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Deseos Desatados en Agia Triada Monastery

6635 palabras

Deseos Desatados en Agia Triada Monastery

Llegas al Agia Triada Monastery con el sol del mediodía besando las colinas de Creta, el aire cargado de sal marina y un leve aroma a olivo quemado. El viento juguetón te revuelve el cabello mientras subes la escalinata empedrada, flanqueada por cipreses altos que parecen guardianes silenciosos. Órale, piensas, este lugar es de otro mundo, con sus cúpulas doradas brillando como promesas prohibidas y el eco distante de campanas que vibra en tu pecho. Eres Ana, una chilanga de treinta y tantos, escapando del pinche ajetreo de la Ciudad de México por unas vacaciones solitarias. Buscabas paz espiritual, pero algo en el ambiente te despierta un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Adentro, el patio empedrado huele a incienso fresco y hierbas secas, y el tacto frío de la piedra bajo tus sandalias te eriza la piel. Te detienes frente a una fuente, el agua cristalina borboteando como un susurro íntimo. Ahí lo ves: Dimitris, un griego moreno de ojos negros como la medianoche, con una sonrisa que promete pecados disfrazados de inocencia. Lleva una camisa blanca ajustada que marca sus hombros anchos y pantalones que dejan poco a la imaginación. Es guía del monasterio, te dice con acento ronco mientras te ofrece una botella de agua fría.

No mames, wey, este cuate está cañón. ¿Qué no debería estar pensando en rezos en vez de en cómo se sentiría su boca en mi cuello?

Hablan. Él te cuenta historias del Agia Triada Monastery, de monjes ascetas y leyendas de amores ocultos entre las ruinas. Su voz grave te envuelve como humo de tabaco, y cuando su mano roza la tuya al pasarte un mapa, sientes un chispazo eléctrico que te humedece de golpe. Consiente, Ana, consiente, te dices, porque todo fluye natural, sin presiones. Te invita a un tour privado por los senderos cercanos, "para ver el atardecer desde lo alto". Aceptas, el corazón latiéndote como tamborazo en una fiesta de pueblo.

El camino serpentea entre olivares plateados, el sol tiñendo todo de naranja y púrpura. El crujido de las hojas secas bajo tus pies se mezcla con el rumor del mar abajo, y el sudor perla tu escote, pegando la blusa ligera a tus curvas. Dimitris camina cerca, su aroma a jabón de lavanda y hombre maduro invadiendo tus sentidos. Conversan de todo: de tacos al pastor que extrañas, de souvlaki que él promete cocinarte. Ríen, y de pronto, en un claro con vista al acantilado, se detiene. Sus ojos te devoran despacio, bajando por tus pechos, tu cintura, hasta las caderas que se mecen solas.

"Eres fuego, Ana", murmura en inglés mezclado con griego, pero tú respondes en español juguetón: "Y tú, pendejo, me estás prendiendo como yesca". Se acerca, su aliento cálido en tu oreja, y cuando sus labios rozan los tuyos, explotas. El beso es hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo crudo. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando a apretar tus nalgas con fuerza consentida, y tú gimes contra su boca, el sonido ahogado por el viento.

¡Qué rico! Su verga ya se siente dura contra mi panza. Quiero que me rompa en dos, pero poquito a poco, que dure la fiesta.

El middle del deseo se enciende como fogata en noche de muertos. Te empuja suave contra un olivo rugoso, la corteza áspera mordiendo tu piel a través de la tela fina, un contraste delicioso con sus palmas suaves. Le arrancas la camisa, revelando un pecho velludo y musculoso que hueles como tierra fértil después de lluvia. Tus uñas arañan leve, dejando surcos rojos que él gruñe de placer. Baja tus tirantes, libera tus tetas al aire libre; el pezón se endurece al instante con la brisa marina, y su boca lo captura, chupando con succiones que te arquean la espalda. Pinche delicia, su lengua es un torbellino.

Tus manos bajan a su cinturón, lo desabrochas con dedos temblorosos de anticipación. Su verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando con calor que te hace salivar. La acaricias despacio, sintiendo cada vena bajo tu palma, el prepucio suave deslizándose. Él jadea tu nombre, "Ana, sí", y te voltea de cara al mar. Te baja el short, exponiendo tu concha empapada al viento salado. Sus dedos exploran, rozando el clítoris hinchado, metiéndose adentro con un chapoteo húmedo que te hace gemir fuerte. El olor a sexo se mezcla con el yodo del océano, embriagador.

La tensión sube como olla exprés. Te arrodillas en la hierba suave, el rocío fresco mojando tus rodillas, y lo engulles. Su verga llena tu boca, salada y musculosa, empujando contra tu garganta mientras él enreda dedos en tu pelo. Chupas con hambre, lengua girando en la cabeza sensible, bolas pesadas en tu mano. Él gime en griego antiguo, caderas bombeando suave, todo mutuo, empoderador. Te pone de pie, te levanta contra el árbol, piernas alrededor de su cintura. Entras en él de un solo jalón, estirándote deliciosamente, paredes apretando su grosor.

Follan con ritmo salvaje pero controlado. Cada embestida es un trueno: piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu culo, jugos chorreando por tus muslos. Sientes cada centímetro, el roce en tu punto G que te hace ver estrellas. El sol se hunde en el mar, tiñendo vuestros cuerpos de rojo sangre, sudor goteando y mezclándose. Tus pechos rebotan contra su pecho, pezones rozando vello áspero. Él te muerde el hombro, tú le clavas uñas en la espalda. ¡Más fuerte, cabrón, dame todo! gritas en tu mente, y él obedece, acelerando hasta que el clímax te parte en dos.

Me vengo como volcán, concha convulsionando alrededor de su verga, chorros calientes salpicando.

Explota dentro, semen espeso llenándote en pulsos calientes, gimiendo tu nombre como oración pagana. Colapsan juntos en la hierba, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes sincronizadas. El afterglow es puro éxtasis: su piel pegajosa contra la tuya, olor a semen y sudor envolviéndolos, el mar rugiendo aprobación abajo. Te besa la frente, suave ahora, y tú ríes bajito, "Qué chido fue eso, wey".

Se visten lento, miradas cómplices. Caminan de regreso al Agia Triada Monastery con las piernas flojas, el monasterio ahora un testigo silencioso de su secreto. Piensas en el vuelo de regreso a México, en cómo este recuerdo te calentará noches frías. No hay culpas, solo satisfacción plena, un capítulo ardiente en tu vida de mujer libre. El viento susurra promesas de más aventuras, y tú sonríes, saboreando el regusto salado en tus labios.

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