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El Tri 13 de Octubre Noche de Fuego

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El Tri 13 de Octubre Noche de Fuego

El aire de la Ciudad de México ya ardía esa tarde del 13 de octubre, pero nada comparado con lo que se avecinaba en el Palacio de los Deportes. Yo, Ana, había sacado boleto para ver a El Tri desde hace meses, neta que no me lo iba a perder. Vestida con una playera ajustada que marcaba mis curvas, jeans rotos que abrazaban mis caderas y unas botas que me daban ese toque rockero, me sentía lista pa' la peda. El sol pegaba duro mientras caminaba hacia la entrada, oliendo a tacos de la calle y a cerveza fresca de los vendedores ambulantes. Mi corazón latía con anticipación, no solo por la música de Alex Lora, sino porque andaba soltera y con ganas de aventura.

Adentro, el lugar era un mar de gente sudada, gritando "¡Tricampeón!" antes de que arrancara el show. Me abrí paso hasta cerca del escenario, el humo de los cigarros y el olor a marihuana flotando en el aire, mezclado con perfume barato y expectación. De repente, un wey alto, moreno, con cabello largo atado en una coleta y una sonrisa pícara, se topó conmigo cuando brincamos al ritmo de la primera rola. "¿Todo bien, morra?" me dijo al oído, su aliento cálido rozando mi cuello. Se llamaba Javier, carnal de unos cuates que andaban perdidos en la multitud. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya supiera que esa noche iba a cambiar.

La banda explotó con "Abuso de Autoridad", los amplificadores retumbando en mi pecho, el bajo vibrando hasta mis entrañas. Javier y yo nos pegamos bailando, su cuerpo firme presionando contra el mío. Sudábamos a chorros, el calor de la gente y las luces nos envolvía como una manta pesada. Sus manos en mi cintura, guiándome en el mosh, olían a jabón y a hombre, ese aroma terroso que me ponía la piel de gallina.

"Neta que estás cañona bailando, Ana. Me late tu vibra."
Sus palabras se perdían en el ruido, pero las sentía en las vibraciones de su voz grave. Yo reí, ¿pendejo? le contesté juguetona, rozando mi nalga contra su entrepierna. Ahí empezó el juego, esa tensión que se cocina lento, como un pozole en olla de barro.

Entre rola y rola, platicamos a gritos. Él era mecánico en un taller de la colonia Roma, fan de El Tri desde morrillo, y esa noche del 13 de octubre era especial porque era su cumple. "¿En serio? ¡Entonces hay que celebrarlo como se debe!" le grité, pasando mi mano por su pecho húmedo bajo la playera. El público coreaba "¡Piedras contra el vidrio!", y nosotros nos mecíamos juntos, cuerpos en sintonía. Su mano bajó un poco más, rozando el borde de mi jeans, y yo no la quité. Mi mente daba vueltas: ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, tan vivo. El sudor nos pegaba, piel contra piel, y probé la sal en su cuello cuando lo besé impulsiva, al ritmo de la guitarra rasposa.

El concierto avanzaba, la energía subía como la marea. Cuando tocaron "Triste Canción de Amor", Javier me jaló más cerca, su boca en mi oreja:

"Ven conmigo después, mi depa está cerca. No quiero que acabe esta noche."
Mi pulso se aceleró, el calor entre mis piernas crecía con cada acorde. Asentí, perdida en sus ojos, en el olor almizclado de su excitación mezclada con el humo del escenario. El show terminó en apoteosis, con "ADO" haciendo explotar todo, y salimos tomados de la mano, el eco de la música aún retumbando en nuestros oídos.

Afuera, el fresco de la noche contrastaba con nuestro calor interno. Caminamos rápido por Insurgentes, riendo de pendejadas, sus dedos entrelazados con los míos. Llegamos a su depa en Narvarte, un lugar chido con posters de rock y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios carnosos en los míos, lengua explorando con hambre, sabor a cerveza y a él. Lo empujé contra la pared, quitándole la playera, mis uñas arañando su espalda tatuada con un águila rockera. "Eres una fiera, Ana", jadeó, mientras sus manos desabotonaban mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco.

Caímos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Él besó mi cuello, bajando lento, mordisqueando pezones que se endurecieron al instante. Gemí, arqueándome, el roce de su barba incipiente enviando chispas por mi espina. Olía a su colonia barata y a sudor limpio, embriagador. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura palpitando contra la tela. Qué rica, gruesa, lista pa' mí, pensé, liberándola con urgencia. La probé, salada y cálida en mi boca, su mano en mi cabello guiándome suave, gemidos roncos saliendo de su garganta.

Pero quería más. Lo volteé, montándome encima, frotándome contra él.

"Te quiero adentro, Javier, ya"
, le supliqué, voz ronca de deseo. Se puso condón rápido, siempre responsable el carnal, y me penetró despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Empecé a moverme, caderas girando al ritmo de las rolas de El Tri que aún sonaban en mi cabeza. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiando el vaivén. El slap de piel contra piel, mis jugos mojándolo todo, el olor a sexo puro invadiendo la habitación.

La tensión crecía, mis músculos tensándose, su respiración agitada contra mi pecho. No pares, no pares, repetía en mi mente, clavando uñas en sus hombros. Él se incorporó, chupando mi clítoris mientras yo cabalgaba, lengua experta mandándome al borde. Grité su nombre cuando exploté, olas de placer sacudiéndome, visión borrosa, cuerpo temblando. Él gruñó, embistiéndome fuerte unas veces más, corriéndose con un rugido animal, abrazándome apretado.

Quedamos jadeantes, enredados en sábanas húmedas, el ventilador zumbando perezoso. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, besos suaves en mi frente. Qué noche del carajo, el 13 de octubre con El Tri y este wey... inolvidable. Platicamos bajito, de la música, de la vida, riendo de cómo nos encontramos en el mosh. No fue solo sexo, fue conexión, esa chispa mexicana de pasión espontánea. Al amanecer, nos despedimos con promesas de vernos, sabiendo que el fuego de esa noche quedaría grabado, como una rola eterna de la banda.

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