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La Tríada de Caroli

6808 palabras

La Tríada de Caroli

La noche en Polanco olía a jazmín y a mezcal ahumado, con esa brisa tibia que entraba por las ventanas abiertas del departamento de Caroli. Yo, Javier, había llegado pensando que sería una cena casual entre viejos amigos, pero el ambiente ya vibraba con algo más. Caroli, con su pelo negro suelto cayendo como cascada sobre los hombros bronceados, me recibió con un abrazo que duró un segundo de más. Sus tetas rozaron mi pecho y sentí ese calor familiar subiendo por mi verga.

¿Qué chingados pasa aquí? pensé, mientras ella me guiaba al sofá de cuero blanco. Ahí estaba Sofia, su carnala de toda la vida, una morra de curvas imposibles, con labios carnosos pintados de rojo y un vestido negro que apenas contenía sus chichis. Las dos se miraban con complicidad, como si supieran un secreto que yo apenas intuía.

¡ carnal, qué bueno que viniste! dijo Caroli, sirviéndome un trago. Su voz ronca, esa que siempre me ponía cachondo. —Hemos estado platicando de viejos tiempos. ¿Te acuerdas de la tríada de Caroli?

El mezcal bajó ardiente por mi garganta, y neta, el recuerdo me pegó como un rayo. Hace años, en una peda loca en Playa del Carmen, Caroli nos había confesado su fantasía: ella en el centro de un trío, dos cuerpos adorándola, explorándola sin prisa. Yo y Sofia habíamos reído entonces, pero la idea se quedó grabada, latiendo como un pulso secreto.

Sofia se acercó, su perfume dulce invadiendo el aire, y puso su mano en mi muslo.

Su piel es suave como terciopelo, y huele a vainilla y deseo
, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. —Esta vez no es plática, Javi, murmuró ella, sus ojos verdes clavados en los míos. —Caroli quiere que lo hagamos realidad.

El corazón me latía en los oídos, un tambor sordo que ahogaba el ruido de la ciudad abajo. Caroli se sentó entre nosotros, su mano deslizándose por mi cuello, mientras Sofia trazaba círculos en mi pierna. No puede ser, esto es un sueño mojado, me dije, pero el calor entre mis piernas decía lo contrario. Besé a Caroli primero, sus labios suaves y salados por el mezcal, su lengua danzando con la mía como en los viejos tiempos. Sofia observaba, mordiéndose el labio, y de pronto su boca se unió, un beso a tres que sabía a promesas calientes.

Nos levantamos como en trance, caminando al cuarto de Caroli. La luz tenue de las velas parpadeaba sobre la cama king size, sábanas de satén negro invitando al pecado. Caroli se desvistió despacio, dejando caer su vestido, revelando lencería roja que abrazaba sus caderas anchas y sus pezones duros asomando. Estás bien rica, amor, le dije, mi voz ronca. Ella sonrió, pícara, y me jaló la camisa.

Sofia se pegó a mi espalda, sus tetas presionando contra mí mientras me desabrochaba el pantalón. Sentí su aliento caliente en mi oreja: —Deja que te cuidemos, pendejo guapo. Su risa era juguetona, mexicana pura, y sus manos expertas liberaron mi verga, ya tiesa y palpitante. El aire se llenó del olor a piel caliente, a sudor incipiente y a esa humedad dulce que emanaba de ellas.

Caroli se arrodilló primero, sus ojos fijos en los míos mientras lamía la punta de mi pija, lenta, torturándome con su lengua cálida.

Sabía a sal y a ella, ese sabor que me volvía loco
. Sofia se unió, sus labios rozando los de Caroli alrededor de mi carne, chupando juntas, alternando mamadas profundas que me hacían gemir. El sonido de sus lenguas, húmedo y obsceno, se mezclaba con mis jadeos y el crujir de la cama.

Pero no era solo físico; en mi cabeza giraban recuerdos. Caroli, mi ex que nunca olvidé, ahora compartida pero dueña de todo. Sofia, la amiga que siempre quise probar. La tríada de Caroli, murmuró Caroli entre succiones, y las dos rieron, vibrando contra mí. La tensión crecía, mis bolas pesadas, pero las detuve. —Aún no, morras. Quiero saborearlas.

Las tumbé en la cama, Caroli abierta de piernas primero. Su panocha depilada brillaba, rosada y húmeda, oliendo a miel y excitación. Lamí despacio, desde el clítoris hinchado hasta su entrada, saboreando cada gota. Ella arqueó la espalda, gimiendo: ¡Ay, Javi, qué rico! No pares, cabrón. Sus jugos me empapaban la cara, salados y adictivos. Sofia se masturbaba a un lado, sus dedos hundiéndose en su chochito mientras me veía trabajar.

Cambié a Sofia, su coño más peludo, con un vello suave que raspaba mi lengua deliciosamente. Ella olía más intenso, a mujer en celo, y sus muslos temblaban apretando mi cabeza. Caroli no se quedó atrás; se sentó en la cara de Sofia, restregándose mientras yo la penetraba con los dedos. Los gemidos se volvieron un coro: ahhh, sí, más duro, métemela. El cuarto apestaba a sexo, sudor perlando sus pieles, tetas rebotando con cada movimiento.

La intensidad subía como fiebre. Quiero correrme ya, pero aguanto por ellas, pensé, conteniendo el clímax. Caroli montó mi verga primero, hundiéndose hasta el fondo con un grito gutural. Su interior apretado, caliente como lava, me ordeñaba. Sofia se pegó a nosotros, chupando los pezones de Caroli, luego los míos, sus uñas arañando mi pecho. Cambiamos posiciones: yo de perrito con Sofia, mi pija embistiendo su culo redondo, mientras Caroli lamía mis huevos desde abajo.

¡La tríada de Caroli es perfecta! gritó Sofia, su voz quebrada. El slap-slap de carne contra carne, los squelch de jugos, todo era sinfonía erótica. Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, el calor de sus cuerpos envolviéndome, el sabor de sus besos compartidos.

El clímax llegó como avalancha. Primero Sofia, convulsionando alrededor de mi verga, sus paredes contrayéndose, gritando ¡Me vengo, chingado!. Su corrida me empapó las bolas, caliente y abundante. Luego Caroli, frotando su clítoris mientras yo la cogía duro, sus ojos en blanco: ¡Sí, Javi, lléname!. Me corrí dentro de ella, chorros potentes que la desbordaron, mi semen mezclándose con sus jugos, goteando por sus muslos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Caroli en el centro, como siempre, besándonos alternadamente. Su piel pegajosa contra la mía, el olor a sexo impregnando las sábanas. Sofia trazaba patrones en mi pecho, perezosa. —Neta, carnal, fue chingón, susurró.

La tríada de Caroli no era solo fantasía; era nuestra realidad, un lazo que nos unía más fuerte
. Miré a Caroli, sus ojos brillantes de satisfacción, y supe que esto no acababa aquí. La noche aún era joven, y el deseo, eterno.

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