Como triunfar en los negocios sin realmente intentarlo
Me llamo Ana, y trabajo en una firma de consultoría en Polanco, esa zona pija de la Ciudad de México donde todos visten de diseñador y huelen a perfume caro. Neta, no soy la más trabajadora del mundo. Me gusta la buena vida: tacos al pastor en la esquina, mezcalitos en el rooftop y, sobre todo, no romperme el hocico con reportes interminables. Un día, en la librería del aeropuerto, vi un librito viejo con el título Como triunfar en los negocios sin realmente intentarlo. Me reí, lo compré por curiosidad y, la verga, resultó ser mi biblia personal.
El carnal que me tenía loca era Javier, mi jefe directo. Alto, moreno, con esa sonrisa de galán de telenovela y ojos que te desnudan con una mirada. Lo veía todos los días en las juntas, con su camisa ajustada marcando el pecho y ese olor a colonia que me ponía la piel chinita.
¿Por qué matarme estudiando Excel si con un poco de encanto puedo llegar más lejos?pensé, mientras lo observaba pasar por mi cubículo. La tensión empezó en la junta de equipo esa tarde. Estábamos discutiendo el nuevo cliente, un hotelazo en Cancún, y yo solté una idea media improvisada sobre marketing digital. Javier me miró fijo, como si yo fuera la única en la sala. Su voz grave resonó: "Ana, qué buena onda eso, carnala. Vamos a platicarlo después." Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo.
Salí de la junta con las bragas húmedas, neta. El aire acondicionado de la oficina era gélido, pero yo ardía por dentro. Caminé a su oficina, toqué suave la puerta de vidrio esmerilado. Entra, no seas pendeja, me dije. Él levantó la vista de su laptop, y el olor a café recién molido invadió el espacio. "Pásale, Ana. ¿Qué traes?" Su escritorio era un desmadre ordenado de papeles y una foto de él en la playa, todo bronceado y mojado. Me senté enfrente, crucé las piernas despacio, dejando que mi falda subiera un cachito. Hablamos del proyecto, pero el aire se cargaba de electricidad. Sus ojos bajaban a mi escote, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.
Al rato, propuse: "Oye, Javi, ¿y si lo celebramos con un cafecito en el lobby? O mejor, unas chelas después del trabajo." Él sonrió, esa sonrisa que hace que te derritas como chocolate en el sol. "Va, güey. Te recojo a las siete." Salí de ahí flotando, el pulso acelerado, imaginando sus manos en mi cintura. Esa noche, en mi depa en la Roma, me arreglé con un vestido negro pegado que marcaba mis curvas, tacones altos y un perfume dulzón de vainilla que volvía locos a los morros.
Acto dos: la escalada. Javier llegó puntual en su BMW negro, oliendo a cuero nuevo y hombre. "Estás chida, Ana", dijo mientras me abría la puerta. Fuimos a un bar en Masaryk, luces tenues, jazz suave de fondo y meseros que traen tragos como dioses. Pedimos margaritas con sal gruesa, y platicamos de todo: de la pinche oficina, de viajes a Tulum, de cómo él odia las juntas eternas tanto como yo. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque casual que mandó chispas por mi espinazo.
Esto es fácil, como dice el libro. Sin realmente intentarlo, pensé, mientras lamía la sal de mi vaso, mirándolo a los ojos.
La plática se puso caliente. "Sabes, Ana, tú tienes algo especial. No como las demás morras de la oficina." Su mano se posó en mi muslo, cálida, firme. Sentí mi concha palpitando, húmeda de anticipación. "Tú tampoco eres cualquier wey, Javi. Ese porte de ejecutivo me prende cañón." Nos besamos ahí mismo, en el bar, sus labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y limón. El mundo se redujo a su aliento caliente en mi cuello, sus dedos apretando mi nalga por debajo del vestido.
Salimos tambaleándonos de risa y deseo, subimos al coche. Él manejó rápido a su penthouse en Lomas, el viento entrando por la ventana revolviendo mi pelo. En el elevador, no aguantamos: me empujó contra la pared, besándome el cuello, mordisqueando mi oreja. "Te quiero desde la primera junta, pinche ricura." Sus manos subieron por mis muslos, tocando mi piel suave, y yo gemí bajito, oliendo su sudor mezclado con colonia. El ding del elevador fue como un disparo de salida.
Adentro, luces bajas, vista al skyline de la CDMX brillando como estrellas caídas. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mi bra de encaje negro cayó al piso, y él chupó mis tetas, lengua girando en los pezones duros como piedras. Su boca es fuego líquido. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, bajé el zipper y saqué su verga gruesa, palpitante, con venitas marcadas. La olí, almizcle puro de macho, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen.
Me llevó a la cama king size, sábanas de seda fría contra mi espalda ardiente. Se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente en mi concha me hizo arquear la espalda. "Estás empapada, Ana. Qué delicia." Metió la lengua, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con succión perfecta. Gemí fuerte, agarrando su pelo, el sonido de mis jugos y su boca llenando la habitación. Olas de placer subían por mi vientre, el olor a sexo invadiendo todo. Le rogué: "Cógeme ya, Javi, no aguanto."
Se puso encima, su peso delicioso aplastándome. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome llena. ¡Qué chingón se siente! Empezó a moverse, lento al principio, el roce de su pubis en mi clítoris mandando rayos. Aceleró, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando entre nosotros. Yo clavaba las uñas en su espalda, gritando: "¡Más fuerte, carnal! ¡Sí, así!" Él gruñía, besándome salvaje, mordiendo mi labio. El clímax llegó como tsunami: mi concha se contrajo alrededor de su verga, olas y olas de éxtasis, piernas temblando, visión borrosa. Él se vino segundos después, caliente adentro, llenándome con chorros calientes.
Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, el aire pesado con olor a semen y sudor. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando calmándose. "Eres increíble, Ana. Mañana te subo de puesto." Reí bajito.
Como triunfar en los negocios sin realmente intentarlo. Funciona, pinches reglas viejas.
Al día siguiente, en la oficina, todo cambió. Javier me llamó a su oficina, cerró la puerta y, con una sonrisa pícara, me dio el ascenso a gerente de proyectos. Los demás me miraban con envidia, pero yo sabía el secreto. Caminé por los cubículos con la cabeza alta, sintiendo su semen seco en mis bragas como trofeo. La vida en Polanco siguió: juntas exitosas, clientes felices, y noches con Javi explorando más posiciones, más placeres. Neta, el libro tenía razón. No necesitas matarte trabajando si sabes jugar tus cartas... y tu cuerpo.