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Triste Cancion Letra El Tri Noche Ardiente

6007 palabras

Triste Cancion Letra El Tri Noche Ardiente

La noche en la Condesa estaba viva, con ese rollo bohemio que tanto me gustaba. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas, y el aire traía olor a tacos al pastor y a cerveza fría. Entré al bar La Diabla, un lugar chido donde siempre ponían rola de rock mexicano. Me senté en la barra, pedí un chela, y justo en ese momento empezó a sonar Triste Canción de El Tri. Esa triste canción letra El Tri que tanto me calaba hondo, con su guitarra rasposa y la voz de Álex Lora que parecía un lamento del alma.

Yo, Marco, de treinta y tantos, acababa de salir de una bronca con mi ex, pero neta, esa rola me ponía nostálgico. Miré alrededor y ahí estaba ella: Daniela, con el cabello negro suelto cayéndole por los hombros, ojos cafés que brillaban como estrellas en la penumbra. Vestía una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente para que mi pulso se acelerara. Pidió un margarita y se giró hacia mí cuando la rola llegó al coro.

"¿No te pasa que a veces una canción te recuerda lo que perdiste?"

Me dijo con una sonrisa pícara, su voz suave como terciopelo. Le contesté que sí, que esa triste canción letra El Tri era como un puñetazo al pecho. Hablamos de la letra, de cómo hablaba de amores rotos pero con esa fuerza rockera que te hace querer seguir. La química fluyó como tequila bueno: risas, miradas que se clavaban, roces casuales de manos al brindar. Su piel olía a vainilla y algo más, un aroma que me erizaba los vellos.

Salimos del bar tomados de la mano, el fresco de la noche nos envolvió. Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, platicando de todo y nada. "Ven, te muestro mi rincón", me dijo, abriendo la puerta de un lugar elegante, con plantas y luces tenues. Puso música baja, y adivina qué: otra vez El Tri, pero más suave. Nos sentamos en el sofá, nuestras piernas se rozaron, y sentí el calor de su muslo contra el mío.

Acto uno cerrado: el deseo ya ardía, pero lento, como el fuego que se aviva con paciencia.

En el sofá, Daniela se acercó más. Su aliento mentolado me rozó el cuello mientras susurraba: "Wey, esa canción me pone triste, pero contigo quiero algo diferente". La besé, suave al principio, saboreando sus labios carnosos, dulces como tamarindo. Sus manos subieron por mi espalda, uñas arañando levemente la camisa. Yo le acaricié el cabello, bajando a su nuca, sintiendo los latidos de su corazón acelerados contra mi pecho.

Nos fuimos desvistiendo despacio, entre besos que se volvían hambrientos. Su blusa cayó, revelando senos firmes, pezones oscuros que se endurecían al aire. Los besé, chupé, oyendo sus gemidos bajos, como un ronroneo. "Qué rico, Marco, no pares", murmuró. Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra los jeans. Ella la tocó por encima, masajeando con maestría, haciendo que mi respiración se entrecortara.

La llevé a la cama, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Olía a sudor limpio y excitación, ese musk que enloquece. Me tumbé sobre ella, piel contra piel, sintiendo la suavidad de sus curvas, el calor húmedo entre sus piernas. Rozamos, frotamos, construyendo tensión. "Te quiero adentro, carnal", dijo con voz ronca. Pero esperé, lamiendo su cuello, bajando por su vientre, hasta llegar a su panocha, jugosa y lista. La saboreé, lengua danzando en su clítoris, oyendo cómo jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo.

Internamente, luchaba: la tristeza de la canción rondaba mi mente, pero su placer la ahogaba. Esto es real, esto quema, pensé. Ella me jaló arriba, guiándome. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, cálida y resbaladiza. Gemimos juntos, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación, mixto con la música lejana.

El medio acto escalaba: ritmo lento a rápido, sudor perlando nuestras pieles, olores mezclados, sabores salados en besos furiosos.

La noche se volvió un torbellino. Daniela se montó encima, cabalgándome con furia, sus senos rebotando, cabello volando. Agarré sus nalgas firmes, guiándola, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi verga. "¡Chíngame más duro, pendejo!", gritó juguetona, y yo obedecí, embistiéndola desde abajo. El placer crecía, como una ola en el Pacífico, inevitable.

Cambié posiciones: de lado, ella de espaldas, mi mano en su clítoris mientras la penetraba profundo. Sus paredes internas pulsaban, ordeñándome. Olía a sexo puro, a nenes mojados y piel caliente. Lamí su oreja, susurrando la letra de la canción: "Triste canción, pero esta noche no". Ella rio entre gemidos, volteó y me besó con lengua invasora.

El clímax se acercaba. La puse boca abajo, entrándola por atrás, mis bolas golpeando su culo redondo. Ella se arqueó, gritando mi nombre. "¡Me vengo, Marco, no pares!". Su orgasmo la sacudió, contrayéndose en espasmos que me llevaron al borde. Me corrí dentro, chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando, visión nublada por el éxtasis.

Caímos exhaustos, jadeantes. Su piel pegajosa contra la mía, corazón latiendo al unísono. El silencio roto solo por nuestras respiraciones.

En el afterglow, Daniela se acurrucó en mi pecho, trazando círculos con el dedo. "Neta, esa triste canción letra El Tri nos unió, ¿no?". Reí bajito, besando su frente. La melancolía de la rola ahora parecía lejana, transformada en algo dulce. Hablamos de volver a vernos, de conciertos, de noches como esta. El sol empezaba a filtrarse, pintando su piel de oro.

Me vestí con ella mirándome, ojos perezosos pero satisfechos. En la puerta, un beso largo, prometedor. Salí a la calle, el aire fresco lavando el sudor de la noche. La triste canción letra El Tri seguía en mi cabeza, pero ya no dolía; era un himno a la pasión encontrada en la oscuridad.

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