Triste Canción de Amor El Tri Sinfónico en Mi Piel Desnuda
La noche en el DF caía como un manto pesado de lluvia fina, ese llovizne que moja todo sin misericordia. Estaba sentada en la barra de un antro chido en la Condesa, con un mezcal en la mano que quemaba la garganta como un beso traicionero. La banda de El Tri Sinfónico tocaba en vivo, sus guitarras rockeras envueltas en cuerdas orquestales que daban un toque elegante y melancólico. De repente, arrancaron con triste canción de amor, y el corazón se me apretó como si me hubieran dado un madrazo en el pecho.
¿Por qué carajos duele tanto? Ese pendejo de ex me dejó hecha mierda, pero neta, esta rola me pone la piel chinita.
La voz ronca del vocalista flotaba en el aire cargado de humo y sudor, hablando de amores rotos y promesas que se van con el viento. Olía a tequila añejo, a perfume barato de las morras bailando y a la tierra mojada que se colaba por las puertas. Mis ojos se nublaron un poco, pero entonces lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Se acercó con una cerveza en la mano, sus ojos cafés clavados en los míos como si ya supiera todos mis secretos.
—Órale, güey, ¿todo bien? Esa canción te tiene triste como perrito mojado —me dijo con voz grave, sentándose a mi lado. Su colonia invadió mi espacio, un aroma amaderado que me erizó los vellos de la nuca.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Neta, es triste canción de amor de El Tri Sinfónico. Me recuerda a un cabrón que ya no vale la pena. ¿Y tú?
Se llamaba Marco, venía de una tocada parecida en Polanco. Charlamos de rock mexicano, de cómo El Tri siempre te pone a pensar en lo que duele pero también en lo que prende. Su mano rozó la mía al pasar el limón del mezcal, y fue como una chispa eléctrica. El calor de su piel contra la mía, áspera por el trabajo de mecánico que decía tener, me hizo imaginar cosas que no debía. La canción terminó, pero la tensión entre nosotros apenas empezaba. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando el mío, el ritmo sinfónico latiendo como un corazón acelerado.
La lluvia arreció afuera, pero adentro el aire se cargaba de deseo. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más, rozando la curva de mis caderas. Olía a él, a hombre sudado y excitado, mezclado con el dulzor del mezcal en su aliento. —Ven, vámonos de aquí —me susurró al oído, su barba raspando mi lóbulo. No lo pensé dos veces. Salimos empapados, riendo como pendejos, y terminamos en su depa en la Roma, un lugar sencillo pero con buen gusto: posters de rock, una cama king size y una bocina que aún sonaba ecos de la noche.
Acto dos: la escalada. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre de lobo. Sabía a cerveza y a urgencia, su lengua explorando mi boca como si quisiera grabarse en mí. Mis manos se metieron bajo su playera, sintiendo los músculos tensos del abdomen, el calor de su piel curtida por el sol. Chingado, qué rico se siente esto, pensé mientras él me quitaba la blusa con dedos temblorosos de ganas.
Su aliento caliente en mi cuello, mordisqueando suave. " Eres una mamacita que me tiene loco ", murmuró. Mi concha ya palpitaba, húmeda y lista.
Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Él gemía bajito, "Ay, wey, no pares", mientras sus manos amasaban mis tetas por encima del brasier, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, ese almizcle dulce de excitación que te hace perder la cabeza. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. La apreté suave, sintiendo cómo se endurecía más, el calor irradiando a mi mano.
Marco me volteó con facilidad, poniéndome de rodillas en la alfombra. Su boca descendió por mi vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a mis panties empapadas. Las deslizó con dientes, exponiendo mi coño depilado y brillante. Su lengua... ay, cabrón, la hundió en mí, lamiendo lento al principio, saboreando mis jugos como si fueran el mejor tequila. El sonido húmedo de su chupada, mis jadeos mezclados con la lluvia golpeando la ventana, todo era puro fuego. Metí los dedos en su pelo revuelto, guiándolo más profundo, mientras mi clítoris hinchado rozaba su nariz. "¡Más, pendejo, así!" grité, las caderas moviéndose solas.
Pero quería más. Lo jalé arriba, quitándome el resto de la ropa. Nuestros cuerpos desnudos chocaron, piel contra piel, sudor mezclándose. Él se puso un condón rápido —siempre responsable, qué chido— y me penetró de un solo empujón. ¡Madre santa! Llenándome por completo, su verga gruesa estirándome delicioso. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, el ritmo building como una sinfonía rockera. Sus embestidas se volvieron feroces, el slap-slap de carne contra carne resonando, mis uñas clavándose en su espalda. Olía a nosotros, a sexo crudo y pasión desatada. Internamente luchaba: Esto es solo una noche, no te enganches como con el ex, pero mi cuerpo gritaba lo contrario, cada thrust enviando ondas de placer que me nublaban la mente.
Lo monté entonces, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando con cada salto. Él chupaba mis pezones, mordiendo suave, mientras sus manos guiaban mis caderas. El orgasmo se acercaba, un tsunami building en mi vientre. "¡Me vengo, Marco!" chillé, y exploté, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó, corriéndose segundos después, su leche caliente llenando el condón mientras temblaba debajo de mí.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la cama, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. La lluvia había parado, dejando un silencio roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Me acurruqué en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi pelo suave, trazando círculos perezosos en mi espalda.
—Neta, esa triste canción de amor de El Tri Sinfónico nos juntó —dijo él, riendo bajito.
Sí, una canción triste que terminó en la noche más chingona de mi vida. Quizás el amor no siempre duele; a veces, te folla hasta el alma.
Nos quedamos así horas, hablando pendejadas, besándonos lento, explorando con dedos perezosos. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto no era solo un polvo. Era cierre para mi tristeza pasada, un nuevo comienzo envuelto en rock sinfónico y piel desnuda. Me fui con una sonrisa, el eco de la canción en la cabeza, pero ahora sonaba diferente: no tan triste, más como un himno de deseo cumplido.