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Clasificación Ardiente de la Tríada Ecológica

6899 palabras

Clasificación Ardiente de la Tríada Ecológica

Estaba en la selva de Chiapas, ese pedazo de paraíso verde y húmedo que te envuelve como un abrazo pegajoso. Yo, Alejandra, bióloga de veintiocho años, con el cabello recogido en una coleta desordenada y la camisa de algodón pegada a la piel por el sudor. Hacía meses que Marco y yo trabajábamos juntos en el proyecto de vectores. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que te desnudan sin decir ni madres, era el carnal perfecto para la chamba. Pero últimamente, la tensión entre nosotros se sentía como la humedad del aire: espesa, inevitable.

Habíamos terminado el muestreo del día, capturando moscos en la red. Ahora, en la cabaña rústica del campamento, el sol se colaba por las ventanas de madera, pintando rayas doradas en el piso. Olía a tierra mojada, a hojas machacadas y a ese aroma terroso que solo la selva mexicana te da. Marco se quitó la camiseta, quedándose en playera, y yo no pude evitar checarle los músculos del pecho, marcados por el esfuerzo del día.

Qué wey tan chido, pensé, mientras sacaba las cervezas frías de la hielera. Nos sentamos en las sillas de plástico, con las piernas rozándose accidentalmente. O no tan accidental.

—Oye, carnala, ¿me explicas otra vez lo de la clasificación de la tríada ecológica? —me dijo Marco, con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Neta, cada vez que lo platicamos, me prende el cerebro.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. La tríada ecológica: agente, huésped y ambiente. Tan simple, tan perfecto para describir cómo se arma una enfermedad. Pero hoy, con el calor y su mirada clavada en mí, todo se sentía más... personal.

—Va, pendejo —le contesté juguetona, acercándome un poco más—. El agente es lo que causa el desmadre, como un virus cabrón. El huésped es el que lo recibe, el pobre infeliz. Y el ambiente es todo lo que los une: temperatura, humedad, la neta del lugar.

Su rodilla tocó la mía, y no la quité. El roce era eléctrico, como una corriente selvática.

La noche cayó rápido, como siempre en la selva. Cenamos tacos de carnitas que preparamos en la estufa de gas, con salsa bien picosa que nos hacía sudar más. El sonido de los grillos y las ranas croando afuera era como una sinfonía cachonda, un fondo perfecto para lo que se cocía entre nosotros. Después de unas chelas, nos sentamos en la cama king size de la cabaña —la única que había, por cuestiones de "logística del campamento", decía el jefe.

Marco se recargó en la cabecera, con las piernas abiertas, invitándome sin palabras. Yo me quité las botas, sintiendo el piso fresco bajo los pies.

¿Y si le entro? ¿Y si esta tríada se arma entre nosotros?
pensé, con el corazón latiéndome a mil.

—Sigue con la clasificación de la tríada ecológica, Ale —murmuró, extendiendo la mano para acariciar mi brazo—. Pero aplícala a... nosotros.

Me subí a la cama, gateando hacia él despacio. Mi blusa se abrió un poco, dejando ver el encaje negro de mi brasier. Olía a su sudor limpio, mezclado con el jabón de coco que usábamos. —Tú eres el agente, Marco. Ese virus que me infecta, que me hace arder por dentro.

Él jadeó, jalándome hacia su pecho. Sus manos grandes, callosas por el trabajo de campo, subieron por mi espalda. Sentí su aliento caliente en el cuello, oliendo a cerveza y deseo. —Y tú, ¿el huésped? ¿Mi receptora perfecta?

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Su lengua sabía a picante y a él, invadiéndome suave pero firme. Gemí bajito, el sonido perdido en su boca. Sus dedos desabrocharon mi blusa, exponiendo mi piel al aire húmedo. Pezones duros como piedras bajo su mirada.

Me quitó la blusa y el brasier con maestría, lamiendo mi cuello mientras sus manos amasaban mis tetas. Chin güey, qué rico. El ambiente era perfecto: la selva rugiendo afuera, el calor envolviéndonos, el olor a sexo empezando a flotar.

La cosa escaló rápido, pero con esa tensión que te hace roer las uñas de emoción. Marco me volteó bocarriba, besando mi barriga, bajando hasta mis shorts. Yo arqueé la espalda, sintiendo sus dientes rozando mi piel. —El ambiente nos está jodiendo, Ale —susurró contra mi ombligo—. Esta humedad, este calor... nos obliga a unirnos.

Reí entre jadeos, jalándole el pelo. —¡Ponte vergas, agente mío! Clasifícame toda.

Me desvistió completa, y yo lo hice con él. Su verga saltó libre, dura y venosa, palpitando al aire. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como el mío. Él se hincó entre mis piernas, oliendo mi excitación. —Hueles a selva mojada, princesa —dijo, antes de enterrar la cara ahí.

Su lengua era un torbellino: lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios, metiendo dedos que me abrían como un secreto. Gemí fuerte, agarrando las sábanas húmedas. El sonido de su succión, chapoteante, se mezclaba con mis ayes.

Neta, este wey me va a matar de placer
. Sentía el sudor resbalando por mi espalda, el olor almizclado de mi propia leche mezclándose con el suyo.

No aguanté más. Lo empujé hacia arriba, montándome encima. Su verga rozó mi entrada, resbalosa y lista. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme. —¡Ay, cabrón! —grité, mientras él agarraba mis caderas.

Cabalgaba como loca, tetas rebotando, su mirada clavada en mí. El slap-slap de piel contra piel era música pura. Él se incorporó, mamando mis pezones, mordisqueando suave. El ambiente nos apretaba: aire pesado, grillos testigos, nuestro sudor lubricando todo.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Cada empujón era una clasificación perfecta: agente penetrando huésped en el ambiente ideal. Sentía sus bolas golpeando mi culo, su aliento en mi oreja. —Te voy a llenar, Ale. Completa la tríada.

El clímax llegó como un trueno selvático. Me corrí primero, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo, soltándose dentro con chorros calientes que me inundaron. Colapsamos, jadeando, piel pegada a piel.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados bajo la sábana ligera. El ambiente se calmó: grillos suaves, brisa nocturna trayendo olor a flores. Marco me besó la frente, su mano acariciando mi pelo.

—La clasificación de la tríada ecológica nunca fue tan chingona —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, sintiendo su semen resbalando entre mis piernas, marca de nuestra unión.

Esto no es solo un polvo. Es equilibrio perfecto
. La selva afuera parecía aprobarlo, con un mono aullando lejano. Mañana seguiríamos la chamba, pero ahora sabíamos que agente, huésped y ambiente se habían fundido en algo más grande. Algo nuestro, consensual, ardiente y mexicano hasta los huesos.

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