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Cant Blame A Girl For Trying Ukulele

8066 palabras

Cant Blame A Girl For Trying Ukulele

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. La fiesta en la playa estaba en su apogeo: risas de güeyes y morras bailando al ritmo de la cumbia rebajada que salía de los bocinas, el olor a mariscos asados mezclándose con el humo de las fogatas improvisadas. Yo, Ana, con mi vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a mis curvas por el calor húmedo, no podía quitarle los ojos de encima a él. Se llamaba Marco, un moreno alto y atlético, con tatuajes que asomaban por su camisa desabotonada y una sonrisa que prometía travesuras. Tocaba la guitarra con dedos hábiles, haciendo que las cuerdas vibraran como si fueran extensiones de su cuerpo.

Estaba sentada en una silla de playa, con una chela fría en la mano, sintiendo el condensado resbalar por mis dedos. ¿Por qué no? pensé, mientras mi corazón latía un poco más rápido cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos. Vi un ukelele viejo tirado en una mesa cercana, rodeado de botellas vacías. Nunca había sido una experta, pero había practicado lo suficiente en mi depa de Guadalajara para sacar unas notas decentes. Me levanté, el arena caliente quemándome las plantas de los pies, y lo agarré. Sus cuerdas finas y suaves bajo mis yemas me recordaron lo delicado que podía ser el placer antes de volverse intenso.

Cant blame a girl for trying ukulele

Me repetí en inglés, como un mantra juguetón que me había inventado una noche sola con una botella de tequila. ¿Qué tenía de malo intentarlo? No le iba a comer vivo, solo quería que me notara de verdad. Me acerqué al círculo donde Marco rasgueaba, el calor de los cuerpos a mi alrededor subiendo la temperatura. Empecé a tocar una melodía suave, algo hawaiano mezclado con un son jalisciense que improvisé sobre la marcha. Mis dedos titubeaban un poco, pero el sonido era dulce, vibrante, como un susurro erótico en la noche.

Él levantó la vista, sus ojos oscuros clavándose en mí. Sonrió, esa curva pícara en sus labios que me hizo apretar los muslos instintivamente. Siguió tocando, uniéndose a mi ritmo. La guitarra grave respondiendo al ukelele agudo, creando una armonía que hacía que el aire se cargara de electricidad. La gente alrededor empezó a aplaudir, pero yo solo lo veía a él. El sudor perlaba su frente, goteando por su cuello hasta perderse en el vello de su pecho. Olía a sal, a protector solar y a hombre, un aroma que me mareaba más que la chela.

—Órale, morra, ¿de dónde sacaste ese flow? —me dijo cuando terminamos la pieza, su voz ronca cortando el bullicio.

—Práctica solitaria —respondí con una guiñada, sintiendo el rubor subir por mi cuello—. Pero no le culpo a una chava por intentarlo con ukelele, ¿verdad?

Se rio, un sonido grave que vibró en mi pecho. Se acercó más, su mano rozando la mía al tomar el ukelele para probarlo. Sus dedos callosos contra mi piel suave enviaron chispas directas a mi entrepierna. Hablamos un rato, de música, de viajes por la costa, de cómo la vida en la playa te hace sentir vivo. Cada palabra era un pretexto para mirarnos, para que su mirada bajara a mis labios, a mis pechos que subían y bajaban con cada respiración acelerada. El deseo crecía lento, como la marea subiendo, lamiendo la arena.

La noche avanzó y la fiesta se volvió más íntima. Bailamos pegados, su cadera contra la mía al ritmo de un reggaetón sensual. Sentía su dureza presionando contra mi vientre, su aliento caliente en mi oreja mientras me susurraba tonterías calientes.

—Estás cañona, Ana. Me traes loco con ese ukelele y esa sonrisita.

Mi cuerpo respondía sin permiso: pezones endurecidos rozando la tela del vestido, humedad acumulándose entre mis piernas. Lo jalé hacia una zona más apartada de la playa, donde las palmeras formaban un cortinado natural. Nos besamos allí por primera vez, sus labios firmes y salados devorando los míos, su lengua explorando con urgencia contenida. Manos por todas partes: las suyas amasando mis nalgas, las mías enredándose en su cabello húmedo. Gemí contra su boca, el sabor a cerveza y mar en nuestra saliva mezclándose en un beso que sabía a promesas.

—Vamos a mi cabaña —murmuró, su voz entrecortada—. No aguanto más.

—Sí, güey, llévame —jadeé, mi pulso retumbando en mis oídos como tambores.

La caminata fue un tormento delicioso, sus manos no paraban de tocarme, subiendo por mis muslos bajo el vestido, rozando el encaje de mis calzones. La cabaña era sencilla pero chida: madera oscura, hamaca en el porche, el sonido de las olas rompiendo de fondo. Adentro, luz tenue de velas, olor a sándalo quemándose. Me quitó el vestido con lentitud agonizante, sus ojos devorando cada centímetro de mi piel desnuda. Yo le arranqué la camisa, lamiendo el sudor de su pecho, saboreando la sal y el leve amargor de su piel.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra nuestra piel ardiente. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, chupando hasta dejar marcas rosadas. Mis uñas se clavaron en su espalda musculosa mientras lamía mis pezones, succionándolos con una presión que me hacía arquear la espalda. Chingado, qué rico, pensé, mi mente nublada por el placer. Sus dedos encontraron mi centro, resbaladizos por mi excitación, frotando mi clítoris en círculos lentos que me hacían jadear.

—Estás empapada, mi amor —gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de gusto.

—Más, Marco, no pares —supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su mano.

El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle de mi arousal, su verga dura liberada de los shorts, goteando pre-semen que lamí con avidez. Su sabor era intenso, masculino, con un toque salado que me volvió loca. Lo chupé profundo, sintiendo sus venas pulsar en mi lengua, sus gemidos roncos animándome. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró en mí de un solo empujón suave pero firme. Llenándome por completo, estirándome deliciosamente. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando como música obscena.

El ritmo aumentó, sus manos en mis caderas, jalándome contra él. Sudor goteando de su frente a mi espalda, su aliento en mi nuca mientras me decía guarradas al oído:

—Te cojo tan rico, morra. Tu panocha me aprieta como guante.

Yo respondía con gritos ahogados, el placer acumulándose como una ola gigante. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sentía cada vena de su verga dentro de mí, el roce perfecto llevándome al borde. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo me movía, nuestros cuerpos resbalosos pegándose y despegándose.

El clímax llegó como un tsunami. Me corrí primero, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo mientras gritaba su nombre, el placer explotando en chispas blancas detrás de mis ojos. Él me siguió segundos después, gruñendo profundo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel, el corazón latiendo al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados bajo las sábanas revueltas, el ventilador zumbando perezosamente. Su mano trazaba círculos en mi vientre, mi cabeza en su pecho escuchando los latidos calmarse. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y mar.

—Fue chingón, Ana. Ese ukelele fue el mejor gancho —dijo riendo bajito.

No le culpo a una chava por intentarlo —susurré, besando su piel—. Y funcionó de maravilla.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas de más música y más cuerpos entrelazados. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que había valido la pena cada nota torpe del ukelele. La vida en la playa era así: tentativa, sensual, inolvidable.

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