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Tri Luma Precio en Piel Ardiente

6267 palabras

Tri Luma Precio en Piel Ardiente

Me paré frente al espejo del baño en mi depa de la Condesa, con la luz tenue del atardecer colándose por la ventana. Mi piel, esa que siempre me había hecho sentir menos por esas manchitas del sol, empezaba a cambiar. Hacía semanas que usaba el Tri Luma, ese cremita que prometía uniformidad y glow. Pero el tri luma precio había valido cada peso. Lo compré en la farmacia de la esquina, negociando un poquito con el cajero que me guiñó el ojo como si supiera el secreto. Neta, carnal, por trescientos varos te llevas la revolución en la piel, me dijo.

Me quité la blusa despacio, sintiendo el aire fresco rozar mis hombros. El olor a vainilla de mi loción se mezclaba con el aroma herbal del Tri Luma, que aún persistía en mis dedos. Me miré: las pecas en el escote se habían aclarado, mi piel ahora era suave, casi luminosa. Chingón, pensé, pasando la yema del dedo por mi clavícula. Ese toque me erizó la piel, un cosquilleo que bajó hasta mi vientre. Javier, mi morro, llegaría en cualquier momento. Habíamos quedado para cenar, pero yo tenía otros planes.

El timbre sonó como un latido acelerado. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su sonrisa pícara, camisa ajustada marcando el pecho que tanto me gustaba morder. ¡Órale, güey! ¿Qué traes puesto? exclamó, ojos devorándome. Llevaba un vestido negro corto, escotado, que dejaba ver justo lo suficiente. Lo jalé adentro, cerrando con el pie.

¿Ya viste? El Tri Luma está haciendo de las suyas en mi piel
, le susurré al oído, mi aliento cálido contra su cuello. Él inhaló profundo, su mano subiendo por mi muslo. Se ve chingona, amor. Suave como terciopelo, murmuró, voz ronca.

Nos besamos en la entrada, labios chocando con hambre contenida. Su lengua sabía a menta del chicle que mascaba en el camino, y yo a café de la tarde. Sus manos exploraban, apretando mis nalgas, levantándome contra la pared. Sentí su dureza presionando mi entrepierna, un pulso caliente que me hizo gemir bajito. Ponle freno, cabrón, que la cena se enfría, mentí, riendo mientras lo empujaba hacia la sala.

La mesa estaba puesta con tacos de arrachera que pedí de La Vicu, velas parpadeando y una botella de tequila reposado. Pero la tensión ya estaba ahí, espesa como el humo de las velas. Comimos sentados cerca, pies rozándose bajo la mesa. Cada bocado era una excusa para mirarnos, para que su pie subiera por mi pantorrilla. ¿Cuánto te costó ese Tri Luma, eh? Porque valió oro, dijo él, lamiendo salsa de sus labios. Le conté del tri luma precio, cómo lo busqué en línea y terminé pagando en la farmacia de Polanco, sintiéndome como una diosa invirtiendo en mí misma.

Pero el verdadero precio lo estoy pagando ahora, contigo, respondí, mi voz temblando de anticipación. Su mirada se oscureció, y de un trago se levantó, tirándome a sus brazos. Caímos en el sofá, cuerpos enredándose. Sus besos bajaron por mi cuello, lengua trazando la curva de mi hombro donde la piel brillaba nueva. Huele rico, como a jazmín y deseo, gruñó, inhalando mi escote.

Acto uno del deseo: la provocación. Le quité la camisa, uñas arañando su espalda tatuada con un águila chida. Su piel era salada al gusto, músculos tensos bajo mis palmas. Yo me recargué, abriendo las piernas para que él se arrodillara. Mírame bien, Javier. Todo esto por el Tri Luma. Él rio, manos subiendo el vestido, besos húmedos en mis muslos internos. El roce de su barba me erizó, un fuego lento extendiéndose.

Mi mente daba vueltas:

¿Por qué carajos esperé tanto? Esta piel nueva me hace sentir invencible, lista para devorarlo
. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes. Toqué su cabello, jalándolo suave para guiarlo más arriba. Su boca encontró mi centro a través de la tanga, aliento caliente humedeciendo la tela. Gemí, arqueándome, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Escalada en el medio acto: la lucha interna cedía al torrente. Me incorporé, quitándome el vestido de un tirón. Desnuda salvo por las luces suaves, me paré frente a él. ¿Te gusta el precio que pagué? pregunté, girando para mostrarle la espalda, nalgas firmes ahora sin sombras. Javier se desabrochó el pantalón, liberando su verga erecta, venas pulsantes. La tomé en mano, piel aterciopelada y dura, un contraste que me mojó al instante.

Lo empujé al sofá, montándolo despacio. Sentí cada centímetro abriéndome, llenándome con un estirón delicioso. ¡Ay, wey! Así, cabrón, jadeé, moviéndome en círculos. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo, pulgares presionando donde el Tri Luma había obrado milagros. Sudor perlando su frente, olor a hombre excitado invadiendo mis sentidos. Besos desordenados, dientes mordiendo labios, lenguas danzando salvajes.

El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. Aceleré, pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él gruñía, ¡Más rápido, morra! Te sientes como fuego. Mi interior se contraía, olas de placer construyéndose. Vi estrellas cuando exploté, grito ahogado contra su boca, jugos corriendo por sus bolas. Él me siguió segundos después, caliente dentro de mí, cuerpo temblando en espasmos.

Afterglow en el final: nos quedamos unidos, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Pasé dedos por su cabello húmedo, oliendo a sexo y tequila. El tri luma precio fue barato comparado con esto, susurró él, besando mi piel renovada. Reí bajito, sintiéndome plena, empoderada.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando perezosamente. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de todo y nada. Gracias por motivarme a usarlo, le dije, acurrucada. Él sonrió: Yo gracias por el show, reina.

Al amanecer, con el sol tiñendo la habitación de oro, supe que el verdadero precio era el placer compartido. Mi piel no era solo más clara; era más mía, lista para más noches como esta. Neta, el Tri Luma valió cada peso.

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