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La Pasión del Sexo Anal en Trío

6785 palabras

La Pasión del Sexo Anal en Trío

Era una noche calurosa en el corazón de la Ciudad de México, de esas que te hacen sudar solo con pensarlo. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa en Polanco después de un día eterno en la oficina. Marco, mi novio, ya estaba ahí con su carnala del alma, Luisa, una morra bien prendida que siempre andaba con esa vibra de qué chingón todo. Habíamos quedado de echarnos unas cheves frías y ver una peli, pero neta, desde que Luisa cruzó la puerta con ese vestido negro ajustado que le marcaba el culazo, supe que la cosa iba por otro lado.

El aire olía a tequila reposado y a las velitas de vainilla que Marco había encendido en la sala. La música ranchera suave sonaba de fondo, un corrido viejo que nos ponía nostálgicos. Me serví un trago y me senté en el sofá mullido, sintiendo el fresco del piso de mármol bajo mis pies descalzos. Marco, con su sonrisa pícara de siempre, se acercó y me plantó un beso en el cuello que me erizó la piel. Órale, nena, ¿qué traes puesto que hueles tan rico? murmuró, su aliento cálido rozándome la oreja.

Luisa se rio, acomodándose al otro lado mío, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. Simón, Ana, estás cañona con esa blusa escotada. Marco no para de verte las chichis desde que llegué, dijo con esa voz ronca que siempre me ponía a mil. Sentí un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y excitación que me hacía apretar las piernas. Habíamos platicado antes de fantasías, de cómo un sexo anal en trío podría ser el pinche clímax de nuestras locuras, pero nunca lo habíamos hecho realidad. Esa noche, el deseo flotaba en el aire como el humo de un buen puro.

¿Y si de plano lo hacemos? Piensa, Ana, dos cuerpos presionando contra el tuyo, bocas explorando cada rincón. No seas pendeja, déjate llevar.

Acto seguido, Marco nos jaló a las dos para bailar. Sus manos fuertes en mi cintura, el calor de su pecho contra mi espalda. Luisa se pegó por delante, sus tetas suaves aplastándose contra las mías. Olía a perfume floral mezclado con su sudor dulce, y cuando me besó, suave al principio, luego con lengua hambrienta, el mundo se redujo a esa boca jugosa. Marco gemía bajito, frotando su verga dura contra mi culo por encima del pantalón. Pinches ricas, las dos, gruñó, y nos llevó al cuarto sin decir más.

La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, iluminada por la luz tenue de la lámpara de noche. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis pezones endurecidos por el aire acondicionado. Luisa se desvistió con gracia felina, su piel morena brillando como chocolate fundido. Marco nos devoraba con los ojos, sacándose la playera para mostrar ese torso marcado de gym. El olor a excitación ya impregnaba el cuarto: ese almizcle salado de la piel caliente, mezclado con el jazmín de mi loción.

Empezamos con besos lentos, exploratorios. Yo en el centro, Marco chupándome un pezón mientras Luisa me lamía el otro. Sus lenguas calientes y húmedas mandaban chispas directas a mi clítoris, que palpitaba como loco. Qué rico se siente, cabrones, jadeé, arqueando la espalda. Bajaron juntas, besando mi panza, mis muslos. Luisa separó mis labios con los dedos, soplando suave antes de meter la lengua. El sabor salado de mi humedad la volvía loca; la oía gemir contra mi coño, vibraciones que me hacían retorcer. Marco se masturbaba viéndonos, su verga gruesa goteando precum que olía a hombre puro.

La tensión crecía como una tormenta. Yo quería más, necesitaba sentirlos dentro. Quiero que me cojan las dos entradas, como en nuestras pláticas de sexo anal en trío, susurré, y vi el fuego en sus ojos. Marco se puso condón, lubricante en mano –ese gel frío que contrasta con el calor corporal–. Luisa se acostó bocarriba, jalándome encima en 69. Su coño depilado brillaba, jugoso y rosado. Lo lamí con ganas, saboreando su néctar ácido-dulce mientras ella me devoraba de nuevo.

Marco se posicionó atrás de mí, frotando la cabeza de su verga contra mi ano. El toque inicial fue eléctrico: presión suave, lubricante resbaloso. Relájate, mi amor, va a estar chingón, dijo, empujando centímetro a centímetro. Sentí el estiramiento delicioso, esa plenitud que duele rico, como un fuego que se expande. Gemí contra el clítoris de Luisa, que se retorcía bajo mi lengua. Marco empezó a bombear lento, cada embestida mandando ondas de placer por mi espinazo. El sonido era obsceno: carne contra carne, chapoteos húmedos, nuestros jadeos mezclándose con la ciudad que zumbaba afuera.

Luisa se incorporó, besando a Marco mientras él me taladraba el culo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Yo me sentía reina, empoderada en esa entrega total. Cambiamos posiciones: ahora Luisa de rodillas, yo debajo lamiéndole el coño mientras Marco la penetraba vaginalmente. Pero el clímax del sexo anal en trío vino cuando me puse a cuatro, Marco en mi ano de nuevo, y Luisa con un strap-on en mi panocha. Doble penetración pura, sus cuerpos presionando, sudores mezclándose. Olía a sexo crudo, a lubricante y fluidos corporales. Sentía cada vena de la verga de Marco pulsando dentro, el strap rozando paredes sensibles.

¡No pares, pendejos! Esto es el cielo, neta. Mi cuerpo es suyo, pero yo los controlo con cada gemido.

La intensidad subía. Marco aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada profunda. Luisa sincronizaba, sus caderas chocando contra mi monte de Venus. Mis paredes internas se contraían, un orgasmo building como volcán. Grité primero, un alarido gutural que salió de lo más hondo. Mi ano se apretó alrededor de Marco, ordeñándolo, y él se vino con un rugido, llenando el condón de chorros calientes que sentía palpitar. Luisa tembló encima, su coño chorreando en mi cara mientras se corría, sabor a mar y miel inundándome la boca.

Caímos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Marco me besó la frente, Luisa acurrucada en mi pecho. El cuarto olía a satisfacción: semen, sudor, lubricante evaporándose. Afuera, las luces de Polanco parpadeaban indiferentes.

Pinche noche épica, ¿verdad? dijo Marco, riendo bajito. Luisa asintió, trazando círculos en mi piel con el dedo. El mejor sexo anal en trío de mi vida. ¿Repetimos, carnalas?

Yo sonreí, sintiendo el afterglow en cada músculo relajado. No era solo placer físico; era conexión, confianza absoluta. En ese momento, supe que nuestra amistad –y lo nuestro– había subido de nivel. Me dormí entre ellos, con el pulso aún latiendo eco de éxtasis, soñando con la próxima aventura.

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