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La Triada de Putti Desnudas

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La Triada de Putti Desnudas

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel mientras caminaba por la playa. El olor a salitre y coco frito del puesto cercano me hacía salivar. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un viaje de negocios y lo último que esperaba era toparme con ellas. La triada de putti, como las llamaban en el pueblo por sus curvas suaves y redondas como ángeles regordetes renacentistas, pero de las que despiertan pecados capitales. Ana, Bea y Carla, tres morenas voluptuosas con pieles bronceadas que brillaban bajo el sol, risas contagiosas y ojos que prometían travesuras.

Las vi desde lejos, tendidas en la arena con bikinis diminutos que apenas contenían sus pechos generosos y caderas anchas. Ana, la más juguetona, con su cabello negro suelto ondeando al viento; Bea, de ojos verdes y labios carnosos que mordisqueaba con picardía; Carla, la alta con nalgas que se movían como olas al caminar. Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad. ¿Qué pedo carnal? ¿No me invitan a la fiesta? les dije, con esa sonrisa pendeja que siempre me saca de apuros.

Ellas se incorporaron, sus cuerpos temblando suavemente, como gelatina viva.

¡Mira nada más qué galán! Ven, siéntate con nosotras, Alejandro. Todos te conocemos del bar del hotel
, soltó Ana, palmeando la arena a su lado. El calor de sus cuerpos cercanos ya me erizaba la piel. Hablamos de tonterías, de la fiesta nocturna en la villa de un amigo, pero sus miradas se cruzaban con las mías cargadas de promesas. El roce accidental de sus muslos contra el mío mandaba chispas por mi espina. Olía a crema solar y a algo más dulce, su sudor mezclado con feromonas que me ponía la verga tiesa bajo los shorts.

La noche cayó rápida, como siempre en la costa. La villa era un paraíso de luces tenues, música de cumbia rebajada retumbando y olor a tacos al pastor flotando. Bailamos, pegados los cuatro, sus curvas presionando contra mí. Bea susurró en mi oído: Estás cañón, cabrón. Nosotras tres te queremos probar. Mi corazón latía como tambor.

Esto es un sueño, no la cagues
, pensé mientras sus manos exploraban mi pecho.

Subimos a una habitación privada, el aire espeso con el aroma de sus perfumes y el mío de sudor fresco. La puerta se cerró con un clic suave. Ana me besó primero, sus labios suaves y calientes como mango maduro, lengua danzando con la mía, sabor a tequila y miel. Bea y Carla observaban, tocándose los pechos por encima de los tops, gemidos bajos que vibraban en el cuarto. Deslicé mis manos por la espalda de Ana, sintiendo la carne mullida, caliente, temblorosa. Quítate eso, mamacita, le pedí, y ella obedeció, dejando caer el bikini. Sus tetas enormes rebotaron libres, pezones oscuros endurecidos.

Bea se acercó por detrás, mordisqueándome el cuello, sus uñas arañando leve mi piel, enviando escalofríos.

Estas putti me van a volver loco, sus cuerpos son puro pecado suave
. Carla se arrodilló, desabrochando mis shorts, liberando mi verga erecta que saltó ansiosa. El aire fresco la rozó, pero su boca caliente la envolvió al instante. Chupaba despacio, lengua girando en la cabeza, saliva tibia resbalando. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el beso de Ana.

Las tumbé en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio contrastando con su piel ardiente. Besé el vientre de Bea, suave como almohada, bajando a su monte de Venus depilado, oliendo a mujer en celo, almizcle dulce. Lamí su clítoris hinchado, botón rosado palpitante, mientras ella arqueaba la espalda, ¡Ay wey, qué rico! No pares. Sus jugos salados inundaban mi boca, muslos apretándome la cabeza.

Ana y Carla se besaban entre sí, tetas frotándose, pezones rozando con chasquidos húmedos. Manos en todas partes: la mía en el culo firme de Carla, la de ella apretando mis huevos. Cambiamos posiciones, yo de rodillas, Ana montándome la cara, su panocha goteando en mi lengua, mientras Bea se empalaba en mi verga. ¡Qué calor! Su interior apretado, húmedo, resbaloso como terciopelo caliente, subiendo y bajando con ritmo de cadera experta. ¡Sí, cabrón, cógeme duro! gritaba Bea, voz ronca.

Carla no se quedaba atrás, frotando su concha contra mi muslo, dejando rastro viscoso, piel contra piel resbalando. El cuarto olía a sexo puro: sudor salado, fluidos dulces, respiraciones agitadas. Gemidos se mezclaban con la música lejana, slap slap de carne contra carne. Rotamos, ahora Carla debajo de mí, piernas abiertas, yo embistiéndola profundo, verga hundiéndose en su calor apretado. Ana y Bea lamiendo sus tetas, mordiendo pezones, manos en mi culo empujándome más adentro.

La triada de putti me envuelve, sus cuerpos blandos me aprietan, no aguanto más
. La tensión crecía, bolas tensas, pulso acelerado en sienes. Carla se corrió primero, gritando ¡Me vengo, pinche rico!, paredes vaginales convulsionando alrededor de mi verga, ordeñándome. Bea se masturbaba viendo, dedos hundidos en su coño chorreante. La volteé a cuatro patas, Ana debajo lamiendo mis huevos mientras yo taladraba a Bea. Su culo redondo temblaba con cada embestida, ondas por sus nalgas putti.

El clímax llegó como ola gigante. Me corrí dentro de Bea, chorros calientes llenándola, ella chillando en éxtasis, cuerpo temblando. Ana me limpió con la boca, tragando lo que goteaba, lengua experta. Nos desplomamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos aplastados contra mí, respiraciones jadeantes calmándose. El aire fresco de la ventilación secaba nuestro sudor, piel pegajosa reluciendo bajo la luz tenue.

Minutos después, risas suaves. Eres un dios, Alejandro. La triada de putti te adoptó, murmuró Carla, besándome la frente. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando de nuevo, pero tierno ahora. Secos, nos vestimos con pereza, promesas de más noches. Bajamos a la fiesta, manos entrelazadas, miradas cómplices.

Al amanecer, en la playa, el sol naciente pintaba el mar de oro. Ellas dormían a mi lado en la arena, cuerpos curvilíneos acurrucados.

Esto no fue un sueño, carnal. La triada de putti cambió mi vida para siempre
. El viento traía olor a mar y a ellas, un recordatorio dulce de la noche inolvidable.

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