Tri? Una vez por semana, wey. Dicen que te da un subidón de vitaminas, B12 y todo eso, pa' que andes con pila full. Tú andas muerta de cansancio, déjame ponértela yo". Sus ojos cafés brillaban con picardía, y su aliento cálido te rozó el cuello, haciendo que tus pezones se endurecieran bajo la blusa holgada. La idea te dio cosquillita en el estómago: una inyección, algo médico, en manos de tu hombre. ¿Y si lo hacemos juguetón?

Acto uno se cerraba con esa promesa. Te quitaste la blusa despacio, dejando que el aire fresco del ventilador te erizara la piel. Javier preparó la jeringa en la mesa de centro, el líquido ámbar brillando bajo la luz de la lámpara. El olor a alcohol en algodón te invadió las fosas nasales, limpio y estéril, contrastando con el aroma almizclado de tu excitación creciente.

En el medio del asunto, la tensión subió como la marcha de un corrido norteño. Javier te puso de rodillas en la alfombra mullida, tu culo en pompa, la falda arremangada. "Relájate, mi chula, va a doler un poquito, pero luego vas a volar". Sus dedos trazaron círculos en tu nalga derecha, piel suave y tibia, mientras el pinchazo fue un ardor fugaz, como un beso de fuego. Sentiste el líquido frío entrar, expandiéndose en venas que latían con fuerza. ¡Ay, cabrón! Duele, pero qué rico el calor que sube... El corazón te retumbaba en los oídos, un tambor acelerado, y un flush de energía te recorrió desde la cadera hasta los dedos de los pies.

No esperaron. Javier te volteó, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle y el leve metálico de tu propia saliva. Sus manos bajaron tu brasier, liberando tus tetas pesadas que rebotaron con un sonido suave. Las amasó, pulgares rozando pezones duros como piedras, enviando descargas eléctricas directo a tu clítoris palpitante. Olías tu propia humedad, dulce y salada, mezclada con su sudor masculino, terroso.

"¿Sientes la Bedoyecta Tri ya, amor? Cada cuanto se inyecta la Bedoyecta Tri pa' que estés así de caliente?" murmuró contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Reíste, jadeante, tus uñas clavándose en su espalda ancha. Este wey me conoce perfecto. La inyección me prendió como mecha. Te arrastró al cuarto, la cama king size crujiendo bajo pesos combinados. El ventilador zumbaba arriba, moviendo el aire cargado de feromonas. Sus dedos bajaron tu tanga empapada, el roce de la tela contra tu coño hinchado te hizo gemir alto, un sonido gutural que rebotó en las paredes.

Te abrió las piernas, rodillas dobladas, exponiendo tu sexo rosado y brillante. Su lengua primero, plana y caliente, lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando tu néctar con gruñidos de placer. "Qué rico sabes, pinche diosa". El roce áspero de su barba incipiente raspaba tus muslos internos, un picor delicioso que te hacía arquear la espalda. Tus manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, guiándolo más profundo. El olor a sexo llenaba la habitación, espeso y embriagador.

La intensidad escalaba. Javier se quitó el pantalón, su verga gruesa saltando libre, venas pulsantes, la cabeza morada brillando con pre-semen. La frotó contra tu entrada, lubricándote más, el calor de su piel contra la tuya un contraste ardiente. ¡Entra ya, pendejo! La Bedoyecta me tiene loca de ganas. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándote con un ardor placentero que te llenaba por completo. Gemiste su nombre, Javier, Javier, mientras él gruñía "¡Qué apretadita, mi amor!".

El ritmo creció, embestidas profundas que hacían slap-slap contra tu piel sudorosa. Tus tetas rebotaban con cada choque, pezones rozando su pecho peludo. Sudor goteaba de su frente a tu boca, salado en tu lengua. Olías el almizcle de su axila cuando te levantó las caderas, penetrando más hondo, golpeando ese punto que te hacía ver estrellas. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras tus dedos bajaban a tu clítoris, frotando furioso en círculos.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto sonorense. Javier aceleró, huevos pesados chocando contra tu culo, su respiración entrecortada en tu oído. "Ven conmigo, Ana, la Bedoyecta nos tiene en llamas". Explotaste primero, un orgasmo que te sacudió entera, coño contrayéndose en espasmos, jugos salpicando sus muslos. Gritaste, un aullido primal que debió oírse en el pasillo. Él siguió dos embestidas más, gruñendo ronco, y se vació dentro, chorros calientes pintando tus paredes, su cuerpo temblando sobre el tuyo.

En el final, el afterglow fue puro paraíso. Javier se derrumbó a tu lado, brazos envolviéndote, pieles pegajosas unidas por sudor y semen que goteaba lento de tu coño satisfecho. El ventilador secaba el sudor, dejando un frescor delicioso. Olías el sexo residual, mezclado con su colonia y tu perfume floral. Neta, cada cuanto se inyecta la Bedoyecta Tri? Todas las semanas, pa' que esto siga así de chingón.

Te acurrucaste en su pecho, oyendo su corazón desacelerarse, latiendo en sintonía con el tuyo. "Eres lo máximo, mi rey", susurraste, besando su piel salada. Él rio bajito, mano acariciando tu nalga inyectada, aún tibia. La noche se cerraba con promesas: más inyecciones, más pasión, una vida donde la energía vitaminada alimentaba un fuego eterno. En la quietud, supiste que esto era el verdadero subidón.

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