Reviviendo el Pasado Try
La brisa salada de Playa del Carmen me acariciaba la piel mientras caminaba por la arena tibia al atardecer. El sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi vestido ligero ondeando contra mis muslos, sentía un cosquilleo familiar en el estómago. Hacía años que no veía a Marco, pero ahí estaba él, esperándome en esa palapa frente al mar, con su sonrisa pícara que siempre me desarmaba.
¿Y si esta vez sí? pensé, recordando nuestro pasado try, esa noche loca en la fiesta de fin de año donde nos besamos como poseídos, pero el alcohol y los amigos nos interrumpieron justo cuando la cosa se ponía cañona. Neta, ese intento fallido me había dejado con un vacío que ninguna otra aventura llenó. Ahora, solteros los dos, el destino nos cruzaba de nuevo en este paraíso caribeño.
—¡Órale, Ana! —gritó él al verme, levantándose de la mesa con los brazos abiertos. Su voz grave retumbó en mi pecho, y el olor a su colonia mezclada con sal marina me invadió las fosas nasales—. Sigues igual de perrón, ¿eh?
Me reí, abrazándolo fuerte. Su cuerpo duro contra el mío era puro fuego. Sentí sus manos en mi espalda baja, rozando apenas la curva de mis nalgas, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Nos sentamos con unas chelas frías, el sonido de las olas rompiendo suave de fondo, y platicamos de todo: el pinche trabajo en la Ciudad de México, las broncas familiares, las aventuras que no contábamos a nadie.
Pero el aire entre nosotros vibraba con lo no dicho. Cada mirada suya bajaba a mis labios, a mis pechos que el vestido ceñido marcaba sin piedad. Yo cruzaba las piernas, sintiendo la humedad creciente entre ellas, el roce de la tela contra mi piel sensible.
Este cabrón siempre supo cómo encenderme. Ese pasado try fue solo el principio. Hoy no hay interrupciones, neta.
La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas. Pedimos tacos de mariscos, jugosos y picantes, con limón que chorreaba por mis dedos. Él me limpió la comisura de la boca con el pulgar, y ese toque inocente me hizo jadear bajito. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos.
—¿Te acuerdas de nuestro pasado try? —susurró, su aliento cálido con sabor a cerveza y chile—. Esa noche quise comerte entera, pero...
—Pero los pendejos de tus cuates llegaron —completé, mordiéndome el labio—. ¿Y si lo revivimos?
Su mano se posó en mi muslo desnudo bajo la mesa, subiendo lento, explorando. La piel se me erizó, el pulso latiendo fuerte en mi cuello. Chécatelo, pensé, esto va en serio.
Acto seguido, pagamos y caminamos hacia su bungaló en la playa, de la mano como adolescentes. El camino era un sendero iluminado por antorchas, el aroma a coco y jazmín flotando en el aire húmedo. Mi corazón tronaba, los pezones duros rozando la tela, anticipando lo que vendría.
Adentro, la habitación era un nido de lujo: cama king size con sábanas blancas crujientes, ventiladores girando perezosos, y la puerta al mar abierta dejando entrar la sinfonía de las olas. Marco me jaló contra él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a sal, a tequila y deseo puro. Su lengua danzó con la mía, explorando, mientras sus manos desataban el nudo de mi vestido.
Caí de rodillas sobre la alfombra suave, el vestido pooling a mis pies. Desnuda salvo por las sandalias, me miró como si fuera un manjar. Soy suya esta noche, pensé, empoderada por su hambre.
—Eres una diosa, Ana —gruñó, quitándose la camisa. Su pecho moreno, musculoso por las horas en el gym, brillaba con sudor ligero. Olía a macho, a feromonas que me mareaban.
Lo empujé a la cama, trepándome encima. Mis uñas arañaron su piel, dejando marcas rojas que lo hicieron gemir. Besé su cuello, lamiendo el sabor salado, bajando por su torso hasta el borde de sus shorts. Él jadeaba, las manos enredadas en mi cabello negro largo.
—Qué rica, pinche mamacita —murmuró, mientras yo liberaba su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, las venas hinchadas. La lamí de abajo arriba, saboreando el precum salado, y él arqueó la espalda con un rugido gutural.
Me chupó como loco, su boca experta en mi clítoris hinchado. El placer era eléctrico, oleadas subiendo desde mi panochita empapada. Gemí alto, el sonido mezclándose con el mar afuera. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, el punto que me volvía loca. Neta, este wey sabe.
Olvida el pasado try. Esto es real, crudo, nuestro.
La tensión crecía como una tormenta. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada pulgada, el roce ardiente, el llenado completo que me arrancó un grito.
—¡Más! —supliqué, empujando contra él. Empezó a bombear, lento al principio, el slap de piel contra piel resonando. Sudor nos cubría, goteando, mezclándose. Olía a sexo, a mar, a nosotros. Agarró mis caderas, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.
Yo me tocaba, frotando furiosa, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Él gruñía palabras sucias: —Te voy a llenar, cabrona deliciosa. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando pezones, enviando chispas por todo mi cuerpo.
El clímax me golpeó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, gritando su nombre mientras chorros de placer me mojaban las sábanas. Él siguió, profundo, hasta que explotó dentro, caliente, pulsando, marcándome como suyo.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, un recordatorio íntimo. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mar cantaba su lullaby afuera, la brisa secando nuestro sudor.
—Ese pasado try valió la pena esperar —dijo él, acariciando mi mejilla.
Yo sonreí, el corazón lleno. —Simón, y este es solo el comienzo, carnal.
Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos venció, envueltos en el afterglow de un deseo finalmente consumado. Mañana, quién sabe, pero esta noche era perfecta, empoderadora, nuestra.