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Trío Ardiente del Restaurante en Puerto Vallarta

7372 palabras

Trío Ardiente del Restaurante en Puerto Vallarta

El sol se ponía sobre la bahía de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo vivo. Tú caminabas por la Malecón, el aire salado pegándose a tu piel sudada después de un día de playa. Habías oído hablar del restaurant trio Puerto Vallarta, un lugar chido en la playa donde la noche empezaba con margaritas heladas y terminaba en quién sabe qué. Neta, buscabas algo que te sacara de la rutina vacacional, un poco de adrenalina con sabor a tequila.

Entraste al restaurante, el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena mezclándose con el mariachi lejano y risas de turistas. El aroma a mariscos frescos asados en carbón y limón te abrió el apetito. Te sentaste en la barra de madera pulida, con vista al océano, y pediste un paloma bien fría. El bartender, un moreno de sonrisa pícara, te guiñó el ojo. Órale, qué guapo, pensaste, pero tu atención se desvió cuando una pareja se acercó.

Ella era una morena de curvas que quitaban el hipo, con un vestido rojo ceñido que dejaba ver el bronceado perfecto de sus pechos generosos. Él, alto y atlético, con camisa blanca desabotonada mostrando un pecho tatuado con un águila mexicana. Se llamaban Ana y Marco, locales de Guadalajara que venían a PV por el fin de semana.

¿Será que me miran así nomás o hay onda?
te preguntaste mientras Ana se inclinaba sobre la barra, su perfume a vainilla y coco invadiendo tus sentidos.

Wey, ¿vienes solo? —preguntó Marco con voz grave, su mano rozando casualmente tu brazo. El toque fue eléctrico, como una chispa en la piel húmeda por la brisa marina.

—Sí, buscando aventura —respondiste, sintiendo el pulso acelerarse. Charlaron de todo: la playa, el calor que hacía que la ropa se pegara al cuerpo, las fiestas locas de Vallarta. Ana reía con esa risa ronca que te erizaba la piel, y Marco te contaba anécdotas de tríos en la playa, guiñando el ojo. El alcohol fluía, las miradas se volvían intensas. Bajo la mesa, el pie de Ana rozó tu pantorrilla, subiendo lento, deliberado. Esto va en serio, pensaste, el corazón latiéndote como tambor.

La cena fue un preludio: tacos de mariscos jugosos, el sabor salado explotando en tu boca, el jugo de limón chorreando por tus dedos. Compartían bocados, Ana alimentándote con sus labios rojos, Marco observándote con hambre en los ojos. El restaurante bullía de vida, parejas bailando salsa al ritmo de la banda, pero su mundo era solo ustedes tres. Restaurant trio Puerto Vallarta, murmuraste en tu mente, recordando el rumor de que aquí nacían noches inolvidables.

Después del postre —flan cremoso que Ana lamió de la cuchara con provocación—, Marco susurró:

¿Qué tal si seguimos la fiesta en nuestra suite? Está aquí al lado, con jacuzzi frente al mar.

No dudaste. El deseo ardía en tu vientre como el chile en la salsa.

La caminata a la suite fue torture deliciosa. Ana enlazada a tu brazo izquierdo, Marco al derecho, sus cuerpos rozándote con cada paso. La noche tropical envolvía todo: grillos cantando, aroma a jazmín y sal, el viento caliente lamiendo tu cuello. Entraron al hotel boutique, el lobby iluminado tenue, y subieron al elevador. Ahí, solos, Ana te besó primero. Sus labios suaves, sabor a tequila y miel, la lengua danzando con la tuya. Marco se pegó por detrás, sus manos grandes explorando tu cintura, bajando a tus caderas.

¡Qué chingón! Esto es real, no sueño.

En la suite, las luces bajas pintaban sombras en las paredes blancas. El jacuzzi burbujeaba fuera en la terraza, invitando. Se desvistieron sin prisa, como en un ritual. Ana dejó caer su vestido, revelando lencería negra que apenas contenía sus senos llenos. Marco se quitó la camisa, sus músculos tensos bajo la piel morena. Tú seguías su ritmo, el aire fresco erizando tu piel desnuda. Su tacto es fuego, sentiste cuando Ana te jaló a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves como caricia.

El beso de Ana era voraz ahora, mordisqueando tu labio inferior mientras Marco besaba tu cuello, su barba incipiente raspando delicioso. Sus manos everywhere: Ana masajeando tus pechos, pellizcando pezones hasta que gemiste; Marco deslizando dedos entre tus muslos, encontrándote húmeda, lista. —Qué mojada estás, carnalita —gruñó él, voz ronca de deseo.

Rodaron en la cama, cuerpos entrelazados. Tú encima de Ana, lamiendo sus senos, el sabor salado de su sudor mezclado con perfume. Ella arqueaba la espalda, gimiendo ¡ay, sí, así!, sus uñas clavándose en tus hombros. Marco se posicionó detrás, su verga dura presionando tu entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, el estiramiento exquisito te arrancó un grito ahogado.

Neta, nunca sentí algo tan lleno, tan perfecto.

El ritmo empezó suave, como olas del Pacífico. Marco embistiendo profundo, sus bolas golpeando tu clítoris con cada thrust. Ana debajo, chupando tus tetas, sus dedos frotando su propio calor. Cambiaron posiciones: tú de rodillas, Marco en tu boca, su sabor almizclado invadiendo tu lengua mientras Ana lamía tu coño desde atrás, su lengua experta circling tu clítoris hinchado. El sonido de succiones húmedas, gemidos entrecortados, piel chocando llenaba la habitación. El olor a sexo, sudor y arousal flotaba pesado, embriagador.

¡Más fuerte, pendejos! —supliqué, perdida en el placer. Marco aceleró, follando tu boca con control, saliendo para que Ana lo montara. La viste cabalgarlo, sus nalgas rebotando, pechos saltando hipnóticos. Te uniste, sentándote en su cara, su lengua devorándote mientras él la penetraba. Tus jugos chorreaban por su barbilla, el vello de su monte rozando tu ano sensible.

La tensión crecía, coitos como resortes apretados. Internal struggle:

¿Y si es demasiado? No, esto es libertad, puro gozo.
Marco te levantó, te puso contra la pared de vidrio con vista al mar negro. Entró de nuevo, duro, posesivo, mientras Ana se arrodillaba lamiendo donde se unían. El vidrio frío contra tus pechos, el calor de sus cuerpos atrás, olas rompiendo abajo —sensory overload.

Ven conmigo, nena —ordenó Ana, sus dedos en tu clítoris. El orgasmo te golpeó como tsunami: músculos contrayéndose, visión borrosa, grito primal escapando tu garganta. Marco gruñó, llenándote con chorros calientes, su semilla goteando por tus muslos. Ana se vino después, frotándose contra tu pierna, temblando.

Colapsaron en la cama, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas. Marco trajo champagne helado, burbujas explotando en sus lenguas. Ana trazaba patrones en tu piel con uñas pintadas rojo.

El mejor restaurant trio Puerto Vallarta que hemos tenido —rió Marco, abrazándote.

Tú sonreíste, el cuerpo saciado, alma plena. Mirando las estrellas sobre el Pacífico, supiste que esta noche cambiaría todo. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento en la entrega mutua. Mañana, quizás repetirían. Por ahora, dormían pegados, el mar susurrando promesas de más placer.

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