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XXX Esposa Trío Ardiente

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XXX Esposa Trío Ardiente

El sol de Cancún caía como una caricia de fuego sobre la playa de arena blanca, y el olor a salitre se mezclaba con el aroma dulce de las piñas coladas que servían en los chiringuitos. Yo, Javier, estaba recargado en una tumbona, con una cerveza fría en la mano, viendo cómo mi esposa Ana se untaba bloqueador en las piernas. Qué chula está la pinche vieja, pensé, mientras mis ojos recorrían sus curvas morenas, esas nalgas redondas que se marcaban bajo el bikini rojo diminuto. Llevábamos diez años casados, pero cada vez que la veía así, sentía esa cosquilla en el estómago, como el primer día.

Ana levantó la vista y me guiñó un ojo. "¿Qué miras tanto, cabrón? ¿Ya te dieron ganas?" dijo con esa voz ronca que me ponía la piel chinita. Se acercó gateando sobre la arena caliente, sus tetas rebotando un poquito, y me plantó un beso salado en la boca. Neta, esta mujer es puro fuego.

Habíamos llegado de la Ciudad de México hace dos días, escapando del jale y el tráfico infernal. En la noche anterior, tirados en la cama del hotel con el aire acondicionado zumbando bajito, platicamos de fantasías.

¿Y si probamos algo nuevo, amor? Un xxx esposa trío, como en esas pornovideos que vemos a escondidas
, me soltó ella de repente, con las mejillas sonrojadas pero los ojos brillando de picardía. Yo me quedé pasmado, pero la verga se me paró al instante. ¿En serio? ¿Con otro vato? ¿O con una morra? Le pregunté, y ella se rio, mordiéndose el labio. "Con un wey guapo, para que me coja rico mientras tú miras. O mejor, los dos a la vez. ¿Te late?"

La idea nos dejó calientes toda la noche. Hicimos el amor como animales, con el sudor pegándonos la piel y los gemidos ahogados por las sábanas. Pero al día siguiente, en la playa, el deseo seguía latiendo como un tambor en mi pecho.

Entonces apareció él. Marco, un morro de Veracruz, alto, bronceado, con músculos que se marcaban bajo la piel tatuada y una sonrisa de pendejo confiado. Estaba jugando voleibol con unos cuates, y la pelota cayó cerca de nosotras. Ana la levantó, arqueando la espalda de forma que sus pompis quedaron en primer plano. "¡Toma, guapo!" le dijo, lanzándosela con un movimiento coqueto. Él se acercó, oliendo a mar y a loción masculina, y nos invitó a unirnos al juego.

El sol pegaba fuerte, el sudor nos corría por la espalda, y cada salto hacía que los cuerpos chocaran. Sentía el roce de Marco contra Ana, sus manos grandes tomándola de la cintura para estabilizarla. Ya me la puso dura verlo tocarla, admití para mis adentros, mientras el corazón me latía como loco. Ella me lanzaba miradas cargadas de complicidad, como diciendo esto apenas empieza.

Al rato, nos sentamos en la arena con unas chelas heladas. Marco era buena onda, carnal de ley, platicando de sus viajes por la costa y contando chistes verdes que nos hacían reír a carcajadas. Ana se recargaba en mí, pero su pie juguetón rozaba la pierna de él bajo la mesa improvisada de una caja de cooler. El aire se cargaba de tensión, ese olor a piel caliente y excitación que no se puede disimular.

"Oigan, ¿han pensado en un trío alguna vez?" soltó Marco de la nada, con los ojos fijos en las tetas de Ana. Ella se sonrojó pero no se achicó. "Justo platicábamos de eso anoche. ¿Y tú, te animas a ser el tercero en un xxx esposa trío?" Yo asentí, la garganta seca, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Esto va en serio.

Subimos al hotel caminando lento, el viento del mar susurrando promesas. En el elevador, Ana ya besaba a Marco, sus lenguas chocando con un sonido húmedo que me hacía apretar los puños de pura calentura. Yo los veía, oliendo su aliento a menta y cerveza, tocando la nalga de ella por encima del bikini.

En la habitación, las cortinas corridas dejaban entrar rayos de sol que bailaban en el piso de mármol fresco. Ana se paró en medio, quitándose el top con un movimiento lento, dejando libres sus chichis firmes, los pezones duros como piedritas. "Vengan, cabrones. Háganme suya", ordenó con voz de jefa, empoderada y cachonda.

Marco y yo nos desvestimos rápido, las vergas paradas como mástiles. Ella se arrodilló, el olor a su excitación llenando el cuarto, esa esencia dulce y almizclada de panocha mojada. Tomó mi verga primero, chupándola con labios carnosos, la lengua girando alrededor del glande mientras gemía bajito. Su boca es de otro mundo, caliente y resbalosa. Luego pasó a Marco, mamándosela profunda, las manos en sus huevos peludos. Yo la veía, el corazón retumbando, tocándome la verga para no explotar.

La levantamos entre los dos, piel contra piel, sudor mezclándose. La tiré en la cama king size, las sábanas crujiendo bajo su peso. Marco le abrió las piernas, lamiéndole la concha con avidez, el sonido chapoteante de su lengua en los labios hinchados. Ana arqueaba la espalda, clavándome las uñas en los brazos. "¡Ay, sí, chúpame rico! Javier, métemela en la boca". Obedecí, follándole la cara mientras Marco la preparaba, sus dedos gruesos entrando y saliendo con un ritmo hipnótico.

El calor subía, el cuarto olía a sexo puro: semen, sudor, jugos. Cambiamos posiciones como en una coreografía salvaje. Yo la cogí de misionero, sintiendo su concha apretada envolviéndome, caliente y húmeda, mientras Marco se la metía por el ano, lubricado con saliva y crema. ¡Qué chingón! Su culo tragándosela entera. Ana gritaba de placer, "¡Más duro, pendejos! ¡Rómpanme!", el cuerpo temblando entre nosotros, pechos rebotando contra mi pecho.

Los gemidos se volvían rugidos, el slap-slap de carne contra carne resonando como olas rompiendo. Sentía su interior contrayéndose, ordeñándome la verga, mientras Marco gruñía como bestia.

Esto es lo que soñábamos, amor. Tú mi reina en este trío perfecto
, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

El clímax llegó como tsunami. Ana se vino primero, un chorro caliente empapando las sábanas, gritando "¡Me vengo, cabrones!", el cuerpo convulsionando. Yo la seguí, descargando chorros espesos dentro de su panocha, el placer cegador nublando mi vista. Marco se sacó y le pintó la cara de leche, gotas blancas resbalando por su barbilla.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos jadeantes. El aire acondicionado zumbaba, enfriando el sudor que nos perlaba la piel. Ana se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente, su mano acariciando mi verga floja. "Gracias, amores. Eso fue de la chingada", murmuró con una sonrisa satisfecha.

Marco se fue al rato, prometiendo discreción y un hasta pronto. Nosotros nos quedamos en la cama, el sol poniente tiñendo el cuarto de naranja. Hicimos el amor de nuevo, solo nosotros dos, lento y tierno, sellando el lazo más fuerte que nunca. Este xxx esposa trío no rompió nada; lo hizo eterno. Afuera, el mar susurraba su aprobación, y yo supe que Cancún se quedaría grabado en nuestras almas para siempre.

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