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No Intentes Esto

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No Intentes Esto

Estás en el rooftop de un penthouse en Polanco, la noche de México City vibra a tus pies con luces neón y el rugido lejano de los coches en Reforma. El aire huele a jazmín de los maceteros y a ese toque ahumado de las taquerías de la esquina. Tu pareja, Karla, te mira con ojos que brillan como el skyline, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una promesa pecaminosa. Pinche mujer, siempre sabe cómo encenderte, piensas mientras tomas un trago de tu mezcal con sal de gusano.

"No intentes esto si no estás listo para perder la cabeza, güey", te susurra al oído, su aliento cálido oliendo a tequila reposado y a menta fresca. Su mano se desliza por tu pecho, bajo la camisa, rozando tus pezones con las uñas pintadas de negro. Sientes el pulso acelerado, el corazón latiendo como tamborazo en una fiesta de pueblo. La fiesta abajo sigue con risas y cumbia rebajada, pero aquí arriba, solos en este rincón oscuro del balcón, el mundo se reduce a ella y a ti.

La conociste hace tres meses en un antro de la Condesa, bailando reggaetón con ese movimiento de caderas que te dejó babeando. Desde entonces, cada encuentro es una aventura: moteles con jacuzzi en la Narvarte, escapadas a Tepoztlán. Pero esta noche, ella propuso algo más cabrón. "Vamos al techo, amor. Quiero sentir el viento mientras me follas". Y aquí están, con la ciudad como testigo invisible.

Te empuja contra la barandilla de vidrio templado, el metal frío mordiendo tus palmas. Ella se pega a ti, sus tetas firmes presionando tu torso, el calor de su piel traspasando la tela. "Siente esto", murmura, guiando tu mano entre sus muslos. Bajo el vestido, no lleva nada. Tu dedo roza su panocha ya húmeda, resbaladiza como miel de maguey. El olor a su excitación te golpea, almizclado y dulce, mezclándose con el humo de los cigarros de la fiesta abajo.

¿Estás loco? ¿Y si alguien sube? ¿Y si nos ven? Tu mente grita advertencias, pero tu verga ya está dura como cemento, palpitando contra los jeans. Ella lo nota y se ríe bajito, ese sonido ronco que te pone a mil. "No seas pendejo, mi rey. Esto es lo que queremos. Adrenalina pura". Sus labios capturan los tuyos, lengua invasora saboreando a sal y deseo. Chupas su labio inferior, mordisqueándolo suave, mientras tus dedos exploran más profundo, sintiendo cómo se contrae alrededor de ti.

La noche avanza, el viento fresco levanta su pelo negro azabache, y ella se arrodilla despacio, mirándote con picardía. "Déjame probarte aquí arriba". Desabrocha tu cinturón con dientes, el sonido metálico ahogado por la música. Su boca envuelve tu verga, caliente y húmeda, lengua girando en la cabeza como remolindo en el desierto. Sientes el roce áspero de su garganta, el succionar rítmico que te hace jadear. Abajo, un claxon suena, recordándote el riesgo. No intentes esto sin ella, piensas, aferrándote a su cabeza mientras el placer sube como ola en Acapulco.

Pero Karla no se conforma. Se pone de pie, se sube el vestido hasta la cintura y te voltea de espaldas a la ciudad. "Agárrate fuerte, carnal". Se empala en ti de un movimiento fluido, su coño apretado tragándote entero. El calor es abrasador, jugos chorreando por tus bolas. Empieza a moverse, lento al principio, caderas girando en círculos hipnóticos. Sientes cada vena de tu polla rozando sus paredes internas, el slap slap de carne contra carne mezclándose con su gemido ahogado: "¡Ay, cabrón, qué rico!".

El viento azota vuestros cuerpos sudorosos, oliendo a sexo crudo y perfume caro. Tus manos aprietan sus nalgas redondas, dedos hundiéndose en la carne suave. Ella acelera, clavándose más profundo, uñas arañando tu espalda. Esto es una locura, pero chingón. Piensas en cómo su confianza te enciende, cómo te hace sentir invencible. "Más fuerte, amor, hazme gritar", exige, y obedeces, embistiéndola con fuerza, el vidrio temblando bajo tus palmas.

La tensión crece como tormenta en el Popo. Sus muslos tiemblan alrededor de tu cintura, coño contrayéndose en espasmos. "Me vengo, pinche amor, no pares". Su voz se quiebra, cuerpo arqueándose contra el tuyo. El olor de su corrida te marea, dulce y salado. Tú aguantas, al borde, hasta que explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras gritas su nombre al viento. El clímax dura eterno, pulsos sincronizados, sudor goteando como lluvia de verano.

Caen juntos al piso del balcón, exhaustos, riendo entre jadeos. Ella se acurruca en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel pegajosa. "Te lo dije, no intentes esto solo. Se siente mejor con tu reina". Abajo, la fiesta sigue, ajena a su pecado compartido. El aire fresco seca el sudor, dejando un brillo salino en sus cuerpos. Besas su frente, oliendo su shampoo de coco mezclado con el aroma de ambos.

En ese afterglow, reflexionas. Esta ciudad loca, con sus ruidos eternos y luces que no duermen, es el fondo perfecto para locuras como esta. Karla te ha cambiado, te ha hecho atreverte. "Eres mi vicio, Karla", le dices, y ella responde con un beso perezoso, lengua lamiendo el rastro de sal en tu cuello.

Se levantan despacio, arreglándose la ropa con sonrisas cómplices. Bajando en el elevador, sus manos entrelazadas, sientes el eco del placer en cada músculo. La noche no ha terminado, pero ya sabes: volverán por más. Porque con ella, no intentar esto sería de pendejos.

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