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Hipertensión Endocraneana Triada

6376 palabras

Hipertensión Endocraneana Triada

Yo siempre había sido una chava fuerte, de esas que no se rajan ante nada. Vivía en un depa chido en la Roma Norte, con vista al Parque México, rodeada de cafés hipsters y bares con mezcal artesanal. Pero últimamente, algo andaba mal. Sentía una presión cabrona en la cabeza, como si mi cráneo fuera a reventar. Dolor de cabeza que no paraba, visión borrosa a ratos y un zumbido en los oídos que parecía el pulso de un tambor maya. Busqué en Google y ¡órale! Ahí estaba: hipertensión endocraneana, con su clásica tríada de síntomas. El doc me dijo que era idiopática, que controlara el estrés, pero yo sabía que era otra cosa. Era deseo reprimido, carnal puro, acumulado como tormenta en mi panocha.

Ahí entran mis carnales, Luis y Marco. Los conocía de la uni, éramos inseparables, y hace meses la cosa había escalado a algo más... íntimo. No era noviazgo, era tríada perfecta, tres cuerpos que se buscaban sin drama. Esa noche los invité a mi depa. El aire olía a jazmín del balcón y a mi perfume de vainilla. Traje mezcal del bueno, de Oaxaca, y unas guacas con totopos crujientes. Nos sentamos en el sofá de piel suave, las luces tenues pintando sombras en sus camisetas ajustadas.

—Wey, traigo un pedo con la cabeza —les confesé, masajeándome las sienes—. Leí de hipertensión endocraneana tríada: dolor, ojos hinchados y ese ruido en los oídos. Pero creo que es estrés sexual, ¿me ayudan a desahogarme?

Luis, el moreno de ojos verdes y brazos tatuados, se acercó primero. Su mano grande rozó mi muslo, enviando chispas por mi piel.

«Joder, Ana, déjanos curarte a nuestra manera»
, murmuró, su aliento cálido con sabor a humo de cigarro y menta. Marco, el güero atlético con sonrisa pícara, asintió desde el otro lado, su dedo trazando mi clavícula. Sentí el calor subir, mi corazón latiendo como tamborazo en la cabeza, pero ya no dolía; ahora era placer.

El beso de Luis fue lento, sus labios carnosos probando los míos, lengua juguetona saboreando el mezcal en mi boca. Olía a sudor fresco, a hombre después de gym. Marco no se quedó atrás; besó mi cuello, chupando suave, dejando rastro húmedo que se enfriaba al aire. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa de encaje, rozando la tela como roce eléctrico. Qué chingón, pensé, mientras mis manos exploraban sus pechos firmes, palpando músculos que se contraían bajo mis uñas.

Me recostaron en el sofá, quitándome la blusa con cuidado, como si fuera cristal. Luis lamió mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón! Gemí, arqueando la espalda. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, mezclado con mi jadeo. Marco bajó mis jeans, besando mi ombligo, inhalando profundo.

«Hueles a miel mojada, nena»
, dijo, y su lengua trazó la línea de mi tanga. Mi clítoris palpitaba, hinchado, rogando atención.

La tensión crecía, pero ahora era deliciosa. La presión en mi cabeza se transformaba en oleadas de calor que bajaban por mi espina. Marco separó mis piernas, sus dedos gruesos masajeando mis labios mayores, resbalosos de jugos. Introdujo uno, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Es como la tríada, divagué: dolor convirtiéndose en éxtasis, visión nublada por lujuria, zumbido en oídos ahogado por mis propios gemidos. Luis se desabrochó el pantalón, sacando su verga dura, venosa, goteando precúm. La acerqué a mi boca, lamiendo la punta salada, ese sabor almizclado que me enloquece.

Chupé despacio, saboreando cada vena, mientras Marco lamía mi panocha como si fuera el mejor taco al pastor. Su lengua plana lamiendo largo, círculos en el botón, chupando mis labios. El sonido era puro porno: slap slap de su boca en mi humedad, mis slurps en la verga de Luis. Sudor perlaba nuestras pieles, oliendo a sexo crudo, a feromonas mexicanas. Marco se quitó la ropa, su pito igual de impresionante, curvo perfecto para golpear profundo.

—Quiero los dos —jadeé, voz ronca—. Fóllenme en tríada.

Cambiaron posiciones. Yo encima de Marco, su verga abriéndose paso en mi chocha apretada. ¡Qué rico! Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El roce era fuego, cada vena frotando mis paredes sensibles. Luis detrás, lubricando mi culo con mi propio jugo y saliva. Presionó lento, su cabeza gruesa rompiendo el anillo. Dolor placer mezclado, como mi cabeza antes, pero ahora puro gozo.

«Relájate, mi reina, te vamos a hacer explotar»
, susurró Luis en mi oído, mordisqueando el lóbulo.

Estábamos unidos, tríada perfecta. Marco embistiendo desde abajo, bolas golpeando mi culo; Luis clavándome por atrás, manos en mis caderas marcando moretones de pasión. Mis tetas rebotaban, pezones rozando el pecho velludo de Marco. Sudor chorreaba, goteando en sus pieles, oliendo a sal y deseo. Gemidos llenaban el depa: mis ayes agudos, sus gruñidos graves como truenos. La presión en mi cabeza era ahora un volcán, la hipertensión endocraneana tríada transformada en clímax inminente.

Internalmente luchaba: No pares, cabrones, rómpanme. Aceleraron, piel contra piel slap slap slap, rápido, brutal pero consensual. Sentí el orgasmo subir, como tsunami desde mi coño al cerebro. Marco gritó primero, llenándome de leche caliente, pulsos que masajeaban mis adentros. Luis siguió, corriéndose en mi culo, chorros espesos que goteaban. Yo exploté: visión blanca, zumbido ensordecedor, cabeza liberada. ¡Chiiiingaaaado! Grité, cuerpo convulsionando, squirt salpicando sus muslos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. El aire apestaba a semen, sudor y mi esencia dulce. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. La presión en mi cabeza... desaparecida. Solo paz, glow post-sexo.

—Gracias, weyes —murmuré, acurrucada entre ellos—. Esa hipertensión endocraneana tríada se fue con su propio clímax.

Luis rio, besando mi frente. Marco acarició mi pelo. Éramos más que amigos, más que amantes: una tríada eterna, curando con cuerpos lo que la mente no podía. Afuera, la ciudad brillaba, pero adentro, mi mundo era perfecto.

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